El templario del siglo XXI debe desarrollar su vida personal a la luz de las raices cristianas de la Orden: la espiritualidad cisterciense, bajo una vocación y una vida laica -propia de los tiempos que nos tocan vivir.
De forma individual se reconoce como una llamada personal que se experimenta comunitariamente como un don de Dios. Lo definimos como una llamada a ser testigos activos de Cristo y de su Iglesia, en medio del mundo, dando un testimonio orante y contemplativo en una vida definida por los valores propios del carisma templario, guiada por la Regla de San Benito como una forma concreta de interpretar el Evangelio, así como por nuestros Padres y Madres cistercienses. Es un camino de conversión continua que nos conduce a re-descubrir y a profundizar en la gracia de nuestro bautismo y que nos ayuda a desarrollar una fe adulta.
La espiritualidad cisterciense es posible adaptarla a la vida de un templario laico, si bien queda muy claro que son dos formas distintas de vivirlo, monástica y laica, ambas son complementarias. Ello pone de manifiesto la vitalidad de la vida templaria. Los laicos templarios hemos encontrado en la espiritualidad cisterciense un modo de vivir en el mundo con mayor entrega y profundidad espiritual. Todos afirmamos que el carisma cisterciense puede ser vivido fuera de un monasterio.
Hay gran diversidad en las prácticas de la vida templaria laica cisterciense, pero sin bien las formas pueden ser diversas, se utilizan los mismos medios para un único fin: la búsqueda de Dios.
Todos los valores y las prácticas cistercienses son un camino de liberación y un medio de conversión interior, y pueden ser incorporados a la vida de los laicos templarios. Esta unificación interior, este camino de conversión, y este deseo de encarnación, nacen y se realizan en la elección de "no anteponer nada al amor de Cristo" (RB 72) viviendo en el mundo sin ser del mundo (Cf. Juan 17, 9-16).
Es una experiencia de transformación, tanto interior como exterior (conversatio morum), que se manifiesta en la frecuencia de los sacramentos, teniendo como centro la Eucaristía; el estudio orante de las Escrituras por la Lectio Divina; la fidelidad al Oficio Divino; la devoción filial a la Virgen María y a María Magdalena; la acogida al hermano y la hermana; un cambio de prioridades; una nueva forma de ordenar el día; una nueva forma de amar desde el amor de Dios; el deseo de formación y la necesidad de ser guiado espiritualmente; experimentar el trabajo como colaboración en la construcción del Reino de Dios sin que el objetivo sea nuestro enriquecimiento personal.
Nuestra misión en cuanto Templarios Laicos se concreta en una vida testimonial, independientemente de que estemos implicados o no en diversas acciones apostólicas y sociales. El punto fundamental de nuestra vida templaria laica es encontrar el equilibrio entre los tiempos de oración y de acción.