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Pedro García cmf (1)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LOS MARTIRES CLARETIANOS
La historia de los 271 Misioneros Claretianos
martirizados en la Revolución Española de 1936
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Pedro García
Misionero Claretiano
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Presentación
Esbozo histórico
 
Los Seminarios Claretianos Mártires
“Todo un Seminario Mártir”: Barbastro
Otro Seminario Mártir: Cervera
Solsona
Sigüenza
Tercer Seminario Mártir: Fernán Caballero
Las Otras Comunidades
Lérida
Barcelona
Sabadell
Vic y Sallent
Tarragona
Castro Urdiales
Valencia
El Mártir de Méjico, Padre Andrés Solá
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
PRESENTACION
 
Sor Inés, religiosa expulsada de la clausura de su convento por los revolucionarios, vestida de seglar y entre sollozos, le dice al niño que encuentra en la calle:
- Pedrito, vete a casa y diles que han matado a Manolo en Barbastro.
Era la primera vez que aquel chiquito de diez años oía una palabra que sería sagrada en su vida: ¡Barbastro!... Pocos meses después en el seminario menor o en el noviciado ―y en el mismo escenario de los hechos― los recuerdos vivientes de los Mártires serían la leche primera que apu­raríamos con avidez en los pechos de la madre Congregación, junto con el espíritu del Funda­dor, San Antonio María Claret, no mucho antes beatificado por el Papa Pío XI.
Por eso, al llegar, con el 25 de Octubre del 92, la fecha soñada de la Beatificación, que coloca a nues­tros hermanos en los altares, es de suponer la emoción con que aquel niño y aquel estu­diante de entonces acepta ahora el encargo de hacer conocer en nuestras tierras centroamerica­nasla gesta incomparable de los Claretianos de Barbastro, un caso excepcional y el más clamoroso de todos en la his­toria moderna de los mártires.
Así presentaba entonces el librito que en Centroamérica fue acogido con tantas muestras de admi­ración y cariño hacia nuestros Mártires.
Hoy se me pide una nueva edición, no limitada a aquellas tierras, y que incluya además a los otros Claretianos sacrificados por la causa de Cristo en la misma Revo­lución. Una breve historia para todos, pero destinada especialmente a la Familia Claretiana.
Sí; pero debo limitarme a los que están en proceso de beatificación. De los 271 Misioneros martirizados, los 51 de Barbastro ya están en los altares y 132 esperan la glorificación de la Iglesia. Los otros 88 ―voy a emplear palabras del Postulador y querido amigo Padre Rafael Ma. Serra― son mártires no registrados, héroes no mencionados, soldados desconocidos en su última batalla por Cristo, tragados por la noc­turnidad y alevosía de los enemigos de Cristo, caídos por Dios en aquella con­fusa y oscura hora del poder de las ti­nieblas, en lugares y tiempos desconocidos, sin testigos ―o con testi­gos mudos a la hora de declarar públicamente― cuyas causas no se pudieron instruir por falta de testimo­nios.
No tengo por qué decir que en la redacción de los martirios, incluso de los diálogos, soy escrupulo­samente riguroso, aunque no cito nunca ninguna fuente. Utilizo los datos de los mismos procesos, igual que de los libros ya clásicos entre nosotros, como son los de los Padres Quibus y Rivas, y, para los de Barbastro en particular, el del Padre Gabriel Campo, que nos ha brindado un servicio inaprecia­ble.
- ¡Cristo, los que van a morir te saludan!, dejaron escrito los intrépidos jóvenes de Barbastro. Nosotros sa­ludamos a Cristo y le felicitamos por el derroche de amor y de gloria que le tributaron nuestros valien­tes hermanos. Y ojalá que nuestras vidas, en su quehacer diario, sean dignas de los ejemplos martiriales que ellos nos legaron.
                                                                                                                 Pedro García Cmf.
 
     
 
 

ESBOZO HISTORICO
 
¿Cómo se llegó a la revolución del 36? ¿Qué ocurrió en la “España Católica” para ser es­ce­nario de una tragedia imponente?... La Revolución española empieza a quedar ya lejana en el tiempo y en el espacio para las generaciones de hoy y necesita una indicación histórica que nos sitúe en aquellos días cruciales.
 
La Monarquía
España había sido por tradición una monarquía. Desde muchos siglos atrás, reyes y reinas se habían su­cedido en el trono español, con más o menos acierto, pero sin que nadie atentara contra una insti­tución querida por el pueblo. La llamada Revolución Septembrina de 1868 destronó a Isabel II. De 1871 a 1873 ocupó el trono español un advenedizo, Amadeo de Saboya. Cuando abdicó, se im­plantó la primera República, que no tuvo más que once meses de vida. En 1874 se reinstauraba la monarquía con el Rey Al­fonso XII, el cual murió muy joven, antes de que naciera en 1886 su hijo póstumo, el futuro rey Alfonso XIII, el cual comenzó a reinar en 1902, cuando fue declarado mayor de edad. Un rey bueno, caballero, leal. Pero sus gobiernos, como casi todos los anteriores del siglo XIX, resultaron ineficaces y el descon­tento crecía cada vez más en la nación. En 1923 se hacía con el poder el General Primo de Rivera y empe­zaba la Dictadura, siempre bajo el reinado de Alfonso XIII.
 
La República
Aunque la Dictadura trajo orden y prosperidad, al fin se hizo también impopular y Primo de Ri­vera caía en Enero de 1930. Nuevos gobiernos, sin que ninguno atinase con la situación de malestar. Entre tanto, una corriente antimonárquica iba minando la estructura multisecular del Estado español. El 12 de Abril de 1931, las elecciones municipales fueron adversas al Rey, y el día 14, a trueque de que no se de­rramara sangre, Alfonso XIII partía de España y se proclamaba la segunda República. A ver cuánto dura­ría...
Bajo el punto de vista religioso, no hay que decir que España era siempre la España Católica por antonomasia. Sin embargo, la República nacía ferozmente antirreligiosa. Al redactar la Constitución, el jefe del Gobierno, Don Manuel Azaña, hacía en el mes de Octubre su famosa declaración: España ha dejado de ser católica. Era el mismo Azaña que, siendo Ministro de la Guerra, había dicho cuando ardieron las iglesias y conventos de Madrid y otras grandes ciudades, cuatro semanas después de pro­clamada la República, según testimonio recogido por Luca de Tena: Todos los conventos de España no valen la uña de un solo republicano. Hasta el Presidente de la República, el moderado Don Ni­ceto Alcalá Zamora, reconocía en la nueva Constitución el encono de lucha religiosa, que enfrentaría forzosamente a las minorías revolu­cionarias contra la ma­yoría del católico pueblo español.
El Clero estuvo siempre con las derechas, como es natural, porque las izquierdas eran todas repu­blica­nas y anticatólicas. Aunque es cierto que hubo también católicos muy convencidos, igual que hombres muy honestos y eminentes, partidarios del régimen republicano.
El sectarismo de la República se manifestó inmediatamente con la quema de iglesias y conventos y con la eliminación del Crucifijo en las escuelas. Durante la revolución de Asturias en Octubre de 1934, fueron ya numerosos los asesinatos de sacerdotes y religiosos, presagio siniestro de lo que ven­dría después en toda España.
Las elecciones de Febrero de 1936 las ganaba el Frente Popular, que agrupaba a todos los partidos de izquierda, socialistas, comunistas, anarquistas, y las organizaciones sindicales de la Unión General de Tra­bajadores (UGT), Confederación Nacional del Trabajo (CNT), Federación Anarquista Ibérica (FAI), etc., etc... Las consecuencias saltaron pronto a la vista, denunciadas en pleno Congreso el 16 de Junio por los diputados derechistas Gil Robles y Calvo Sotelo:
- Desde el 16 de Febrero hasta el 15 de Junio, 160 iglesias han sido totalmente destruídas y otras 251 incendiadas. Se han consumado 138 atracos, 69 centros políticos y particulares han quedado destruídos y otros 312 han sido asaltados. Las huelgas generales han llegado a 113 y las parciales suman 228. Además, 10 periódicos han sido destruídos totalmente.
Estos eran los hechos. ¿Podía continuar así la situación nacional?...
 
 
La Revolución del 36
Azaña, Jefe del Gobierno y, a partir de Mayo, Presidente de la República, tomó desde el principio la precaución de debilitar y desarticular el Ejército. Muchos Generales, sin embargo, conspiraban se­creta­mente, aunque para el éxito final habían de contar con el pueblo. Las fuerzas de derechas vacila­ban. Pero el incalificable asesinato de Calvo Sotelo el 13 de Julio, perpetrado por la Guardia de Asalto y verdadero crimen de Estado, acabó con todas las indecisiones. El día 17, al atardecer, el Ejército del Protectorado Español de Marruecos se levantaba en armas contra el Gobierno de la República. El 18 se unían al alza­miento los demás conspiradores: Mola en Navarra, Queipo de Llano en Sevilla, Franco en Canarias, Caba­nellas en Zaragoza, Saliquet en Castilla, Aranda en Asturias... Pero, como ya se temía Mola, el Director de la conspiración, la insurrección fracasaba en las grandes ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Bilbao... El 19 de Julio, dos terceras partes de España amanecían rojas, con las armas, el oro y la industria en su poder, y sólo una tercera parte, muy inferior en recursos, se les oponía heroicamente con espíritu de epopeya y una fe inquebrantable en el triunfo. Había comen­zado una guerra civil que no acabaría hasta el 1 de Abril de 1939, después de haber sembrado el suelo español con el ya clásico un millón de muertos...
Los militares levantados en armas, que constituían el Ejército Nacional, no tenían al principio un mando único, sino que cada uno actuaba un poco individualmente, bajo la dirección de la Junta de De­fensa, presidida por el anciano General Cabanellas, Capitán General de Zaragoza. Pronto se desta­caron, sin embargo, las dos grandes figuras de Mola en el Norte y de Franco en el Sur. El primero de Octubre, la Junta de Defensa entregaba sus poderes al General Francisco Franco, que ni tan siquiera formaba parte de la Junta, al que confería el título de Generalísimo, con mando único sobre todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire, y se le designaba además Jefe del nuevo Estado español, con todos los poderes militares y civiles concentrados en una sola mano. La guerra sería ganada por los nacionales y se vería derrotada la República, que tan equivocadamente había unido la suerte de España a la causa marxista bajo las directri­ces de Rusia.
 
Religión y Patria
Mirada también ahora bajo el aspecto religioso, en la parte roja, dominada por el Gobierno de la Re­pública, se desataba una furibunda persecución contra la Iglesia, que asesinaría a más de seis mil sa­cerdo­tes, religiosos y religiosas, con trece Obispos al frente, y destruiría miles y miles de iglesias, con el propó­sito de eliminar de España todo vestigio religioso. Por el contrario, en la parte nacional se iniciaba la guerra como una defensa de los valores eternos de la Religión y de la Patria. En una parte se gritaba ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!, y en la otra se coreaba con el mismo frenesí ¡Viva Rusia! ¡Viva la Revolución! Y en ambas partes morían los españoles por igual, cada uno por el ideal que se había for­jado en su vida...
Nosotros, al recordar ahora la gesta de nuestros mártires, no preguntamos quién los mató sino por qué y cómo murieron ellos. Su última palabra fue de perdón para sus verdugos y de amor apasionado a Jesu­cristo. Por eso, para ser dignos de semejantes hermanos, los que antes vivíamos alejados unimos ahora fuertemente nuestros brazos en una España reconciliada y nueva...
 
 

 
LOS 51 BEATOS MARTIRES
DE
BARBASTRO
 
Los 51 Misioneros Claretianos de Barbastro constituyen uno de los casos más esplendoro­sos de la historia martirial moderna de la Iglesia. Barbastro brilla con luz singular. Es “¡todo un seminario mártir!”, decía con ponderación el Papa Juan Pablo II cuando el 25 de Octubre de 1992 los elevaba a los altares en la Plaza del Vaticano. Es justo que comencemos nuestra narra­ción por Barbastro, un aperitivo bien fuerte para la lectura de todo el libro...
 
Las primeras noticias
La Casa Generalicia de los Claretianos en Roma está viviendo unos momentos de emoción intensa. Al General, el célebre canonista Padre Maroto, con los ojos nublados y anudada la garganta, le es im­posible hablar, mientras le tiembla el papel que sostienen sus manos. Se lo arranca con decisión el futuro Carde­nal Padre Larraona, y lee ante el grupo el escueto telegrama: Fusilados todos Comuni­dad Barbastro.
Con los primeros testigos presenciales llegados a Roma, el periódico del Vaticano L’Osservatore Ro­mano del 29 de Agosto lanza la noticia en primera plana: Cuarenta Misioneros Claretianos, ale­gres y vitoreando a Cristo Rey, van a la muerte cantando. El nombre de Barbastro comienza a co­rrer como reguero de pólvora por la Cristiandad, y, en vez de condolencias, a la Curia Generalicia van lle­gando copiosas las fe­licitaciones más entusiastas. Uno de aquellos jesuítas expulsados de España por la Re­pública me dijo re­petidamente años después:
- No se puede imaginar cómo escuchábamos en el comedor la relación de los dos estudiantes ar­genti­nos. En medio de un silencio impresionante, todo era emoción, entusiasmo y orgullo.
La singularidad de este martirio estriba, a no dudarlo, en la preparación que le precedió; en la unión y compañerismo de todos; en los escritos martiriales, calificados certeramente por Mons. Ca­saldáliga como Actas de lujo; por fin, en la publicidad extraordinaria con que las víctimas fueron a la cárcel y después al suplicio, entre aclamaciones entusiastas por medio de la plaza y las calles de la ciudad, atestadas de gentes.
 
Barbastro
¿Cómo se desarrolló la revolución en Barbastro?... Pequeña población de la provincia de Huesca en el Alto Aragón, con unos 8.000 habitantes por aquel entonces, era sin embargo un punto estraté­gico por sus cuarteles militares, fuerte bastión frente a las fuerzas revolucionarias que podrían venir de Barcelona con­tra Zaragoza, zona de suma importancia para el Ejército nacional.
El Coronel, Don José Villalba, reconocido hombre de derechas y buen católico, estaba comprome­tido con la conspiración militar, se sentía impaciente por levantarse en armas y exigía una acción in­mediata y fulminante. Así hasta el último día. Pero, al llegar el momento, hizo todo lo contrario. El papel del Coronel Villalba está todavía por dilucidarse. ¿Qué fue? ¿Traidor? ¿Cobarde? ¿Astuto calcu­lador? ¿Un doble juego? ¿Falto de visión? ¿Simplemente indeciso? ¿Impotente cara a los aconteci­mientos?... Con las prime­ras noticias del alzamiento militar, el Coronel se apegó a la radio, que daba las noticias más contradicto­rias. En la vecina Zaragoza había triunfado el movimiento, pero el Go­bierno de Madrid proclamaba que había fracasado en todas partes. En Barbastro, los de derechas confiaban en el Coronel, que respondía in­variablemente:
- Queden tranquilos. Las tropas están acuarteladas. En un momento dado, se lanzan unos peloto­nes a la calle, y no pasa nada. Aquí no se disparará un tiro.
Esto es lo que decía el Coronel Villalba. Pero los de izquierda tenían bien minado el cuartel con células revolucionarias. La extremista C.N.T. estaba perfectamente organizada, y a una orden suya se echaban sobre la ciudad todos los elementos de la revolución, sin que el Coronel moviera el dedo meñique. El día 18 de Julio por la noche se refrendaba el Comité Revolucionario, ante una multitud inmensa reunida en la plaza de la Municipalidad. El 19 se asaltaban las diversas armerías de la ciudad para equipar al pueblo, cal­cando exactamente lo que en Madrid hacía ese mismo día el ministro Giral por orden directa de Azaña, que sentenció: las teorías sin las masas carecen de valor.
El Coronel seguía en su indecisión, aunque la revolución dominaba ya la situación a su gusto, y no supo, o no pudo, o no quiso resistir el golpe definitivo que el día 24 le dio el Comité Revolucionario cuando le exigió sin más la rendición. A mitad de la noche explotó el cohete volador, que era la señal convenida, se lanzó un estentóreo ¡Viva Rusia!, y toda la población se lanzó frenética a la calle en un desfile desco­munal, cuya marcha abría el mismo Coronel en mangas de camisa y abrazando efusi­va­mente a dos cama­radas...
La revolución marxista era un hecho consumado. Desde el domingo 19, y ante la pasividad del Coro­nel, las cárceles estaban ya abarrotadas con muchos centenares de presos, destinados todos a la muerte. A partir de ahora, Barbastro se convertirá en un recinto de crímenes inimaginables.
 
La revolución se desborda
Con todo, faltaba en Barbastro el último elemento destructor, que el día 25 se lanzaría sobre la ciu­dad como un ciclón que devastaba todo a su paso.
Con la sorprendente adhesión del Capital General Cabanellas al Alzamiento Nacional ―Cabanellas era republicano y masón―, la España roja se dio cuenta de lo que perdía con Zaragoza, la heroica ciu­dad de los Sitios y del Pilar. Barcelona entonces, donde fracasó la sublevación militar, mandó para conquistar Aragón unas abigarradas y heterogéneas tropas anarquistas del Frente Popular, que a su paso iban sem­brando por doquier el terror, la destrucción, la quema de iglesias y conventos, a la vez que se convertían en una banda terrible de asesinos profesionales...
Caminaban ―y ya está dicho todo―, bajo el mando supremo de Durruti, el famoso anarquista leonés, que contaba con un gran historial de crímenes encima. En la columna que llegó a Barbastro militaba como alto jefe Angel Samblancat, antiguo postulante claretiano del seminario de Barbastro (!)... De los de la tropa, muchos eran expresidiarios, a los que acompañaba un gran contingente de mujeres sa­lidas del barrio chino de Barcelona, sin sentido alguno de pudor, armadas de grandes pistolones col­gados en la cintura, que iban llevando por doquier su olor de prostíbulo y enseñando sus garras con ferocidad de hie­nas. Eran, en muchos casos, las musas inspiradoras de los crímenes cometidos por los milicianos, que las traían consigo como compañeras de placer y de toda liviandad... Barbastro, rendida desde el principio a los rojos, no hubo de ser conquistada. Sus cárceles rebosaban ya de presos, y el día 25 la ciudad era un delirio, mientras esperaba con frenesí a las tropas libertarias que se dirigían a Huesca y Zaragoza.
Nada más llegar a Barbastro aquel pobre elemento humano, los flamantes soldados de la revolu­ción quisieron dar prueba de su valor asaltando las cárceles y matando a todos los detenidos, que su­maban ya muchos centenares. En el Coso se formó una ingente manifestación de varios miles de per­sonas, que vociferaban frenéticas:
- ¡Que los maten! ¡Que los maten!...
Suerte que Eugenio Sopena evitó la hecatombe que se venía encima. Sopena, joven de la C.N.T., saldrá más de una vez con respeto en estas páginas. Líder indiscutible, de oratoria vibrante, revolucio­nario como el que más, pero comedido y nada extremista. Si no hubiera sido por él, que frenó siem­pre todo lo que pudo los ánimos exaltados de los asesinos, la revolución en Barbastro hubiera resul­tado mil veces peor. Ahora, subido sobre un autobús parqueado y en una arenga apasionante, halló las palabras atinadas para los llegados de Barcelona:
- ¡Camaradas! ¡Milicianos! Posiblemente dentro de unas horas tendréis que salir hacia el frente. El que os está hablando es un miembro del Comité de enlace de las Fuerzas Antifascistas de Barbas­tro. No­sotros nos consideramos lo suficientemente revolucionarios y responsables para que se haga justicia y se juzgue a los presos. Pero tenemos que ser nosotros.
A los milicianos, y a sus paisanos de Barbastro, les lazó un atronador ¡Viva la Unión de las Fuer­zas Antifascistas! ¡Viva la C.N.T.!, y así logró dispersar aquella multitud furiosa.
Se suspendió la matanza, pero, en cambio, ya al anochecer ardían ante todas las iglesias las imáge­nes, ornamentos y objetos de culto; se destruía todo a placer y en las calles reinaba una orgía salvaje y un gri­terío infernal.
 
Una población diezmada
No se cometió aquella tarde el asesinato en masa, pero a las pocas horas comenzaban los fusila­mientos sistemáticos, que ya no se detendrían hasta que todas las cárceles quedasen completamente vacías. Los primeros caídos al amanecer del domingo 26 fueron los valientes jóvenes José María Puente, Presidente de la Acción Católica, y Luis Alfós, falangista de los Sindicatos Católicos.
En una ciudad de unos 8.000 habitantes cayeron segadas 837 vidas, ¡el diez por ciento de la po­bla­ción!... Sí que parece que en esta cifra entran los venidos de los pueblos de la comarca y concen­trados en la población. Pero, como luego veremos, los 350 del convento de las Capuchinas, los de la cárcel munici­pal llena de presos, y los muchos detenidos en el Colegio de los Escolapios, deben ser considerados todos del mismo Barbastro.
Ante esta cantidad enorme de fusilados, uno se pregunta instintivamente: ¿Barbastro mala?... Y la res­puesta sale también espontánea: Si Barbastro no hubiera sido una ciudad buena, la revolución no ha­bría encontrado en su seno tanta víctima inocente. Pero tuvo la desgracia de caer en manos de los ex­tremistas de la C.N.T., de la F.A.I. y de otras organizaciones de izquierdas, que soliviantaron a las masas, las cuales corearon siempre ―también esto es cierto― a los asesinos que se hicieron con el poder. Los mu­chos buenos sólo podían callar resignados y llorar ante los que tenían en sus manos las armas y domina­ban despótica y salvajemente la situación.
Según un clásico párrafo, siempre repetido, del Doctor Isaac Nogueras, testigo ocular de todo, aquellos forajidos habían de asesinar por cualquier motivo que se relacionase, aunque sólo fuera leja­namente, con las ideas religiosas: por asistir a la procesión del Corpus con vela encendida, por llevar las varas del palio en la misma procesión, por ser lectores del periódico derechista el ABC, por haber representado en el es­cenario del Colegio el Divino Impaciente de Pemán, por ir los domingos a Misa..., por la causa más fútil que oliera a Religión o a sentido católico de la Patria...
Rompe la marcha de la legión de los mártires barbastrenses su santo Obispo, Monseñor Florentino Asensio, seguido de todo el Cabildo de la Catedral, de casi todos los Sacerdotes de la Diócesis con los Re­ligiosos de sus tres Comunidades: 9 Escolapios, 19 Benedictinos del Pueyo y 51 Misioneros Clare­tianos, Hijos del Corazón de María... En una diócesis pequeña, que nunca rebasó los cuarenta mil fie­les, fueron fusilados un total de 197 Sacerdotes y Religiosos. Con ellos también, una corona esplén­dida de los segla­res más selectos y distinguidos, a los que hay que aplicar sin restricciones las palabras del Papa Pío XI, en aquella audiencia memorable del 14 de Septiembre de 1936: verdaderos marti­rios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra.
¡Honor a Barbastro, la ciudad más generosa en sangre del moderno martirologio español!...
 
¡Y esos curas aún viven!...
Antes de meternos definitivamente en la historia martirial de la Comunidad Claretiana, y para comple­tar el marco situacional de Barbastro en los primeros días de la revolución, queda por narrar un hecho que resulta casi novelesco, pero que tuvo consecuencias fatales.
Cinco individuos, que dijeron ser anarquistas de la F.A.I., procedentes de Tardienta y camino a Barce­lona, pasaron por Barbastro con una furgoneta cargada de joyas incautadas, por valor al menos de un mi­llón de pesetas, suma fabulosa por aquellos tiempos. Metida la furgoneta en el Hotel San Ramón, el vigi­lante avisó al Comité de lo que veía y sospechaba. Codina y Salamero, que estaban de guardia aquella no­che en el Comité, se presentaron en el Hotel y mandaron fusilar sin contemplacio­nes a los cinco bandole­ros que robaban al amparo de la revolución.
Error fatal. Por lo visto, los asesinados habían actuado por orden superior. Vino Durruti en persona al Comité para dilucidar las cosas, y sentenció:
- O se aclara todo, u os fusilo sin más a todos los del Comité.
Sopena, el juicioso y moderado de siempre, salvó aquella situación terrible y consiguió que Durruti se llevase sólo a Codina y Salamero para ser juzgados en Barcelona por el Comité de Milicias Anti­fascistas. Ambos fueron absueltos. Pero Pérez Farrás, el asesor militar de Durruti, ya había proclamado en Barbastro desde el balcón de la Municipalidad, con discurso vibrante y oído todo por los encarce­lados en los Escolapios, la consigna que su jefe había dado en privado al Comité:
- ¿Cómo se atreve el Comité a matar a camaradas, cuando las cárceles están llenas de curas y sota­nas?...
Codina y Salamero venían a ser unos rehenes en Barcelona hasta que Barbastro liquidase el asunto de tanto cura preso, empezando por el Obispo. Ahora no quedaba más remedio al Comité que cum­plir ma­tando curas, para demostrar así su fe y su entusiasmo inquebrantables por la causa...
 
 
      
 
 
LA COMUNIDAD CLARETIANA
CONVOCADA AL MARTIRIO
 
Lo que se cometió en Barbastro no fue un simple asesinato, sin preparación alguna. Los 51 Cla­retianos supieron ir serenos a la cárcel, con la misma docilidad a Dios con que iban antes a la capilla para cumplir un acto de comunidad reglamentario. Se sintieron llamados, y dijeron que sí...
 
En los planes de Dios
Los seminaristas teólogos de la Provincia Claretiana de Cataluña cursaban sus estudios en el gran­dioso edificio de la que fue Universidad de Cervera, donde había que tomar medidas prudentes ante el cata­clismo que se avecinaba. Cervera, ciudad culta y tranquila, no daba en sí ningún miedo. Pero cualquiera veía que la revolución iba a ser especialmente peligrosa en Cataluña, muy industrializada, con masas obre­ras oriundas de toda España e imbuídas del marxismo más cerrado y extremista.
Al querer aligerar Cervera se pensó en Barbastro como el refugio más seguro, pues sus entornos cam­pesinos y la clásica nobleza del alma aragonesa hacían pensar en un edén o poco menos... Ade­más, y a aparte de la bondad de sus gentes, en Barbastro estaban enclavados unos cuarteles con jefes militares de la máxima solvencia patriótica y cristiana.
Pero a nadie se le ocurría pensar también en el resentimiento de las clases sociales más deshereda­das, y en lo que se decía cuando se confeccionaban las listas negras con anterioridad a la revolución: El primero, el cura, porque los curas tienen la culpa de todo.
En fin, que el día 1 de Julio llegaban desde Cervera a Barbastro treinta seminaristas teólogos para es­tudiar ―así lo pensaban ellos― su último año de carrera. Aunque a los Superiores, que obraron con toda prudencia, les podía sonreír amorosamente Dios desde el Cielo, mientras les repetía su norma bí­blica: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son los míos...
 
La Comunidad Religiosa
Al llegar la revolución, la vida religiosa discurría con naturalidad reglamentaria dentro del colegio se­minario. Funcionaba éste en un edificio austero, encajonado en las estrechas calles de la ciudad, sin más desahogo que un patio interno de muy pocos metros cuadrados. Más que para aulas de estudios, aquel convento venía muy a propósito para formar espíritus recios y habituarlos a vivir después sin comodidad alguna... Los seminaristas estaban en el inicio de las vacaciones veraniegas. Y vacaciones, en nuestros se­minarios de entonces, significaban suspensión de las clases oficiales del curso, pero no interrupción del estudio, que era el de las propias aficiones, como idiomas, literatura, etc., el cual se tomaba con seriedad e interés ejemplares y contribuía a una especialización muy provechosa.
La venerable y numerosa Comunidad estaba constituida por 60 individuos justos: 9 Sacerdotes, 12 Hermanos y 39 Estudiantes. Desempeñaba el cargo de Superior el Padre Felipe de Jesús Munárriz; era Prefecto de los Estudiantes el Padre Juan Díaz, y Encargado de los Hermanos Misioneros el Pa­dre Le­oncio Pérez, que llevaba también la economía de la casa.
Hará bien el lector en no olvidar dos nombres que citaremos con frecuencia: Pablo Hall y Atilio Pa­russini. Eran estudiantes argentinos y su condición de extranjeros los excluyó de las listas negras. No los fusilaron con sus compañeros, sino que Dios nos los reservó como los testigos más cualificados de esta historia martirial. Tampoco murieron los siete últimos Hermanos del cuadro, como luego ve­remos.
 
Cuadro de la Comunidad
 
Sacerdotes
Felipe de Jesús Munárriz, Superior
Juan Díaz, Prefecto                                                                     Luis Masferrer
Leoncio Pérez, Ecónomo                                                            Secundino Ortega
Sebastián Calvo                                                                          José Pavón
Pedro Cunill                                                                                Nicasio Sierra
Estudiantes
José Amorós                                                                               Jaime Falgarona
José Badía                                                                                  José Figuero
Juan Baixeras                                                                             Pedro García
Javier Luis Bandrés                                                                    Ramón Illa
José María Blasco                                                                       Luis Lladó
José Brengaret                                                                            Hilario Llorente
Rafael Briega                                                                              Miguel Masip
Antolín Calvo                                                                             Ramón Novich
Tomás Capdevila                                                                        José María Ormo
Esteban Casadevall                                                                     Faustino Pérez
Eusebio Codina                                                                          Salvador Pigem
Juan Codinachs                                                                          Sebastián Riera
Wenceslao Clarís                                                                        Eduardo Ripoll
Antonio Dalmau                                                                         José Ros
Juan Echarri                                                                                Francisco Roura
Luis Escalé                                                                                 Teodoro Ruiz de Larrinaga
Juan Sánchez                                                                              Jesús Agustín Viela
Alfonso Sorribes                                                                         *Los Estudiantes argentinos:
Manuel Torras                                                                            Pablo Hall
Atanasio Vidaurreta                                                                    Atilio Parussini
Hermanos Misioneros
Manuel Buil     Francisco Castán     Gregorio Chirivás
Manuel Martínez     Alfonso Miquel         
Pablo Delgado     Bibiano Echegaray     José Lascorz
Joaquín Muñoz     Buenaventura Peñalosa     Simón Sánchez
Ramón Vall
                  
 
La instrucción militar
Un día u otro nuestros seminaristas tendrían que incorporarse a filas e ir al cuartel. Para reducir al mí­nimo su servicio militar, cada día al atardecer practicaban la instrucción en la plaza de toros, a puerta ce­rrada, bajo la dirección de dos oficiales retirados, los amigos Mariano Cuello y Gonzalo Creus. A ratos, les ayudaba eficazmente su compañero seminarista Faustino Pérez, que había regre­sado de la mili hacía pocos meses.
- Un, dos; un, dos... ¡Firmes!... En su lugar, ¡descanso!...
Los estudiantes avanzaban que daba gusto y manejaban de maravilla el fusil, de madera, desde luego, y que de poco serviría en un frente de batalla...
Todo se hacía con la autorización expresa del Coronel Villalba. Hasta que el día 13 ocurrió un in­ci­dente tonto y hasta cómico, pero que después traería consecuencias desagradables. Aquel día se pre­sentó el Alcalde, Don Pascual Sanz, con todas las ínfulas de su autoridad, acompañado de unos conce­jales, algu­nos miembros más de la Municipalidad y un alférez con varios guardias civiles:
- Soy el responsable del orden... Todo el mundo habla de lo que aquí se prepara... Y el Goberna­dor me ha mandado que me entere bien de lo que ocurre cada día en la plaza y le dé cuenta.
Mentira. El Gobernador no sabía nada.
Ordenó entonces un cacheo de los estudiantes, por si escondían armas... Del bolsillo de uno salió el ro­sario, y el guardia les suelta con sorna a sus compañeros malhumorados:
- Este rosario debe ser para el Alcalde, ¿no?...
- ¡Por lo visto! ¡Y vaya comedias que nos obligan a hacer en estos tiempos!...
El flamante Alcalde mandó la suspensión de aquella subversiva instrucción militar, aunque se iba a re­anudar dos días después por orden expresa del Coronel:
- Esto es competencia mía, y no del alcalde. Y sepa que el Gobernador, a quien he consultado, no había dispuesto nada ni sabía nada.
El asunto resultaba un sainete divertido. Pero, ¡lo que saldrán a relucir en días venideros aquellos fusi­les de juguete y una tan sospechosa organización paramilitar!... Además, el Alcalde ―¿por convic­ción, por revancha?― pronunciará días más tarde una sentencia muy traída:
- Como personas merecen todo respeto; pero como Sacerdotes y Misioneros deben morir.
 
Sin esperanzas, pero en paz
La revolución había comenzado en Barbastro sin la espectacularidad de quema de iglesias y con­ventos, cosa que vendría después... Más certeramente, los rojos dirigieron su mirada hacia las personas. El do­mingo 19 estaba ya detenido el Señor Obispo y varios Sacerdotes. La cárcel rebosaba de presos, y entre tanto ―¡oh gran Coronel Villalba!― las tropas acuarteladas... Nuestra Comunidad inquietaba a todos:
- ¿Y los Misioneros? ¿Cuándo sacan a los misioneros?...
El diligentísimo Superior, Padre Munárriz, desde días atrás, mañana y tarde, personalmente o por telé­fono, se comunicaba con el Coronel. Siempre una respuesta tranquilizadora; pero el lunes 20 se habían perdido ya todas las esperanzas, porque aquella voz del amigo sonaba a falso... No quedaba más recurso que Dios.
A las 10 de la mañana se tuvo en la iglesia una Hora Santa especial. Desde la custodia, Jesús pre­gun­taba como a aquellos dos: ¿Podéis beber mi cáliz?... Y sesenta voces respondían con un canto que re­petirían a voz en grito camino de la muerte: Jesús, ya sabes... Por ti, la sangre dar... Y repitieron la consabida canción: Oh Jesús, yo sin medida - te quisiera siempre amar. - ¡Cuán feliz yo si la vida - por tu amor pudiera dar!.
En la Comunidad reinaba la paz. Se esperaba el anunciado registro. Y para que los rojos se lleva­sen buena impresión cuando llegaran, los estudiantes hicieron limpieza general y dejaron todo en per­fecto orden, que muy pronto sería también un desorden perfecto... El Padre Prefecto, Juan Díaz, en una confe­rencia especial y fuera de reglamento, supo serenar y hasta encender los ánimos, como nos cuenta Parus­sini:
- Lo que Dios nos dé, será lo mejor para nosotros. Si nos llegan a encarcelar, sería una gran glo­ria sufrir persecución por la justicia, sufrir por Dios. Y si se diese el trance supremo de darnos la muerte, ¡qué alegría, qué gloria y qué honor morir por Jesús, morir por nuestros ideales! Todos nos juntaríamos de nuevo en el Cielo.
 
El asalto a la casa
Empezamos a contemplar escenas espectaculares de verdad. Los revolucionarios temían a tanto jo­ven como había en el convento, y todos bien entrenados con la instrucción militar... Pero en aquel atardecer del 20 venían dispuestos a todo. A las 5´30 irrumpía por la puerta una tromba de sesenta milicianos, y, a una orden suya, el Hermano Castán hizo sonar la campanita conventual para reunir en el patio a todos los Misioneros. No hay historiador de nuestros Mártires que no haya hecho suya la conmovedora observa­ción del Padre Quibus: ¡Ah! Aquella campanita, en sus largos años de servicio claustral, nunca había llamado con tanto amor como entonces, que llamaba al martirio... Y fue obe­decida con la fidelidad de siempre.
En un par de minutos estaban reunidos todos en el patio. Tan mansa obediencia impresionó a los asaltantes, que contaban con una resistencia armada..., y así, dice Parussini, “todos enmudecieron en nues­tra presencia”.
- ¿Están todos? ¿Quién falta? ¡No ha de quedar por ahí ni uno!
Y el Padre Superior:
- Queda uno solo en cama, con cuarenta de fiebre, y un anciano, que ya viene.
El enfermo era el estudiante Jaime Falgarona. Y el Hermano Muñoz, cargado de achaques y con sus ochenta y cuatro años a cuestas, venía bajando las escaleras pasito a paso y rezando siempre...
Alinearon a todos en dos filas junto a la pared. Dos carabineros profesionales los cachearon con toda corrección, y a todos les tomaron sus datos personales. Todo se hizo de momento con perfecta seriedad y orden.
Hasta que se inició el registro en busca de las armas escondidas. Y comenzó a armarse también la tre­menda... Dirigidos por los Padres Munárriz, Díaz y Pérez, todo iba relativamente bien. El registro se repe­tía veces y más veces en todas las estancias, cuartos, armarios, maletas, ollas de la cocina, bodega de los alimentos... En los dormitorios se removían las camas, en la iglesia todas las imágenes, incluso el Sagrario, que motivó el alerta de un miliciano:
- ¡Cuidado! Eso lo puede abrir sólo un cura. Yo ya me entiendo de esas cosas...
Lo hizo abrir por el Padre Pérez, y, efectivamente, tampoco entre los sagrados copones había armas es­condidas...
 
Los Dirigentes, a la cárcel
El registro, hasta ahora indefinido pero pacífico, se iba a prolongar hasta dos horas y de maneras no tan corteses y elegantes. Pero hubo una interrupción importante en medio del patio:
- ¡Díganlo con sinceridad! ¿Esconden ustedes armas, sí o no?
El Padre Munárriz se revistió entonces de toda su imponente seriedad:
- ¡En esta casa no hay armas, lo crean ustedes o no lo crean! ¡Registren lo que quieran, que no las encontrarán! ¡Nosotros no mentimos!
Sería todo muy cierto. Pero, por las armas que no se han encontrado y que están escondidas, los tres Padres Superior, Prefecto y Ecónomo eran arrestados para ser conducidos a la cárcel. El enérgico es­tudiante Juan Echarri, con otro compañero, trató de repetir el gesto de Pedro con Jesús en el Huerto y se interpuso con decisión entre su Prefecto el Padre Juan Díaz y los milicianos, pero uno de los pis­toleros lo apartó de un golpetazo violento.
Al atravesar el patio, el Padre Munárriz, Superior, se despidió con un dulce ¡Adiós, hermanitos!, al que podía haber añadido: ¡hasta el Cielo!, porque aquí ya no se verían más... Entre dos filas de varias decenas de milicianos fueron llevados a la cárcel municipal, a través de las calles inundadas de gente cu­riosa.
 
El tumulto ensordecedor
Aparte de los sesenta milicianos primeros, que se lanzaron todos al registro, menos Sopena y algu­nos otros que custodiaban a los del patio, intervino pronto la chusma agolpada en la calle y que no aguantaba más. Se avalanzó puertas adentro y comenzó a pedir la inmediata ejecución de los Misio­neros, con gritos estentóreos y las expresiones más brutales, conservadas por Pablo Hall:
- ¡Hay que acabar con ellos!...
- ¡A matarlos a todos aquí mismo!...
- ¡Dinamita sobre ellos!...
- ¡Al río todos!...
- ¡Hagamos con ellos lo que ellos harían con nosotros!...
- ¡Ahora que los tenemos seguros, a fusilarlos, no sea que se nos escapen y caigamos luego en sus manos!...
Ante semejante griterío y amenazas, el estudiante Atanasio Vidaurreta, que hacía tiempo había su­frido una grave enfermedad y de la que alguna reliquia quedaba, cayó desmayado al suelo, y la plebe gritó histérica:
- ¡Que lo rematen ahí mismo, y se acabó todo!
Menos mal que no lo hicieron. Y varios compañeros del paciente, por orden de Sopena, lo subie­ron al mismo dormitorio donde se encontraba enfermo Jaime Falgarona.
La turba, dispersa por toda la casa, gritaba cada vez más:
- ¡Canallas, decid dónde tenéis las armas! Os aprovecháis porque nosotros no conocemos los es­con­drijos de esta casa... ¡Veréis la que os aguarda!
El elemento peor lo constituyeron muchas mujerotas, que llevaban la voz cantante en aquella alga­rabía, armadas como iban de cuchillos, garrotes y cuanto pudieron encontrar a mano. Puesto que se buscaban armas, una escondió un enorme cuchillo entre los ornamentos de la sacristía para que apa­reciera en su momento... Y otra fue peor: en un rincón de la casa dejó la mala hembra cuidadosa­mente colgada una prenda íntima de mujer... Enterados Sopena y un carabinero, estuvieron a punto de dar entonces mismo un ejemplar escarmiento a aquellas descaradas:
- ¿Qué se han figurado éstas?...
Continuaba el tumulto. Y empezó a caer por las ventanas todo lo que encontraban a mano: ropa, sillas, enseres útiles, que la hoguera de la calle se encargaba de devorar... Los asaltantes seguían voci­ferando:
- ¡A fusilarlos! ¡A fusilarlos!...
Pero Sopena logró apaciguar ―¡todo un milagro!― a aquella chusma delirante:
- ¡Aquí no se fusila a nadie! Nuestro deber es detenerlos. Después, se los juzgará como es debido, de acuerdo con lo que hayan hecho.
Procesión hacia la cárcel
Se produjo una calma momentánea, aprovechada por el Padre Masferrer para subir a la capilla y bajar el Santísimo, que distribuyó a todos en comunión. También el Padre Sierra pudo sacar de la iglesia todas las Sagradas Hostias, y, encerradas en un maletín, llevarlas consigo a la prisión.
Los milicianos organizaron el desfile hacia el Colegio de los Padres Escolapios, habilitado para cárcel. Escoltados por dos filas de milicianos armados, todos los detenidos salieron de tres en tres. Las turbas en­furecidas de antes enmudecieron ahora ante la orden tajante de los milicianos. En medio de un silencio impresionante, los Misioneros recorrieron las calles atestadas de curiosos. Todavía hoy comentan muchos:
- ¡Qué modestos andaban!... ¡Parecían unos santos!... ¡Iban como corderos humildes y dóciles!...
Germán Palacios, un niño, nos contaba dos años después a los compañeros del colegio seminario:
- Caminaban recogidos, como quien acaba de comulgar.
Gesto también simpático el de un buen campesino, que, al toparse con aquella marcha, se descu­brió espontáneamente la cabeza, como si pasara la procesión del Corpus...
El silencio de las calles se rompió furiosamente al llegar a la plaza de la Municipalidad, como di­cen dos testigos autorizadísimos, el Escolapio Padre Ferrer y el sobreviviente Juan Sánchez:
- Por las calles, y desde los balcones, unos lloraban por los Misioneros que caminaban a la muerte. Pero, al llegar a la plaza, los jefes discutían a gritos, y las gentes los maldecían soezmente, los escupían y pedían que los quemaran vivos allí mismo.
La discusión de los milicianos se debió principalmente al recibir la orden de no meterlos en la cárcel, atestada ya de presos, sino en los Escolapios, pues, como nos dice el Rector Padre Ferrer, al ver que esto se ponía tan mal, y viendo que los presos no cabían en la cárcel, ofrecí el Colegio a los del Comité y creo que esto les movió a que trajeran al Colegio a los Misioneros.
Llegados al Colegio, los encerraron en el salón de actos, a mano derecha apenas se entra, y allí queda­ron en lo que sería su Getsemaní durante casi cuatro semanas interminables. Los estudiantes en­fermos Vi­daurreta y Falgarona, junto con el ancianito Hermano Muñoz, fueron llevados al Hospital. Al Hermano Simón Sánchez le sobrevino de repente un fuerte dolor en las sienes y en el corazón, y, a petición del Pa­dre Cunill, fue trasladado al próximo Asilo de Ancianos, junto con otros cuatro Her­manos de edad avan­zada, lo que arrancó a un miliciano este comentario despectivo y siniestro:
- Estos viejos no sirven para matarlos. Que se vayan a rezar rosarios por éstos, de los que no va­mos a dejar ni rastro ni simiente...
 
Los Padres Dirigentes
Desde el principio, la Comunidad se vio truncada por la separación de sus tres Padres encargados, con la tortura que esto deja suponer. ¿Qué habrá sido de ellos?, se preguntaban los del salón. ¿Qué les ocu­rrirá a nuestros jóvenes?, pensaban angustiados los Superiores... Sólo el que veía la barca entre las olas embravecidas podía infundir seguridad en los espíritus: ¡No temáis, que aquí estoy yo!...
Los tres Padres fueron llevados de casa a la cárcel municipal. Cuando a mis quince años visité por pri­mera vez aquella celda de cuatro o cinco metros por lado en el tercer piso, al que se subía por unos esca­lones tortuosos y siniestros, y sin más respiradero que una ventanuca de 15 por 30 centímetros con doble reja, me estremecí de miedo y su recuerdo quedó imborrable en mi memoria, porque supi­mos que allí lle­garon a vivir hacinados hasta veintidós presos. No tenían más sitio para reposar que el duro suelo de aquella mazmorra, con aire infecto y unas condiciones higiénicas que más valdría no mencionar. Por ser­vicio higiénico, un cubo detrás de una simple cortina, y que llenaba de hedor inso­portable la reducida es­tancia...
- ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo están?...
- ¡Bien, ya lo ven!...
Este saludo cordial restaba importancia a la situación trágica que ahora les tocaba vivir a unas vie­jas amistades: varios Sacerdotes, el Diputado Moncasi y otros seglares de recio espíritu cristiano. Allí los pre­sos compartían el dolor, el amor y la comida, preparada con cariño por las familias respectivas y, para los nuestros, por el Hermano Ramón Vall.
El día siguiente, martes 21, fueron llamados los Padres a declarar ante el Comité de la vecina Casa Municipal. La acusación más grave fue la de las armas, pues por algo los Estudiantes hacían aquella enigmática instrucción militar...
- ¿Dónde teníais escondidas las armas?
El Padre Pérez saca su rosario, y lo mueve juguetón:
- Estas son las únicas armas que yo tengo.
- ¿Con que ésas son tus armas?
- Sí, y no quiero otras.
Unas armas que, por de pronto, nunca dejaron de funcionar, bien dirigidas hacia el Cielo, desde donde la Virgen bendita mandaba a chorros la gracia sobre los que ahora veía en el mismo Calvario que su Hijo...
 
Hacia las Capuchinas
La cárcel estaba saturada a más no poder. Y el día 25 al mediodía, antes de que llegaran las hordas de Barcelona, se organizó un traslado masivo de presos hacia el convento de las Monjas Capuchinas, en las afueras de la ciudad. Aún resonaban en sus claustros severos las blasfemias infernales con que los milicia­nos orquestaban el destrozo de crucifijos, imágenes y cuadros religiosos, mientras dejaban disponible el edificio para recibir a un contingente de 350 presos que iban a llegar.
- No caben todos aquí, pero... ¡ya los meteremos como sea!
Al saberse lo del traslado, las calles se atestaron de gente ávida de espectáculo y de sangre, de modo que, al aparecer los primeros detenidos, empezó el rugido estremecedor:
- ¡Que los maten! ¡Que los maten!...
El desfile seguía, y los gritos arreciaban:
- ¡Que los maten! ¡Que los maten!...
En la marcha iban también nuestros tres Padres Munárriz, Díaz y Pérez, serenos, tranquilos, resig­nados. Pasaron frente a los ventanales del salón de actos del Colegio donde estaban encerrados sus cuarenta y nueve súbditos, que no podían hacerse ilusiones sobre los tres Padres, cuando aún seguían oyendo el gri­terío imponente que se alejaba:
- ¡Que los maten¡ ¡Que los maten!...
Como edificio, el convento, aunque pobre y austero, resultaba un hotel de muchas estrellas en compa­ración de la cárcel municipal, por más que también lo abarrotaron de presos y lo convirtieron, y esto fue lo más triste, en una cheka de terror, de modo que aún hoy estremecen los relatos conser­vados por algu­nos testigos de aquellos días, especialmente señoras muy cristianas, encerradas allí y que no fueron fusila­das. Nuestros tres Padres, como ya no pudieron recibir la comida que antes les prepa­raba el Hermano Vall, tuvieron que vivir de la caridad de compañeros generosos, como Vicente Bruno y los amigos Pa­rrela.
¿Su ocupación? Rezar y más rezar. Bruno le pregunta al Padre Munárriz por qué reza tanto, y re­cibe esta respuesta:
- Rezo por esos pobres desgraciados, a ver si Dios los ilumina de una vez.
Pero un miliciano hizo un comentario más divertido:
- No sé por qué rezáis tanto. ¡Para lo que os va a valer! La cabeza os huele ya a humo...
 
 
LOS SUPERIORES Y EL OBISPO
 
Supieron dar ejemplo de buenos pastores, que entregan la vida por el rebaño. ¿Qué les im­porta­ría después a los demás seguir a guías tan gloriosos?...
 
 
La sangre de los Superiores
Los fusilamientos, desde el amanecer del día 26, iban a ser ya cosa de cada noche, porque la sed de sangre tenía que ser saciada a toda costa.
El domingo 2 de Agosto les tocó la suerte a nuestros tres Padres Munárriz, Díaz y Pérez. A media no­che compareció ante el Comité de Barbastro un grupo de milicianos del Comité de Ginesta, cono­cido por su salvajismo feroz, pidiendo presos para matar. Se les extendió un vale por VEINTE (¡veinte nada más!..., así andaban las cosas), y con él se presentaron en la cárcel y en las Capuchinas para hacer la trá­gica recluta.
A las tres de la mañana se abrió violentamente la puerta del cuarto.
- ¡Venga, pronto, que corre prisa!
El increpado era el Padre Díaz.
- ¡Sí, hombre, ya voy! Pero déjeme ponerme la sotana.
- Donde va no la necesitará. ¡Afuera!
La lentitud aquella no era en el Padre Díaz ni apatía ni pereza, y mucho menos, miedo. Sólo unos meses atrás, había predicado en Aranda de Duero la fiesta de Cristo Rey. El veterano Padre Vicente Cerezo nos cuenta cómo en mitad del sermón impresionó su exclamación fervorosa:
- ¡Quién sabe si este Viva Cristo Rey!, que hoy lanzamos desde el púlpito, lo habremos de gritar un día ante los fusiles!
Aquel presentimiento se iba a convertir ahora en espléndida realidad.
Los ocho presos salidos de las Capuchinas iban de dos en dos. Escoltados fuertemente por milicia­nos, recorrían las calles ahora silenciosas. El Padre Pérez animaba al sacerdote Don Tomás Ardanuy, que se mostraba algo deprimido y triste:
- ¡Animo, que dentro de poco estaremos en el Cielo!...
Al pasar frente al Hospital, la enfermera Amparito Esteban reconoció a nuestros tres Padres, vesti­dos de sotana y caminando con gran serenidad. Allí mismo les alcanzaba el camión que venía de la cárcel con los doce presos que completaban los veinte concedidos por el Comité. Pero las víctimas de esta noche no fue­ron sólo estos veinte presos entregados a los de Ginesta, ya que únicamente los sa­cerdotes y un semina­rista llegaron a ser treinta y seis.
Algunos eran personajes de mucha significación en Barbastro. Como el Párroco de la Catedral, Don Mariano Frago. Fichado desde el primer momento, un ronco vozarrón gritaba por la calle:
- Al cerdo de Mosén Mariano Frago lo iremos a buscar hoy.
Cuando su detención, al bajar las escaleras iba vomitando de mala manera. Y en medio de milicia­nos que le apuntaban con sus armas, caminaba por las calles como si se tratase del hombre más cri­mi­nal y peligroso del mundo. Ahora iba a la muerte con su otro hermano sacerdote, Don Manuel.
Entre los seglares estaban el Diputado Moncasi y los Perrela, padre e hijo.
Y también Pelé, el simpático Pelé, tenido como santo por la amplia colonia gitana de Barbastro. Anal­fabeto, pero lleno de sabiduría divina. De Misa y Comunión diaria, en la iglesia de los Misione­ros. Rosa­rio también cada día, en su humildísimo hogar. Desde muchos años atrás, miembro constante de la Ado­ración Nocturna. Catequista de los gitanillos, a quienes contaba las historias de la Biblia y les enseñaba también, con un franciscanismo encantador, cómo debían respetar los pajarillos de los árbo­les y las hor­migas del campo... Pelé, el bueno de Pelé, no se aguantó cuando vio a ciertos milicianos detener a un cura joven en la calle:
- ¡Valgame la Virgen! Tantos hombres contra uno, y además ino­cente.
Lo detuvieron a él también allí mismo. Y como le encontraron el rosario en el bolsillo, dieron con aquel gitano en la cárcel. Sopena lo quiso salvar:
- ¡Disimula, hombre! Deja tus devociones y tu fanatismo, no enseñes más el rosario, y en paz.
Pero Ceferino Jiménez, que éste era el verdadero nombre de Pelé, no traicionó su fe y la quiso con­fe­sar con valentía. Ahora formaba en el brillante grupo de tan distinguidos mártires.
Don Mariano Frago, al notar el viraje del camión hacia el cementerio, dijo en voz alta:
- Señores, nos llevan a fusilar. Es cuestión de morir como cristianos.
Y el Párroco ejemplar dio a todos la absolución, al mismo tiempo que trazaba sobre ellos el signo re­dentor.
Internados en el camposanto, y a la sombra de los cipreses que como índices les señalaban el Cielo, respondieron ―¡cómo no iban a responder!― al ¡Viva Cristo Rey! que, sabemos, lanzó el admirable Pelé, hoy reconocido santo y mártir por la Iglesia: el Beato Ceferino González.
Allí quedaron los veinte cadáveres tendidos en tierra hasta el amanecer, como hostias santas a los ojos de Dios.
Obligados por los milicianos, los gitanos enterraban cada día a los ejecutados durante la noche. Pero este día, con el cadáver de Pelé allí presente, les dispensaron una tarea que les hacía comentar:
- Si esto es el comunismo, que vengan los fascistas.
Sin embargo, un grupo de gitanos se presentó en el cementerio a primera hora y rescató el rosario que estrechaba la mano de su compañero mártir, hoy ya en los altares como el patrono más querido de la familia calé...
Por su parte, la buena de Doña Josefa Blasco de Perrela, al llevar aquel día con más amor que nunca la cesta de la comida a su esposo e hijo, oyó la respuesta cínica del guardián:
- ¿Esos?... Ya no necesitan comer más.
Nuestros hermanos del salón habían pasado unos días terribles, como pronto veremos, que les sir­vieron de mérito y de purificación. El Hermano Vall, que como cocinero entraba y salía con cierta li­bertad, se impuso una estricta y prudente reserva sobre la muerte de los tres Padres. Aunque a los po­cos días no tuvo más remedio que comunicarles la noticia. De momento, estupor y consternación. Pero vino la reacción inmediata, sobre todo cuando supieron también el final del Señor Obispo:
- ¿Hay que morir? ¡Pues, a morir, y con elegancia!...
Fue el primer milagro de la sangre de sus Padres Superiores, que les iba a disponer al martirio triunfal que se avecinaba...
 
El Señor Obispo
Monseñor Florentino Asensio, una estampa perfecta de piedad, sencillez y celo apostólico, había lle­gado desde su Valladolid a Barbastro hacía cuatro meses, y dijo al bajar del automóvil, con grave presentimiento:
- ¡Mirad que subimos a Jerusalén!
A los amigos que le aconsejaban se marchase para salvar su vida, contestaba amable y firme:
- Yo no abandono la viña que el Señor me ha encomendado.
Los cuatro meses a que se redujo su pontificado pesarán por muchos años en la historia de Barbas­tro, merced a un martirio espléndido, digno de los más grandes Obispos de la Iglesia, como un Igna­cio de Antioquía o Cipriano el cartaginés...
Preso en su propio palacio desde el 19 de Julio, el 23 recibió la orden de trasladarse al Colegio de los Escolapios, que sería su prisión:
- Debe ir con sotana, pues el Comité no quiere que usted pase ante el pueblo como un preso (!)
El día 8 de Agosto era citado para declarar ante el Comité en la vecina Municipalidad. Pero pasa­ban las horas, y el Obispo no volvía. Lo habían metido sin más en la cárcel, con la orden terminante:
- Este ha de estar del todo incomunicado.
Soler Puente, portero oficial del establecimiento, que no era ningún miliciano rojo, hombre de co­razón y testigo presencial, nos ha conservado todas las incidencias de la pasión espeluznante del Obispo, que estaba tranquilo y con mucha frecuencia se ponía a rezar de rodillas, cara a la pa­red.
Hasta que se presentó Mariano Abad, el terrible verdugo y repulsivo enterrador, que venía al frente de unos esbirros de la peor catadura.
Mariano Abad, alto, fuerte, criminal y feo en una pieza, era por aquellos días en Barbastro la figura más siniestra. Ni se limpiaba, con estudiado descuido, las salpicaduras de sangre humana que apare­cían en su pantalón o en las alpargatas de sus pies. Si veía un anillo de oro en la mano de un fusilado, se lo hacía suyo de un modo asaz expeditivo: cortaba el dedo, y en paz...
Ahora se presenta en la celda que ocupa Monseñor Asensio. Por todo saludo, suelta ―¡no faltaba más!― una asquerosa blasfemia y da un empujón brutal a su víctima, que vestía pantalón y chaleco:
- ¿Tú eres el Obispo? Pero, si pareces un pastor... ¡No tengas miedo, hombre! Que si es verdad eso que predicáis, irás al Cielo...
Y dijo a los otros:
- A éste, como es pez gordo, lo ato yo.
Y, a decir verdad, que lo sujetó bien. Le ató las manos a la espalda con alambre y lo amarró fuerte­mente, ¡cómo si se hubiera de escapaar aquel ángel de Dios!...
 
La degradación del Obispo
Horroriza el narrarlo, pero habrá que exponer todos los detalles en su mayor crudeza. El Padre Qui­bus, primer historiador de nuestros Mártires, fue muy parco y hasta dudaba de la veracidad de los hechos. Hoy se han despejado todas las dudas, y el Padre Campo nos ofrece la documentación más rigurosa.
Atado con vigor, el Obispo se mantenía rígido en pie. Entre carcajadas, y a instigación de Santiago Ferrando, sus verdugos le bajaron la ropa a fin de comprobar si era hombre como los demás o no. Cuando se vio escarnecido en sus partes nobles, el Obispo bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra.
El oculista Héctor Martínez, tipo inteligente pero sin pizca de entrañas, y Alfonso Gaya, un peón cruel y analfa­beto por más señas, se acercan al pudoroso Señor Obispo, y le enseñan sarcásticos una navaja de carnicero:
- ¿Sabes qué es esto?...
Y uno de los dos, El Gaya, entre las burlas y risotadas de todos, le corta en vivo los dos testículos, después de ha­bérselos machacado. La víctima palideció y ahogó un grito de dolor, mientras musitaba también una ple­garia al Señor:
- ¡Llagas benditas de Cristo, fortalecedme!
La sangre bajó copiosa por las piernas del Obispo y se esparció por las baldosas del pavimento.
Siguió la burla sangrienta. Porque le cosieron con hilo de esparto la herida del escroto, como se hace con las bestias castradas; envolvieron los testículos en un papel del periódico Solidaridad Obrera ti­rado casualmente en el suelo, y le apretaron con una toalla las heridas para detener la hemorragia. Pero aquella partida de criminales había de hacer algo más. Santiago Ferrando, inspirador de esta sal­vajada, le decía al infeliz Alfonso Gaya, que se metió en el bolsillo los testículos del Prelado envueltos en el papel:
- ¿No tenías ganas de comer xxxxx de obispo?
Y el médico oculista, profesional más que indigno, quien dirigió científicamente la operación eje­cu­tada por Gaya, paseó después por cafés y bares aquellos despojos del Prelado, gloriándose de su vergon­zosa hazaña...
Después de todo este infierno, ataron fuertemente al santo Obispo del brazo de otro compañero designado también para la muerte.
 
El Obispo hacia el Cielo
Mariano Abad comenzó a impacientarse:
- ¡Venga! Habéis tenido el capricho de hacer esto, y ahora tenemos que llevarlo a cuestas hacia el camión.
A cuestas, no. Por su propio pie, chorreando sangre y a empujones de sus verdugos, cruzó el Obispo la puerta. Miró al cielo estrellado en aquella plácida noche estival, y exclamó alborozado y en voz alta:
- ¡Qué noche ésta más hermosa para mí! ¡Voy a la casa del Señor!
- Se ve que no sabe adónde le llevamos...
- Me lleváis a la Gloria. Yo os perdono. En el Cielo rogaré por vosotros.
Tenemos testigos excepcionales de esta historia: el Doctor Subías, único superviviente de la cárcel; el escolapio Padre Mompel, que desde un balcón del Colegio siguió discretamente muchas noches los inci­dentes de la plaza; Soler Puente, el buen portero de la cárcel; una prostituta de entonces, una de esas que irán delante de muchos al Reino de los Cielos, y que hoy hace una declaración jurada... To­dos cuen­tan lo que vieron ellos mismos o lo que oyeron a los milicianos.
Seguían los empujones al Obispo, que casi no podía caminar por las heridas y por ir atado a su compa­ñero:
- Anda, cerdo, date prisa...
Y él, sin perder la paz, mirándolos con afabilidad indecible, y ante las “burradas” que le soltaban sus torturadores ―dice la prostituta en cuestión―, les respondía antes de subir al camión:
- No, si por más que me hagáis yo os he de perdonar.
El camión corrió carretera de Sariñena adelante, hasta que se paró frente un paraje solitario. Desde el último piso de los Escolapios se veían en la lejanía los focos de los vehículos y se oyeron perfecta­mente las descargas. El Obispo pudo aún decir:
- ¡Señor, compadécete de mí!
Sin darle el tiro de gracia, lo llevaron vivo al cementerio y lo tiraron como un fardo sobre el mon­tón de cadáveres de los fusilados esta misma noche. Entre los estertores, iba repitiendo:
¡Dios mío, abridme pronto las puertas del Cielo!
¡Señor, no retardéis el momento de mi muerte!
¡Dios mío, os ofrezco mi sangre por la salvación de mi Diócesis!
Hasta que al fin se acabó la tragedia, cuando unos pistoleros lo remataron a balazos en aquel ama­necer dominguero del 9 de Agosto. El hoy Beato Florentino Asensio moría como han muerto tantos Pastores gloriosos de la Iglesia: dando la vida por sus ovejas...
En la galería de la cárcel, y entre vaso y vaso de vino, Mariano Abad, como nos cuenta Soler, co­men­taba la aventura de la noche:
- Ya tenemos muerto al jefazo de los curas. Esto está en marcha... ¿Te has fijado el Obispo? ¡Qué se­renidad! Aún en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios... ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece como si tuviera satisfacción. Pero... ―y ahora hablaba mirando al va­cío―, no ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer.
                                                                                                  
Cuando el río suena...
Los esbirros del Comité llevaron adelante su plan. De los curas no había de escapar ninguno. Ni tan si­quiera los jóvenes seminaristas claretianos. Y eso que el asesinato del Señor Obispo trajo más preocupa­ciones de las esperadas, porque el incalificable barbarismo de aquella bestialidad cometida contra el Pre­lado indignó a todo Barbastro.
El Coronel Villalba, más que nadie, tenía un peso grave en la conciencia. Fue personalmente a de­sa­hogarlo con el moderado joven cenetista Eugenio Sopena, el único sensato del Comité, que estaba contra esos asesinatos sin control, el cual le contestó malhumorado, como lo cuenta todavía hoy:
- ¿Que usted lo siente, Señor Coronel? ¡Pues, más lo siento yo!
Venía esto a juntarse con ciertos hechos misteriosos, de los que tenemos por testigo al escolapio Padre Mompel. Un Santo Cristo de la Catedral, antes de ser reducido a cenizas, fue objeto de un sacri­legio es­pecial. Un miliciano se propuso fusilarlo. Y así lo hizo. Sólo que la bala, al rebotar en la ima­gen, se volvió contra el asesino de Cristo, y dejó muerto al atrevido verdugo... La fantasía popular multiplicó los he­chos, y decía que ocurrió lo mismo con la imagen de San Bartolomé en la calle Ar­gensola. Sea lo que fuere, la cosa se corrió por la ciudad, y el Comité hubo de publicar un bando con el que declaraba sen­tenciado a la pena de muerte al que dijera que esos casos eran castigo de Dios...
Y hubo algo más. El lunes 10, día siguiente a la muerte del Señor Obispo, se desató sobre Barbastro una tempestad imponente, desusada, como no se recordaba otra, con pedrisco incluso, que alertó y ate­morizó a todos. Los buenos la atribuían a un aviso de Dios por la muerte del Prelado, y los rojos no las tenían todas consigo ante los comentarios de la gente...
Pero, en fin, aquello no reblandeció los corazones, ya muy endurecidos, y el Comité se dispuso a aca­bar cuanto antes...
 
 
 
 
EN EL SALON DEL COLEGIO
 
El Colegio de los Padres Escolapios de Barbastro fue siempre un orgullo de la Orden Cala­sancia. Pero su sencillo salón de actos le suma hoy una gloria en que antes nunca soñó. Durante casi cuatro semanas se forjaron allí los espíritus de unos jóvenes heroicos, que nos dignifican a todos los hijos de la Iglesia.
 
De nuevo en el salón
El 20 de Julio, al anochecer, dejamos a cuarenta y nueve Misioneros en el salón del Colegio de los Es­colapios. Los Padres de este venerable plantel educativo, tan respetadísimo en Barbastro, aliviaron cuanto pudieron la penuria de la primera noche, y les ofrecieron a los presos nueve colchones, dos somiers, dos mantas, unas viejas cortinas de algodón y once almohadas. Los colchones iban a desapa­recer muy pronto, requisados el día 25 para los milicianos que se dirigían al frente de Aragón. Para dormir no quedarían en adelante más que el frío suelo, los tablones del escenario y la escalinata del clásico gallinero junto a la entrada.
Los Padres les bajaron también agua, necesarísima, y algo de cena, que muchos no probaron. Pero, so­bre todo, les brindaron un amor y un cariño impagables en unas circunstancias tan duras.
El Padre Eusebio Ferrer, Rector del Colegio, hijo de Barbastro pero nacionalizado argentino, se con­virtió en el ángel tutelar de nuestros hermanos detenidos. Administró con escrupulosidad las 4.000 pese­tas que le entregó el Padre Cunill ―todo cuanto había en casa― para atender los gastos que ocurrieran du­rante el encarcelamiento.
El Hermano Ramón Vall, por su cargo de cocinero en la Comunidad, siempre de blusa cuando iba de compras y no con la imprescindible sotana, fue el otro ángel para los detenidos. Los milicianos le encar­garon la cocina, le concedieron una relativa libertad, y al fin no lo fusilaron con los otros para aprovechar sus oficios de cocinero.
 
Prevención
Desde un principio debemos estar prevenidos a fin de no formarnos un juicio errado sobre nues­tros Mártires. El caso de Barbastro fue tan espectacular que podríamos imaginarlo como un paseo triunfal o poco menos hacia la muerte. Y no fue así. No es ése el sistema de Dios, y nuestros hermanos debían ser dignos del Mártir del Gólgota. Las noches del 13 y del 15 de Agosto, un Tabor y un ama­necer pascual, fueron precedidas de una noche larga y de sombras densas en un Getsemaní muy dolo­roso.
El proceso martirial de nuestros hermanos tiene tres etapas muy marcadas y bien definidas. La pri­mera, de tortura espiritual, angustia, dolor profundo, prueba acrisolada, aunque también llena de re­sig­nación y de paz interior. La segunda, de serenidad, de tranquilidad, de aceptación amorosa del querer divino. La tercera, ésa sí, de ilusión martirial intensa, de gozo desbordante, de entusiasmo arrollador, de­mostrado sin miedo alguno con los vivas y los cantos que atronaron las calles y la carre­tera mientras iban a la muerte.
Porque fue una muerte preparada a conciencia durante casi cuatro semanas de cárcel rigurosa, y no un asesinato frío e improvisado, como pudo haber ocurrido en la casa cuando las turbas lo recla­maban al ser detenidos los Misioneros. Los presos tuvieron ocasión de tomar conciencia del carácter martirial de su muerte, al oír hasta la saciedad de boca de sus verdugos y de las turbas: Por vuestras sotanas..., por vuestra profesión..., por vuestros votos...
Y todo esto realizado a plena luz. Públicamente. Con testigos a montones, por amigos llorosos y por ene­migos triunfantes. Todos los vieron por las calles y los contemplaban a través de los ventanales del salón, y todos son hoy testigos de lo que vieron y oyeron.
Además, no hay que olvidar la juventud y el número de nuestros seminaristas. La unión, el espíritu de grupo, el compañerismo, les contagió de entusiasmo mutuo, los mantuvo firmes en la prueba y no permi­tió ni una sola apostasía o defección ―¡gloria y gracias a Dios!―, a pesar de tantos ofrecimientos halagado­res e incondicionales que les hicieron los verdugos. Todo esto ha hecho de Barbastro un caso excepcional y de los más brillantes de la historia martirial de la Iglesia.
 
 
 
El salón-cárcel
El salón del Colegio sería el Getsemaní de nuestros Mártires.
Un rectángulo de seis metros de ancho por veinticinco de largo, incluidos el escenario y la galería de atrás o gallinero, tenía en el lado derecho cinco amplios ventanales que daban a la plaza de la Munici­palidad. Como levantaban muy poco del suelo de la misma plaza, los detenidos se vieron en una dura al­ternativa. Si cerraban los ventanales, se asaban de calor en lo más fuerte del verano, sofo­cante, pesado, denso, Si los abrían ―y no tenían más remedio que hacerlo para respirar―, habían de aguantar cuantos insul­tos quisiera dirigirles la chusma apiñada en el exterior. En el lado izquierdo se abrían dos puertas que da­ban a un pequeño patio interior, al que habían de salir para el servicio hi­giénico.
 En la puerta de entrada al salón, los guardianes habían abierto algunas rendijas para vigilar mejor y observar a su gusto a los presos.
 
Malestares muy duros
El lector adivina las molestias físicas que supuso el no poderse lavar ni una sola vez, ni cambiarse tam­poco en absoluto una sola pieza de ropa, durante casi cuatro semanas en lo más feroz del verano... Para no inventarme una descripción más, prefiero copiar aquí lo que nos narra el diligente investiga­dor Padre Campo:
- El sufrimiento físico procedió más bien de la falta de higiene en aquellas jornadas inacabables, de la impotencia de cambiarse la ropa, del calor de horno, de la sangre y sudor acumulados. Cua­renta y nueve organismos vigorosos en un salón caldeado durante gran parte del día, que transpi­ran, tienen que ir en fila a hacer sus necesidades más elementales, no pueden lavarse los pañuelos más que en los botijos o el cántaro del agua, quitándosela de beber, acaban por oler mal, rezumar a sobaquina agria, a orines descompuestos, a amoníaco, a miseria humana. Y eso, un día y otro, se va sedimentando, se clava en la piel húmeda, irritada, en la pituitaria, en los ojos. La ropa interior se convierte en un cilicio, hiede, y de­suella la carne, la inflama, la excoria, hasta llagarla”...
Cuando se vació el salón el 15 de Agosto, dice el escolapio Padre Mompel, hubieron de desinfec­tarlo cuidadosamente, porque de ello había verdadera necesidad.
Se les racionó hasta el agua, ya que los milicianos ―dice el Padre Mompel― no la querían traer por­que no se prestaban a ser sus criados. Aunque uno de mejor corazón (Eugenio Fernández, ¡Dios le ha­brá premiado!) se la llevó clandestinamente. Sin embargo, una mujer ―¡qué pieza!―, al ver que otra llevaba un cántaro al salón, le soltó sin entrañas:
- ¿Agua les vas a dar?... Salfumán habría que darles, para que acabaran de una vez.
Al hablar de molestias físicas, notemos también el sadismo de algunos guardianes apostados en la puerta por donde habían de pasar tantas veces los detenidos para ir al servicio higiénico del patio. Un es­tudiante, cuando ha de salir, ve que le apuntan las pistolas:
- Venga, a marcar el paso, a ver si aprendiste bien la instrucción: ¡Uno, dos!... ¡Derecha, iz­quierda!... ¡Firme!...
Hasta que soltaban una carcajada brutal y dejaban en paz al pobre muchacho.
 
Angustias morales
Peores que los sufrimientos físicos fueron las angustias morales, que les apretaron como corona de es­pinas largas y resistentes. Nada más entrar ―nos dice el Hermano Sánchez―, todo es llorar unos y prepa­rarse para morir otros. Porque desde el principio, expuestos como estaban a la indiscreción de todos los mirones, hubieron de aguantar las amenazas y expresiones soeces que les escupían los mili­cianos y la chusma a través de los ventanales. Hall y Parussini son muy moderados al transmitirnos el lenguaje que habían de escuchar continuamente:
Os mataremos porque sois fanáticos e hipócritas...
Mentís cuando decís que amáis al pueblo y a los pobres...
Os mataremos para que cumpláis de una vez vuestros santos votos...
Estad preparados, que esta noche os vendremos a buscar. Para mañana a las cuatro, ya no ha­brá más curas ni frailes en Barbastro...
Ya no podréis hacer con las monjas lo que hacíais hasta ahora...
Cuando os maten, yo me comeré los hígados...
Pues yo, los sesos...
Yo les cortaría los huevos...
Dejaros de rezar rosarios y custodias...
Se necesitaba resistencia de acero, y al principio el joven y angelical Padre Masferrer se deshacía en llanto copioso. Precisamente el santico Padre Masferrer, que a lo largo de toda la carrera pasó entre sus compañeros como el Luis Gonzaga del grupo...
O como José María Blasco, ya muy miedoso por temperamento, a quien se le alborotó la imagina­ción locamente. Se veía expuesto a mil tormentos, y empezó a temblar ante una posible apostasía de su voca­ción religiosa y de su misma fe cristiana... Viéndose en semejante peligro, prefirió disimular y huir, si era preferible hacerlo sin escándalo, como decía apenado:
- Es preferible huir que no la gloria del martirio.
Los compañeros lo acuerparon, le aconsejaron, le animaron, rogaban intensamente por él... Hasta que su espíritu logró serenarse del todo, y al fin, dice Hall, se encontraba tan animado como cual­quiera y se le había pasado todo miedo.
Parussini nos cuenta con patetismo una diversión criminal de los milicianos: comunicar a los pre­sos la noticia de su inmediata ejecución, para lo cual los colocaban en fila, de espaldas o de cara a la pared:
 - Más de cuatro veces la recibimos, creyendo que la muerte se nos echaba encima. Un día estuvi­mos casi una hora quietos, sin movernos, esperando de un momento a otro la descarga. ¡Qué terri­ble! Es cuando más se sufre. Entonces cada minuto se hace interminable y uno desea que descarguen de una vez para no sufrir tan cruel agonía, que no acaba más que con una risotada sacárstica y burlona de los fe­roces guardias rojos...
Getsemaní... Dicen que Getsemaní significa lagar de aceite. En Barbastro abundaban esos truja­les, que extraían copioso el aceite de sus extensos olivares. El salón del Colegio fue el Getsemaní que es­trujó el espíritu de nuestros jóvenes, los cuales brillan hoy como haz apretado de antorchas esplen­den­tes...
 
Las mujeres descaradas
El triunfo máximo del verdugo no es matar vilmente, sino conseguir una apostasía. A nuestros jó­venes, ya se ve, no les daban miedo las balas. Era mejor emplear la seducción de la manera más pri­mitiva y efi­caz: ofrecerles, con la mujer, una vida de placer y ensueños...
Mujeres ligeras, prostitutas y milicianas llenas de descaro, tuvieron muy pronto acceso libre al sa­lón, pero nuestros Mártires se les enfrentaron con un recato de los ojos edificante y un silencio digno y des­pectivo, junto con una pasividad casi estóica.
Tres dirigentes de cierta significación abren un día la puerta del salón, que dejan abierta intencio­nada­mente, y les presentan cinco muchachas provocativas:
- Si queréis vivir y pasarla bien, lo tenéis muy fácil: salid con éstas y marchaos a defender la causa del pueblo; de lo contrario, vais a morir.
Durante varios días inacabables, esas mujeres de la vida entraban en el salón, se acercaban insinuan­tes a los jóvenes, les tiraban de la ropa para llamarles la atención, se les ponían delante con posturas atrevidas, se mezclaban entre ellos hasta en las horas de la siesta y cuando por la noche ya empezaban a conciliar el primer sueño... Los milicianos vigilaban todo por las rendijas de la puerta o desde los ventanales, y tenían dicho a los presos, como atestigua Hall:
- En caso de que alguno injurie o contraríe a alguna mujer, en cualquier forma que sea, os mata­re­mos a todos juntos aquí mismo en la cárcel.
Los jóvenes, amenazados como estaban de ser fusilados inmediatamente si gritaban ¡Viva Cristo Rey! u otras consignas religiosas, tomaron por unanimidad la resolución heroica:
- No haremos ningún daño a nadie, y menos a esas pobres mujeres, que no saben lo que hacen. Pero, no nos dejaremos arrancar el alma. En caso supremo, gritaremos todos ¡Viva Cristo Rey!, y que nos maten aquí mismo.
 
Casadevall y “La Trini”
Hubo un caso, sin embargo, que revistió características singulares: el del estudiante Esteban Casa­devall con una enamorada loca, Trini La Pallaresa.
 Todos en Barbastro conocían a La Trini. Guapa. Atractiva por demás. De conducta muy ligera... En los desfiles y en las huelgas montaba con soltura el caballo y desplegaba con garbo la bandera re­publi­cana. Todo un tipo de mujer simpática... y descarada. El Padre Ferrer, Rector de los Escolapios, y Pablo Hall nos han conservado los detalles del mano a mano ―atrevimiento y resistencia― entre la Trini y Casade­vall, detalles recogidos de labios de la misma muchacha.
Entró en el salón como las demás, porque era la más procaz, como dice el Padre Ferrer, y llevó su audacia hasta pasar por encima de los jóvenes cuando dormían en el escenario. Pero muy pronto se fijó de un modo muy particular en Casadevall y se enamoró perdidamente de él por el gran pare­cido que tenía con su ídolo del cine, el artista Rodolfo Valentino (!)... Trini se trazó su plan, que expuso a varios de los compañeros:
- Me da lástima que un chico tan guapo como él se deje matar, por haber sido engañado desde niño para seguir la carrera de cura. Yo lo libraré de la muerte, con tal de que pueda hablarle a solas y con­vencerle de que está engañado.
- ¿Que le hablarás a solas?
- Sí; lo conseguiré.
Y La Trini esperaba durante ratos perdidos a que Casadevall hubiera de salir al patio y así tener la oportunidad soñada. El joven, con sus 23 años estupendos, no tenía más remedio que salir cuando era ne­cesario, pero se hacía acompañar de otro y pasaba sin hacer ningún caso de las palabras y gestos de la muchacha atrevida. Todos los compañeros le arropaban. Cuando preveían que La Trini podía pre­sentarse, escondían entre ellos a Casadevall en algún rincón más oscuro del escenario, y así evitaban en lo posible que fuera descubierto por su enamorada, la cual preguntaba entonces angustiada:
- ¿Es que no está ya entre vosotros?...
Y añade Hall: Pero no obtuvo respuesta de nosotros, porque siempre permanecíamos mudos a todo lo que nos decían o preguntaban.
Hasta mucho después, Hall no descubrió el secreto íntimo que le confió su amigo Casadevall:
- Me siento muy animado y con gran confianza en la protección del Corazón de nuestra celestial Ma­dre y en la gracia de afrontar el martirio. De encontrarme en una prueba extraordinaria contra la virtud, me pondré a gritar ¡Viva Cristo Rey!, y que me maten en seguida. No es presunción lo que tengo, sino confianza en Dios y en la protección de la Santísima Virgen.
 
Sin mujeres, al fin
El escolapio Padre Ferrer, Rector del Colegio, con el gran ascendiente que tenía sobre los mismos del Comité, consiguió de éstos, movidos por los ruegos insistentes de los Misioneros, que las muje­res no entraran más en el salón. Semejante tormento había durado una semana, y todo Barbastro an­daba lleno de la aventura, que arrancó los comentarios más dispares:
- Las mujeres se revolvían contra sus víctimas y los llenaban de insultos groseros: ¿es que no se­rán hombres? ― ¡Pobrecitos, cómo los hacen sufrir! ― ¡Ni mirarlas hacían!  Pero hubo un elogio uná­nime, no desmentido por nadie: ¡Ninguno flaqueó!
 
Las fuerzas secretas
La purificación a que Dios sometió a nuestros hermanos antes de las noches triunfales que se ave­cina­ban fue ciertamente muy dura. Por más que nunca les abandonó la paz. Pero la fuerza misteriosa que los vigorizó en los tremendos combates de estos días hay que buscarla, sin lugar a dudas, en la EUCARISTIA y en la ORACION, en el COMPAÑERISMO y en la CONCIENCIA MARTIRIAL que se formaron, acerca de lo cual tenemos testimonios abundantes y conmovedores.
 
La Eucaristía
Mientras duraron las Sagradas Hostias que se trajo el Padre Sierra a la cárcel y las que bajaban después los Padres Escolapios mientras pudieron celebrar Misas, la Comunión y la presencia de Jesús Sacramen­tado fueron el centro sobre el que gravitó la piedad de los Mártires. El Padre Ferrer y el Hermano Vall, burlando la vigilancia rigurosísima de los milicianos, introducían las Formas en el cesto del desayuno. Al repartirlo, el Padre Sierra colocaba a cada uno la suya entre el pan y la pastilla de chocolate. Se reserva­ban después algunas Hostias, que guardaban Hall y algún otro, a los cuales se acercaban todos, alternán­dose siempre con inteligente disimulo. Dice Hall:
- Hacíamos compañía a Jesús, que era tratado como en los tiempos de las catacumbas. Acompa­ñá­bamos a Jesús durante horas y más horas. Afortunadamente, era nuestra única ocupación en la cárcel.
 
La oración
Suspendidas todas las Misas en los pisos superiores del Colegio, donde estaban presos los mismos Es­colapios, el Obispo, los Benedictinos del Pueyo y otros Sacerdotes, ya no hubo más Eucaristía para nadie. Pero ninguno podía arrancar a los Mártires su capacidad de orar. En el salón se rezaba de con­tinuo, en pequeños grupos y callandito, soslayando siempre la atención de los guardias, que lo habían prohibido también. Por Hall y Parussini sabemos que no se suspendieron nunca los actos de Comuni­dad reglamen­tarios. Rezábamos todos los días. Aunque no celebrasen, algunos Padres decían las oraciones de la Misa todos las mañanas.Rezábamos muchísimo, sobre todo el Rosario. Había quienes rezaban 25 ó 30 Rosarios diariamente, amén de otras devociones, ratos de lectura y otras devociones. El “miliciano” Andrés Carrera, seminarista camuflado, los observaba por las rendijas de la puerta mientras hacía la guar­dia, y dice:
- Estaban en pequeños grupos. Por el rumor que se percibía, se convencía uno de que rezaban el ro­sario. Uno dirigía, y los otros contestaban. Después de rezar, paseaban tranquilos, de tres en tres.
Y una mujer que pudo verlos, comentaba:
- Los pobres Misioneros están allí sin ventilación y sin poder descansar, pero alegres. Cantan, re­zan y dicen ¡Viva Cristo Rey!
 
 
El compañerismo
Fue algo muy notable. Los jóvenes se unieron, se acuerparon, se consolaron, se ayudaron, se con­tagia­ron el entusiasmo. Recurrieron a todo. Hasta a constituir un Comité de la Risa, cuya marcha rompió el Padre Sierra y que contó con un elemento de excepción: el Padre Pavón, gracioso cartage­nero con mucha chispa de su vecina Andalucía. Los que tenían memoria y salero para el chiste, se ponían ahora al servicio de los demás a fin de aligerar con bromas la monotonía y la pesadez de la pri­sión.
Pero el compañerismo se tradujo en cuatro casos de antología.
El Hermano Alfonso Miquel es llevado a nuestra casa para trasladar algunos víveres que allí habían quedado. Los milicianos aprovechan la ocasión para ofrecerle la salida del salón.
- Vente con nosotros, te damos armas y quedas libre.
Al regresar, el muchacho de veintidós años cuenta lo que le han propuesto.
- ¿Y qué les ha respondido?
- ¿Yo?... Aquí con ustedes.
Miguel Masip lleva un apellido que llama la atención de un miliciano, el cual, picado por la curio­sidad, pregunta por él.
- ¿Tienes una hermana monja?...
- Sí, María de Cristo Rey, y marchó como Misionera a América en 1933.
¡Era cierto! Aquella Hermana humilde, abnegada, era la que le había curado a él con un gran ca­riño en el barco hacía tres años. En la travesía, un pasajero se puso enfermo, y María lo cuidó hasta que se puso bueno. Ahora estaba a la cabeza de los asesinos que llevaban a cabo las ejecuciones, y le dice a Miguel en la cárcel:
- Bueno, yo te saco de aquí. Toma este uniforme de miliciano, y te vienes conmigo al frente.
- Perdone. Yo no he nacido para matar, sino para predicar la fe y la caridad.
MIguel Masip rehusó la oferta halagadora, se quedaba en el salón para morir con todos los demás, y antes de ser fusilado escribió una notita preciosa a aquella hermana querida por la que ahora le querían salvar la vida...
Otro miliciano ―que es quien cuenta la historia―, al oír Manuel Torras cuando leen la lista, se fija en aquel muchacho y se le acerca después.
- ¿De dónde eres?
- De Sant Martí Vell, un pueblo de Gerona.
- Yo también. ¿De qué familia?
- De Casa Bordes.
- Me lo he imaginado que eras tú. Si quieres marcharte, vete. ¡Pronto! Nadie sabe si sois treinta o cuarenta.
Y Manuel, de 21 años, el más joven del grupo, se quedó feliz con todos en el salón.
Salvador Pigem es otro que, sin darse cuenta, tiene clavados los ojos de un miliciano que monta la guardia. Hasta que un día se le dirige sin más:
- ¿Te llamas Salvador Pigem?
El interrogado se sorprende.
- ¿Por qué me lo pregunta?
- Porque recuerdo que, estando yo de cocinero en el Hotel del Centro en Gerona, un sobrinito de los dueños venía a verlos desde su pueblo, Vilobí de Oñar, y decía siempre que quería ser sacerdote. Yo le llamaba ya El Obispo. Aquel niño era de una fisonomía igual que la tuya. Yo me llamo Víc­tor. ¿Te acuerdas de mí?...
Después de doce años, el recuerdo y las señas no podían ser más certeros.
- Pues, sí. Tienes razón. Yo soy Salvador Pigem, aquel niño de entonces.
Intercambio de recuerdos cordiales. Y al fin, el miliciano:
- Bien, ¿quieres que te saque de aquí, y te libro de la muerte?
Propuesta incondicional, halagadora, sin compromiso alguno. Ocasión como ésta, nunca. Pero el exce­lente muchacho se agiganta:
- ¿Me salvas con todos mis compañeros?
- No; a ti solo. Comprendes que a todos no puedo.
- Pues, entonces, no acepto. Prefiero morir mártir con todos.
Salvador bajó las escalerillas y se fue directo a mezclarse entre los demás, que, sabedores del caso, se sintieron más animados que nunca, orgullosos de la lealtad de semejante compañero.
 
Conciencia martirial
Desde el principio se formaron nuestros jóvenes una conciencia clarísima sobre el carácter martirial de su muerte. Y esta gracia de Dios les vino precisamente por medio de sus verdugos y de la chusma, que les decían a todas horas y de mil modos por qué los mataban, como nos atestiguan Hall y Parus­sini:
- Nos decían expresamente los comunistas: no odiamos vuestras personas; lo que odiamos es vuestra profesión, vuestro hábito negro, la sotana, ese trapo negro tan repugnante. ― Quitaos ese trapo y seréis como nosotros, y os libraremos. ― Nosotros somos los únicos que cumplimos la ley de Cristo... Tenéis que dejar ese hábito e ir a trabajar y formar familia. ― Os mataremos a todos con la sotana puesta, para que ese trapo sea enterrado juntamente con los que lo llevan.
Los nuestros supieron también entonces por qué morían, y aceptaron la muerte con un gozo del Es­píritu que pasma. Hall y Parussini nos dicen a cada momento:
- Nos teníamos por felices en poder sufrir algo por la causa de Dios; porque nos mataban única­mente por ser religiosos y por ser sacerdotes o aspirantes al sacerdocio. ― Todos estaban contentos y se felicitaban, como los Apóstoles, por haber sido hallados dignos de sufrir algo por el nombre de Je­sús.
Resulta un problema espigar testimonios entre los escritos de los mismos Mártires. Hágalo el lector, si gusta, al leer esos escritos en las páginas siguientes. Por poner uno, escogido casi al azar, de la carta de Ramón Illa a su familia:
Con la más grande alegría del alma les comunico que el Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio. Al recibir estas líneas, canten al Señor por el don tan grande y señalado como el martirio que el Señor se digna concederme. Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida. Voy a ser fusilado por ser religioso y miembro del Clero, por seguir las doctrinas de la Iglesia Católica Romana.
     Nuestros jóvenes fueron felices de verdad al saber con semejante certeza que eran candidatos para el martirio, sufrido únicamente por la causa de Jesús.
 
Al ir, iban cantando
Dicen que el amor, la alegría y el canto van siempre unidos, sobre todo en la juventud. Eso fue un he­cho palpable en los jóvenes del salón. Su amor apasionado a Jesucristo, que el Espíritu Santo se en­cargó de elevar hasta los máximos niveles en estos días, les hizo estallar en cantos continuos.
Medio callandito, por la prohibición de los milicianos. Pero cantaron sin cesar. Himnos que sus labios habían gastado mil veces durante la carrera, ahora tenían un sentido tan singular...
Su fidelidad a la Iglesia y al Papa lo exteriorizaban con el Firme la voz, serena la mirada, canto programado expresamante para cuando fueran a la muerte.
A la Virgen le cantaban con pasión de enamorados:
                                               Oh María, lucero bendito,
                                          tú has guiado a su puerto el bajel,
                                          y el marino, con llanto en los ojos,
                                          viene humilde a postrarse a tus pies.
                                               Gracias, Madre, mil gracias repite
                                          este pecho ardoroso al latir,
                                          que, del mundo al cruzar el camino,
                                          tú bien sabes que late por ti.
                                               Por ti late mi sangre cristiana,
                                          por ti late con férvido ardor.
                                          Moriré, si es preciso que muera,
                                          moriré por mi Reina y mi Dios.
                                               Lucharé, lucharé mientras viva,
                                          abrazado a tu enseña hasta el fin.
                                          Sepa, oh Madre, en la lucha sangrienta,
                                          por tu nombre, o vencer o morir.
 
Pero el canto a Jesucristo que se convertiría en el clásico de los Mártires de Barbastro fue el Jesús, ya sabes, compuesto y cantado en las selvas africanas por un novel misionero claretiano, que en 1909 daba muy joven su vida en aquellas misiones difíciles de Guinea Ecuatorial.
                                               Jesús, ya sabes, soy tu soldado.
                                          Siempre a tu lado yo he de luchar.
                                          Contigo siempre, y hasta que muera,
                                          una bandera y un ideal.
                                          ¿Y qué ideal? Por ti, Rey mío, la sangre dar.
                                               Si en el camino, hueste maldita:
                                          ¡atrás -me grita-, atrás, atrás!,
                                          si me disparan sangrientas balas,
                                          daráme alas el ideal.
                                          ¿Y qué ideal? Por ti, Rey mío, la sangre dar.
                                               Virgen María, Reina del Cielo,
                                          dulce consuelo dígnate dar
                                          cuando en la lucha tu fiel soldado
                                          caiga abrazado con su ideal.
                                          ¿Y qué ideal? Por ti, mi Reina, la sangre dar.
Ahora, por prohibición expresa y por vigilancia de los milicianos, se veían obligados a cantar bajito estos himnos en el salón. Pero, camino de la muerte, los entonarían a pleno pulmón, sin miedo a los culatazos. Y si cantaban así en el salón, allí no cabía la tristeza, porque todos los corazones rebosaban de alegría y paz, como nos dicen tantos testimonios.
Parussini: Estábamos muy alegres y tranquilos. Todos comíamos y dormíamos tranquilos, resig­nados y alegres. ― En medio de tantas privaciones y sufrimientos, en nuestros rostros brillaba siem­pre la paz, la tranquilidad, y, lo que es más, la alegría. Todo esto parecía imposible y enfurecía cada vez más a aque­llas bestias humanas.
Andrés Carrera fue todo un caso. Seminarista clandestino de Zaragoza, tuvo que hacer de mili­ciano y estuvo varios días de guardia en el salón. ¡Tremenda prueba por la que hubo de pasar su vo­ca­ción! Hoy, venerable sacerdote, resulta un placer hablar con él cuando expone sus recuerdos de lo que vio en el salón y oyó a los milicianos:
- Era admirable la actitud serena que todos manifestaban. Aquella paz me impresionó mucho, en aquellos momentos en que me sentía moralmente aplastado. Al verlos con aquel coraje me entraba como una bocanada de aliento y una santa emulación. Siempre que podía, miraba por la cerradura de la puerta para observarlos, y su ejemplo me reconfortaba. Ellos me levantaron el ánimo con su paz y su se­renidad, y me afianzaron en mi vocación al sacerdocio. Por las noches me revolvía en la cama con gran inquietud. Dudaba si unirme a ellos en la misma cárcel. Por mártires y santos los tengo. Todos los días de mi vida sacerdotal me he encomendado a ellos.
Un miliciano, de la famosa banda criminal de los Aguiluchos:
- ¡Pero, habráse visto! Están más contentos que si hubieran de hacer un viaje de esport. Hay uno ―se refería a Manuel Martínez― que ni que se tratase de un viaje de bodas.
Con el estímulo de todos, las angustias de los primeros días pasaron pronto. El Padre Masferrer sonreía como nadie, y a José Blasco se le fue totalmente de la cabeza el querer marcharse de allí para salvar su fe y su vocación...
 
Abocados al final
- La cosa está en marcha... Hasta la semilla de la sotana hay que raer, había dicho sombríamente Mariano Abad apenas fusilado el Obispo. Esa sotana ―semilla para Tertuliano, ya en el siglo II―, la lle­vaban con gallardía singular los jóvenes Claretianos del salón. Y el Comité, al no encontrar razones válidas para liquidar a aquella muchachada, se aferró a lo de las armas y a la instrucción militar. El día 11, los ni­ños acólitos de nuestra iglesia declararon sin miedo, a pesar de las amenazas: No vimos nunca más armas que un ‘chopo’ ―fusil de juguete― con que los Estudiantes se enseñaban la instruc­ción. Ante aquel fra­caso, Mariané y otros milicianos se presentaron en el salón para un nuevo che­queo (!), pero, al no apare­cer las pistolas, vino la orden terminante:
- ¡Entreguen aquí mismo todos los instrumentos de punta que oculten!
El Padre Pavón, ocurrente como él solo, se adelanta y entrega con solemnidad a tal autoridad un lapi­cero bien afilado:
- Aquí no hay más instrumento de punta que éste.
Risas desimuladas de todos. Pero aquel incidente cómico era presagio de lo peor...
 
 
 
 
NOCHES ESPLENDOROSAS
 
Hubo martirios silenciosos, cuyo aroma Dios se reservaba sólo para su recreo divino. Pero con los jóvenes Claretianos de Barbastro, que llenaron de canto y de luz aquellas noches de Agosto, Dios nos decía que sí, que el amor entusiasta y apasionado a Jesucristo es lo único por lo que vale la pena gastarse en el mundo hasta dar la vida...
 
LOS SEIS MAYORES
 
El plan de los milicianos estaba claro: antes que matar a esos jóvenes, hay que rendirlos. La co­munidad se había quedado acéfala, decapitada, con la separación y muerte de los Superiores, Padres Munárriz, Díaz y Pérez. De los cuarenta y nueve del salón, excluían a los dos extranjeros, Hall y Pa­russini, y no contaban con el Hermano Vall. ¿Qué les costaba formar dos grupos de veintitrés cada uno para llevarlos a fusilar? Pues, no...
Al alborear el 12, miércoles, quince milicianos, fuertemente armados, irrumpen con violencia en el salón, y los Misioneros se despiertan sobresaltados. El jefe del pelotón pregunta por el Superior. Harto saben los milicianos que el Superior fue fusilado el día 2, como lo saben también los Misione­ros, pero éstos responden con sagacidad:
- Al Superior lo separaron de nosotros antes de salir de casa, y no lo hemos visto más.
- Bueno. Entonces, que bajen aquí los seis más viejos.
Se conocían todos muy bien la edad, y así, con toda mansedumbre y sin discrepancia alguna, fue­ron bajando del escenario el Hermano Gregorio Chirivás, de 56 años; los Padres Nicasio Sierra, de 46; Sebastián Calvo y Pedro Cunill, de 33; el estudiante subdiácono Wenceslao Clarís, de 29, y el Padre José Pavón, de 27. Mientras los milicianos les ataban las manos con cuerdas, el Padre Pavón, con la mirada y un gesto de la cabeza, pidió la absolución al Padre Ortega, que se la impartió a los seis desde el escenario. El Padre Cunill quiso que les descorriesen un poco el velo del porvenir, e inició la con­versación, atajada con mal humor por un miliciano:
- ¿Me permiten una palabra?
- No hay tiempo para nada. Pero, ¿qué quiere usted?
- Como no sabemos adónde nos llevan, sería bueno que nos permitiesen llevar algún libro, para pasar el tiempo.
- Tranquilo, que no lo va a necesitar. Donde van a estar ustedes no les faltará nada, lo tendrán todo.
Amarrados fuertemente de dos en dos, con mirada amable y una sonrisa en los labios, se despidie­ron de los compañeros que permanecían en el escenario y contemplaban ansiosos la escena.
Los cuarenta y dos del salón, a través de los ventanales, los vieron atravesar serenos la plaza y diri­girse al camión, que pronto se perdió entre las calles solitarias. Todos rezaban por aquellos seis com­pañeros mayores, que, a las cuatro menos siete minutos exactos, caían gloriosamente bajo las balas.
Se oyeron perfectamente las descargas de los fusiles. Parussini anota sus sentimientos en aquellos momentos dramáticos:
- Quedamos terriblemente impresionados sin poder conciliar el sueño. Yo rezaba con otros en un rincón del escenario; nos preparábamos para el sacrificio de nuestra vida.
Es natural. Pero esta impresión se convirtió muy pronto en una serenidad, ilusión y alegría tales, que hicieron del día 12 una jornada singular, cargada de emociones intensas, como existirán pocas en las historias de los mártires...
 
El 12, un día incomparable
Era un dicho muy repetido en el Comité que hay que cortar las cabezas de los principales de las fá­bricas de cuervos y curas y que a los pobres jóvenes, engañados desde que eran niños, dignos de compa­sión, había que librarlos de tan ignominiosa esclavitud y permitirles disfrutar de los goces de la vida. Ya habían sido liquidados los tres Directores, principales fabricantes de cuervos, y les habían quitado a los seis compañeros de más edad, que podían infundirles mucha fuerza. De este modo, pen­saban, vendrán las deseadas defecciones y apostasías. Pero ocurrió todo lo contrario. Aquel puñado de cuarenta muchachos, sin la gravedad que podrían haber impuesto los mayores, prepararon con espíritu juvenil todos los detalles de un martirio verdaderamente triunfal.
El Comité comunicó su libertad a los dos extranjeros, Hall y Parussini. Y, para aprovechar sus ser­vicios de cocinero, exclu­yeron de la lista al Hermano Vall, el obrero explotado, como lo llamaban. Aunque de momento lo habían incluído con el número siete en la segunda lista, porque éste también la pagará. Al decirle después que no lo matarían, ba­jando a su habitación que daba al patio, se en­con­tró con el Her­mano Manuel Martínez, y le dijo triste: Yo me quedo. Sus protestas no le sirvieron de nada:
- Si me dejan solo sin fusilarme, yo les probaré a los comunistas que no sólo soy cocinero de los reli­giosos, sino también religioso como ellos, para ser partícipe de su suerte.
En este día estalló incontenible el fervor dentro del salón. Todos se reconciliaron por última vez con los dos sacerdotes que quedaban, los Padres Ortega y Masferrer, ambos de 24 años. Todos se hi­cieron uno a otro la recomendación del alma: Sal de este mundo, alma cristiana..., y todos recita­ron el acto de aceptación de la muerte con la fórmula del Papa San Pío X.
José Amorós y Esteban Casadevall emitieron en aquel atardecer ante el Padre Ortega sus votos per­pe­tuos, que les tocaba realizar el día 15.
Todos se pidieron mutuamente perdón de las faltillas cometidas durante los años de la carrera, y todos rogaban por la perseverancia de todos con la tradicional plegaria de aquellos Mártires de Se­baste, en la antigüedad cristiana: Cuarenta somos, que los cuarenta seamos coronados...
Y se dieron a escribir unos testimonios que son unas joyas inapreciables. Por ellos se da uno cuenta de que el Espíritu del Señor Jesús aleteaba aquel día con fuego de Pentecostés en el salón del querido Cole­gio...
 
El taburete, memoria y tesoro
Allí estaba para cubrir los pedales del piano. Con un suave color de caoba por fuera, al no estar pin­tado por dentro, la madera aceptó en sus 30 centímetros de anchura unos escritos preciosos. En el borde, con letras mayúsculas atildadas, alguien grabó el saludo latino de los gladiadores al César, di­rigido ahora al Rey inmortal de los siglos...:
CHRISTE, MORITURI TE SALUTANT
Cristo, los que van a morir te saludan.
Y siguen los escritos, trazados con rasgos vigorosos y firmados con pulsos firmes.
Faustino Pérez nos da una bella síntesis del día: Pasamos el día en religioso silencio; sólo el mur­mu­llo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias. Si ha­blamos es para morir como mártires; si rezamos es para perdonar a nuestros enemigos. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!.
Juan Sánchez, jovial, con buen sentido del humor, días antes decía con el Padre Pavón, recién fusi­lado: Digan a los Superiores que, cuando se enteren de nuestra muerte, levanten el silencio en la mesa y hagan fiesta. Ahora es quien encabeza el taburete: Barbastro, 12 agosto 1936. Con el co­razón henchido de alegría santa, espero confiado el momento cumbre de mi vida, el martirio, que ofrezco por la salvación de los pobres moribundos que han de exhalar el último suspiro el día en que yo de­rrame mi sangre por mantenerme fiel y leal al divino Capitán Cristo Jesús. Perdono de todo corazón a todos los que volunta­ria o involuntariamente me hayan ofendido. Muero contento. Adiós, y hasta el cielo.
Tomás Capdevila, mártir a sus 22 años justos, fue el premio que Dios hizo a una familia de trece hijos estupendos. Se despide mirando a Jesús en el Calvario: Así como Jesucristo en lo alto de la cruz expiró perdonando a sus enemigos, así muero yo mártir perdonándolos de todo corazón y prome­tiendo rogar de un modo particuliar por ellos y sus familias. Adiós.
Manuel Martínez, espontáneo y de sangre caliente, hacía pocos meses que había venido a Barbas­tro. Los Superiores hubieron de sacarlo de Alagón porque corrió peligro su vida. Suerte de la Guar­dia Civil, que escoltó al Hermano cuando lo querían linchar las turbas en plena calle por haber de­fendido con apa­sionamiento su Religión Católica. Ante Dios y la Iglesia era así, intransigente. Como escribía a un familiar: Aunque tenga razón, sacrifique la razón por Dios, porque todas sus razones delante de Dios son como un rebuzno. Ahora no extrañan sus lineas: No se nos ha encontrado nin­guna causa política, y sin forma de juicio morimos todos contentos por Cristo y su Iglesia y por la fe de España.
Alfonso Sorribes se despide pensando en sus enemigos y en la Señora de su Tierra: Señor, perdó­nalos, que no saben lo que hacen. Virgen Morena -de Montserrat-, salva a Cataluña y su fe.
Luis Lladó, el aprovechado estudiante: Queridos padres, muero mártir por Cristo y por la Iglesia. Muero tranquilo cumpliendo mi sagrado deber. Adiós, hasta el Cielo.
Javier Luis Bandrés, joven idealista, que hacía poco había escrito: Yo he pensado muchas veces que la mayor dicha que podría caberme sería la de poder demostrar a nuestro Señor el amor que le profeso con la sangre de mis venas. Fue consecuente y generoso, al escribir ahora: Quisiera ser sacer­dote y mi­sionero; ofrezco el sacrificio de mi vida por las almas. ¡Reinen los Sagrados Corazones de Jesús y de María! Muero mártir.
El taburete quedó allí en su sitio. Pero a los pocos días, al tener que arreglar el Colegio para las cla­ses, los dos jóvenes fontaneros Rodríguez y Bardina dieron con él y supieron valorarlo. Rodríguez lo envolvió como al descuido; con astucia, dándoles conversación y alargándoles un cigarrillo, despistó a los guardias que estaban en la puerta con el alcalde Don Pascual Sanz, y así se salvó este auténtico te­soro.
 
En cualquier papel
Aquel día aprovecharon todo pedacito de papel capaz de recibir un escrito. Y, a falta de papel, confia­ron su espíritu a la madera, a las tablas del salón, a las paredes... El periódico Heraldo de Ara­gón, dos días después de la conquista de Barbastro por las tropas nacionales, ocurrida el 28 de marzo de l938, pu­blicaba que sobre los muros de una gran nave del colegio de Padres Escolapios, conver­tido en prisión, se veían las siguientes leyendas trazadas con mano suave y firme:
- Perdonamos a nuestros enemigos.
- Sangre de mártires, semilla de cristianos.
- A los que vais a ser nuestros verdugos, os enviamos nuestro perdón.
José Brengaret, joven de 23 años, sencillo y serio, tenía preparada una bella poesía a la memoria de mi santa madre: Adiós, madre mía; ― quisiera ser ángel ― y contigo volar al cielo ― y nunca de­jarte. Hoy no escribía en verso, sino en una prosa grave y rica de contenido martirial: JHS. ¡Viva Cristo Rey! Si Dios quiere mi vida, gustoso se la doy. Por la Congregación y por España. Muero tranquilo, después de haber recibido todos los santos Sacramentos. Muero inocente; no pertenezco a ningún partido político; lo tenemos prohibido por nuestras Constituciones; acatamos todo poder legítima­mente constituido. Pido perdón a todos delante de Dios y de mi conciencia, de todos los agravios y ofensas. Me despido de mi padre y de mis hermanos. Si Dios es servido de llevarme al cielo, allí en­contraré a mi madre.
Miguel Masip, aquel que de chiquillo, ante la oposición de su padre que no le permitía ir al semi­nario, fue capaz de pasarse el día entero sin comer, y decir llorando: Yo he de ser cura y nada más, escribió hoy a lápiz en una hojita de música a una hermana Misionera, que el lector recuerda bien por la aventura del barco, cuando curó al que después sería uno de los destacados asesinos de Barbastro: A mi hermana María Masip. Jesús mío, por ti muero. Acepta mi vida por la salvación de España y familia. Barbastro, agosto -12-1936.
Rafael Briega, joven ilusionado con la misión de China, para la que se preparaba a conciencia, es­cri­bió en latín sobre una hojita del breviario: Alégrate, Congregación querida, porque 58 hijos tuyos en­tran hoy en la Congregación celestial, blancos como lirios y ardiendo en amor de Dios y del Cora­zón Inmaculado de la Virgen María. Y daba a Hall este encargo para el Prefecto Apostólico de Tunki: Hágale saber al Padre Fogued que, ya que no puedo ir a China como siempre había dese­ado, ofrezco gustoso mi sangre por aquellas misiones y desde el Cielo rogaré por ellas.
 
Cuarenta besos en un pañuelo
Hall y Parussini, al saber que no iban a ser fusilados y que su Consulado argentino en Barcelona los embarcaría para Italia, pidieron a los compañeros un recuerdo último para la Congregación. Se lo querían llevar al Padre General en Roma. Tomaron un pañuelo del Padre Sierra, recién fusilado, y les pidieron se lo pasaran todos por la frente y le estamparan un beso. Los futuros mártires se resistieron modestamente.
- No se preocupen. Es un simple recuerdo.
Al fin, accedieron a lo que se les pedía. Hall se lo pasó a todos, y cada uno decía: Este es el beso que doy a la Congregación querida al tener la dicha de morir en su seno.
¿Pondríamos precio a un pañuelo semejante?...
 
Y... “La ofrenda última”
Un documento casi inexplicable. Aquellos jóvenes tenían iniciativa de verdad. En un papel envol­torio del chocolate que les traía el Hermano Vall para el desayuno, hicieron caber todas las firmas que rubrica­ban un ideal. Escrito por el anverso y el reverso, le dan con él a la Congregación Claretiana el último adiós. Lo encabeza y lo cierra el ardoroso Faustino Pérez con palabras de fuego. Es también un escrito im­pagable.
Agosto, 12 de 1936. En Barbastro. Seis de nuestros compañeros son ya Mártires, muy pronto es­pe­ramos serlo nosotros también, pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la ordenación cristiana del mundo obrero, por el reinado definitivo de la Iglesia Católica, por nuestra querida Congregación y por nuestras queridas familias. ¡La ofrenda úl­tima a la Congregación de sus hijos mártires!
Faustino Pérez: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Congregación mártir!
Tomás Capdevila Miró: ¡Viva el reinado social de Jesucristo obrero!
José María Ormo: ¡Viva España Católica!
Juan Sánchez: ¡Viva la Pilarica, Patrona de mi tierra!
Rafael Briega: ¡Viva el Corazón de María!
Juan Codinachs: ¡Viva el Corazón de María!
Alfonso Sorribes: ¡Viva el Beato Padre Claret!
Luis Escalé: ¡Vivan los Mártires!
Manuel Torras: ¡Viva Jesucristo Rey!
Eusebio Codina: ¡Viva Cristo Rey!
José Figuero: Perdono a mis enemigos.
Agustín Viela: ¡Señor, perdónalos!
Eduardo Ripoll: ¡Vivan Cristo Rey y el Corazón de María!
Manuel Buil: ¡Viva Barbastro Católico!
Javier L. Bandrés: Ofrezco mi sangre por la salvación de las almas.
Luis Lladó: ¡Viva el Padre Claret, Apóstol y Obrero!
José Ma. Ros: ¡Viva el obrerismo católico!
Manuel Martínez: ¡Viva la Religión Católica!
Miguel Masip: Por Dios, luchar hasta morir.
Ramón Illa: Gracias y gloria a Dios, por todas las cosas.
Antolín Ma. Calvo: Mi sangre, Jesús mío, por Vos y por las almas.
Esteban Casadevall: ¡Viva el Ido. Corazón de María!
José Amorós: ¡Viva el Corazón de Jesús!
Francisco Ma. Roura: ¡Viva Cataluña Católica!
Hilario Ma. Llorente: ¡Viva el Ido. Corazón de María!
Sebastián Riera: ¡Viva el Ido. Corazón de María!
Juan Echarri: Ofrezco mi sangre inocente por la Iglesia y la Congregación.
Ramón Novich: ¡Quiero pasar mi cielo haciendo bien a los obreros!
Francisco Castán: ¡Vive Dios! Nunca pensé ser digno de gracia tan singular.
José Brengaret: ¡Viva Jesucristo Redentor! ¡Viva el Corazón de María!
Teodoro Ruiz de Larrinaga: Venga a nos el tu reino
Juan Baixeras: ¡Vivan los sagrados Corazones de Jesús y de María!
Antonio Ma. Dalmau: ¡Señor, hágase en todo tu divina voluntad!
José Ma. Blasco: ¡Muero por la Congregación y por las almas!
José Ma. Badía: ¡Vivan los Sagrados Corazones de Jesús y de María!
Pedro García Bernal: ¡Vivan los Sagrados Corazones de Jesús y de María!
Salvador Pigem: ¿Y qué ideal? Por ti, mi Reina, la sangre dar.
Alfonso Miquel: ¡Viva la Congregación!
Luis Masferrer: ¡Viva el Corazón de María mi Madre y Cristo Rey mi Redentor!
Secundino Ma. Ortega: ¡Viva el Papa y la Acción Católica!
¡Viva la Congregación santa, perseguida y Mártir! Vive inmortal, Congregación querida, y mien­tras tengas en las cárceles hijos como los tienes en Barbastro, no dudes de que tus destinos son eter­nos. ¡Quisiera haber luchado entre tus filas! ¡Bendito sea Dios! Faustino Pérez C.M.F.
¡Qué imprudencia casi! Hall y Parussini se llevaron este documento consigo. Pero, ¡providencia tam­bién de Dios!, en plenas calles de Barcelona se encontraron con el Padre Carlos Catá, que lo en­tregó al Padre Vilarrubias, el cual lo puso en manos del fotógrafo amigo Don Julián Font, en cuya casa estaba re­fugiado el Provincial Padre Goñi... Se salvó así un tesoro cuyas solas fotografías consti­tuyen una reliquia inapreciable...
 
La emoción de un anochecer
Empezaba a oscurecer. Aquel día se cenó pronto, y los guardianes se hacían la vista gorda, de modo que los candidatos al martirio, sin miedo alguno, como nos relata Parussini, unos se besaban los pies, otros las frentes, éstos se abrazaban, aquéllos lloraban de alegría ante el próximo fusilamiento... Y hasta pensa­ban en lo que iban a hacer en el Cielo, cosa que llamó la atención del Papa Juan Pablo II, que lo recorda­ría en la Plaza del Vaticano al beatificar a los Mártires. Todos habían suspirado antes por ser grandes mi­sioneros, y ahora veían troncharse sus ideales apostólicos. No importaba. Santa Teresita de Lisieux, la gran Santa moderna, canonizada pocos años antes, les inspiraba su futura misión, como nos dice Hall. Y varios de ellos ―cita a Ramón Novich, José Amorós, Javier Luis Bandrés, Miguel Ma­sip y otros―, decían felices:
- Ya que no podemos ejercer el sagrado ministerio en la tierra, haremos como Santa Teresita del Niño Jesús: pasaremos nuestro cielo haciendo el bien en la tierra; bajaremos muchas veces a la tie­rra.
 
Esteban Casadevall
Era Esteban un muchacho excelente, que se nos ganó todas las simpatías cuando lo vimos desha­cerse de su enamorada La Trini... Y ahora nos va a emocionar de nuevo con sus últimos momen­tos de pre­sidio. Hall sentía por él una amistad entrañable, y juntos rezaron largamente esta noche el Rosario com­pleto en sus quince misterios, el último Viacrucis y otras devociones tradicionales. Hall le pide, al fin:
- Deme el consuelo de recoger sus últimas palabras.
- Bien, por complacerle, lo haré gustoso.
Y sigue la relación de Hall, que no tiene desperdicio, la cual nos revela el espíritu que animaba por igual a todos aquellos jóvenes magníficos en esta vigilia apasionante.
- Muero contento. Me tengo por muy feliz, como los Apóstoles, porque el Señor ha permitido que pueda sufrir algo por su amor antes de morir. Espero confiadamente que Jesús y el Corazón de María me llevarán pronto al Cielo. Perdono de todo corazón a los que nos injurian, persiguen y quieren matarnos, y puedo decir con Jesucristo moribundo en la cruz al Eterno Padre: Padre, perdónalos, porque real­mente no saben lo que hacen, los ciegan sus dirigentes y el odio que nos tienen. Ya hemos rogado por su conversión todos los días, al menos nosotros dos. Yo les tengo verdadera compasión y desde el Cielo es­pero conseguir que Dios Nuestro Señor les abra los ojos para que vean la verdad de las cosas y se con­viertan. Francamente, no tengo ninguna dificultad en perdonarlos. Si supiesen que me están haciendo el mayor bien, a pesar del odio que me tienen...
En fin, si usted logra ir a Roma, cuéntele al Reverendísimo Padre General todo lo que sabe de no­so­tros, déle el abrazo que le doy a usted por no poder dárselo personalmente a él. Dígale que voy a morir contento en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María; que es­pero confia­damente el cumplimiento de la promesa que la Sma. Virgen hizo a favor de los que mue­ren en la Con­gregación. Dígale que esta misma tarde hice la profesión perpetua en manos del R.P. Secundino Ortega.
Ofrezco gustoso mi sangre por el reinado del Sdo. Corazón de Jesús en España, y de una manera muy especial por el reinado del Corazón de María en todo el mundo, y no descansaré en el Cielo hasta haber conseguido este reinado del Corazón virginal en todas las naciones de la tierra. Para conseguirlo, me había propuesto escribir un libro con dicho fin, pero no había logrado hacer toda­vía más que el plan.
Sigue ahora Hall:
Nos despedimos y entonces fue cuando por primera vez rompió a llorar... Pero reaccionó bien pronto, y haciendo un pequeño esfuerzo, dijo: ¡Pues no he de llorar! Sacó el pañuelo, se enjugó las lágrimas, se puso a pasear un poco por el salón y fue a acostarse sobre una tabla para descansar un poco, aguardando con serenidad la llegada de los verdugos.
El 12 de agosto es en la historia de nuestros hermanos de Barbastro como aquella vigilia de los márti­res de Cartago: Perpetua y Felícitas, Sáturo y sus compañeros... Es la misma historia de los Apóstoles, tan repetida en la Iglesia, gozosos porque habían sido hallados dignos de padecer por el nombre del Señor Jesús...
 
UNA NOCHE PASCUAL
 
Dormían nuestros jóvenes ―¿dormían de verdad?―, cuando el reloj de la Catedral estaba dando las doce campanadas de la medianoche y la plaza vecina hervía de gentes que tomaban la fresca. Esta no­che había más gente que nunca. Porque sabían: hoy, saca,- esta noche, traca, ― hoy, corrida... Ex­presiones típicas de la chusma roja de Barbastro cuando se esperaba buen desfile de víctimas hacia la muerte. Y to­dos sospechaban, sin equivocarse, que hoy les tocaba a los Misioneros... Ellos lo sabían, y habían prome­tido, como se lo oyó el escolapio Padre Mompel, que irían al martirio cantando, que se vengarían de sus enemigos rogando por su conversión y que entregaban su vida por la propaga­ción de la fe y por la prosperidad de la Congregación. Ahora llegaba el momento de cumplir tan genero­sos propósitos.
La puerta del salón se abrió con violencia para dejar irrumpir a una veintena de milicianos arma­dos hasta los dientes. En las manos traían manojos de cuerdas, tintas aún en la sangre de los mártires anterio­res. Se encendieron algunas luces, y los milicianos tomaron posiciones en todos los ángulos del local.
Los invasores venían capitaneados por el sanguinario enterrador Mariano Abad, que hoy se pro­me­tía la mejor de sus noches... Los cuarenta y dos jóvenes se pusieron en pie de un solo brinco. En la puerta se hicieron presentes los guardianes de la cárcel vecina, sobre todo el encargado Andrés Soler, que ha podido dar después detalles preciosos de la emocionante escena.
- ¡Atención!...
Era la voz ronca de Mariano Abad.
- ¡Atención!... Que bajen del escenario los que tengan más de veintiséis años.
Nadie se movió, porque nadie los tenía.
- Que bajen, pues, los que pasen de veinticinco.
Alguno que otro los había cumplido, pero nadie llegaba a los veintiséis.
Por orden de aquel carnicero ―perdona, Mariano―, se prendieron todas las lámparas que pendían del te­cho. Desplegó la lista que llevaba en la mano, a la vez que decía brutalmente y entre blasfemias que se trataba de llevarlos a la muerte. Pero, como leía torpemente, entregó el papel al del lado, un jo­venzuelo que empezó a soltar nombres:
     Secundino Ortega.
- ¡Presente!
Javier Luis Bandrés
- ¡Presente!...
Cada llamada era respondida con vigor por un valiente muchacho, que saltaba del escenario al suelo con cara radiante, sin atisbos de flaqueza:
José Brengaret                           Pedro García Bernal
Manuel Buil                                 Hilario Llorente                     
Antolín Calvo                              Alfonso Miquel
Tomás Capdevila                        Ramón Novich
Esteban Casadevall                    José María Ormo
Eusebio Codina                           Salvador Pigem
Juan Codinachs                          Teodoro Ruiz de Larrinaga   
Antonio Dalmau                          Juan Sánchez  
Juan Echarri                               Manuel Torras
                                                     
Colocados en fila junto a la pared, alargaban espontáneamente y sin resistencia las manos a los verdu­gos que se las iban atando a la espalda, y por el brazo de dos en dos, con cuerdas de persiana, y con tanta fuerza, que comentaría uno de ellos, un tal Buil, camarero de los bares del Coso:
- Los ataba muy fuerte de las muñecas y no se quejaban. ¡Dios, cómo son esa gente, para resistir ese sufrimiento sin quejarse!
Parussini anota:
- Todos ellos tranquilos, alegres, resignados. Aquellos rostros tenían en aquel momento algo de so­brenatural que no es posible describir.
Algunos, como Ramón Novich, levantaban las cuerdas del suelo antes de que los atasen, y las besa­ban con amor, al verlas teñidas con sangre de otros mártires. E iban diciendo a sus verdugos:
- Os perdonamos, os perdonamos todo.
Bajaron además del piso superior del Colegio al Sacerdote Don Marcelino de Abajo, que se despi­dió de los Padres Escolapios con abrazos efusivos, y a Don Felipe Zalama, Capitán retirado de la Guardia Ci­vil, de 69 años, todo un militar y un gran cristiano, y al que el Padre Ferrer dirigió estas úl­timas palabras: Don Felipe, ¡siempre fuerte!. Pronto lo va a demostrar...
Juan Echarri se volvió a los del escenario, y les gritó:
- ¡Adiós, hermanos, hasta el Cielo!
- ¡Adiós, adiós!...
Pero los milicianos no estaban para ternezas, y mientras enfilaban a todos hacia la puerta, soltaron esta recomendación, guasona y brutal:
- Vosotros tenéis todavía un día entero para comer, reír, divertiros, bailar y hacer todo lo que queráis. Aprovechadlo bien, porque mañana a esta misma hora vendremos a buscaros como a éstos, y os daremos un paseíto hasta el cementerio. Y ahora, a apagar las luces, y a dormir.
Salió del salón la fila impresionante. Rompían la marcha Salvador Pigem y Manuel Torras, el más jo­ven de todos con sus veintiún años, y que al oír su nombre sonrió de manera angelical. Pigem y To­rras, precisamente. Los dos que pudieron marchar del salón libres y sin ningún compromiso...
Contra lo que cabía esperar, en la plaza se hizo de momento un gran silencio entre la multitud, de modo que el Padre Mompel captó desde el balcón este diálogo entre una mujer del pueblo y un mili­ciano:
- ¡Estos sí que van derechos al Cielo!
- ¿Será posible?...
- ¡Y tanto! O éstos, o nadie...
El silencio de los mártires y del público iba a durar muy poco, pues pronto se convertiría en un fuerte griterío, entre el entusiasmo de los primeros y la rabia de los otros. Un banquillo facilitaba a los presos la subida al camión, custodiado por algunos milicianos, ya que los otros iban en vehículos aparte. Al empe­zar sus ronquidos el camión, estalló potente la voz del capitán Zalama:
- ¡Viva Cristo Rey!...
- ¡Vivaaaaa!...
- Más fuerte, muchachos. ¡Viva Cristo Rey!...
Y con los ¡vivas! de los mártires se mezclaron ahora los gritos de la chusma, que vociferaba furiosa:
- ¡Muera, muera!... ¡Canallas, ya veréis lo que os aguarda en el cementerio!...
 - Mientras los rojos gritaban ¡muera! ―dice el Padre Ferrer―, se desarrollaba una patética escena: con las culatas los empujaban para subir al camión y los golpeaban para hacerlos callar. Esta es­cena la presencié desde la ventana del cuarto del Padre Provincial de nuestro Colegio, a poquísimos metros del lugar donde estaba el camión.
Puesto ya en marcha, el camión renqueaba Coso arriba, mientras arreciaban los ¡vivas! y los cantos de los mártires. Aún hoy, dicen los testigos presenciales:
- Todos cantaban. Lo oyó todo Barbastro. Y eran inocentes, como ángeles.
Al llegar el camión frente al Hospital, junto al cementerio, se personó ante la caravana el Director y so­licitó a los milicianos:
- Por favor, mátenlos en otra parte. Que los pobres enfermos se sobresaltan cada noche y se agra­van por los gemidos de las víctimas mientras éstas se van desangrando...
Raro, si queremos. Pero fue atendida la petición. Autos y camión tomaron la dirección de la carre­tera de Sariñena y continuó la marcha. Quedaban unos tres kilómetros más de cantos y aclamaciones a Cristo Rey, a la Virgen y a la Iglesia. Mariano Abad, desde su automóvil, blasfemaba como un de­monio y to­maba ya precauciones para que no se repitiera semejante escándalo con el grupo siguiente.
Se detuvo al fin el camión ante una pequeña hondonada a mano derecha, flanqueada por dos lo­mas peladas a los lados y una pared de tierra al frente.
Colocaron a las víctimas ante el ribazo, y desde los ángulos les dirigieron los focos de los vehículos para iluminar bien la escena. Los desataron antes, porque dirá algunos días después Leoncio Fantova El Trucho, asesino formidable:
- Ahí fusilamos a los Misioneros. Con los brazos en cruz, y gritando ¡Viva Cristo Rey!, recibieron la descarga.
Es lo más probable que les hicieran ahora la proposición que el alcalde Don Pascual Sanz, al que ya conocemos por los incidentes de la instrucción militar, pone en labios de los verdugos al sacar del salón a las víctimas:
 - Si vais al frente o queréis casaros, y os hacéis así de los nuestros, se os perdona la vida.
El alcalde hubo de reconocer:
-  Ni uno solo desertó y no contestaban a tales proposi­ciones, a pesar de recalcarles que si no ha­cían eso los fusilaban.
     Efectivamente, antes de disparar, les ofrecieron por enésima y última vez:
- Aún estáis a tiempo. ¿Queréis ir a luchar contra el fascismo, o morir?
- No queremos luchar contra España y menos contra la Iglesia.
- Gritad, al menos: ¡Viva la Revolución!
- ¡Viva Cristo Rey!...
La descarga cerrada puso fin al diálogo entre verdugos y víctimas. Era la una menos veinte minu­tos del 13 de Agosto. Siguieron los balazos intermitentes del tiro de gracia, que terminaba con aque­llas vidas preciosas.
El Padre Mompel recogió este comentario de los asesinos: Uno quedó intacto por no haber diri­gido contra él los disparos; y él mismo dio señales de vida, a pesar de que lo dejaban vivo sin darse ellos cuenta, pidiendo que lo matasen...
Los del salón, en silencio ya la plaza, oyeron perfectamente el tiroteo. Quienes estaban rezando por sus compañeros el Rosario en sus misterios de Dolor, ahora cambiaron de repente:
- ¡Misterios de Gloria! La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo... La Ascensión de Jesucristo al Cielo...
Y otro acababa el Magníficat de la Virgen, que había repetido veinte veces por los veinte mártires:
- ¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!...
Hall y Parussini lo cuentan con todo detalle. Y el campesino Antonio Pueyo, con sus peones de Costean, que desde la torre cercana seguían todo, son también testigos de excepción. Hoy, cargados ya de años, se lo cuentan aún emocionados al Padre Campo para su libro documentado.
Mientras los cadáveres se desangraban, y antes de cargarlos en el camión para llevarlos al cemen­terio, Pueyo y los suyos hubieron de brindar buen vino a los asesinos, que entre risotadas soeces cele­braban su menguado triunfo... Y, sin saber el favor que con ello nos harían a nosotros, iban repi­tiendo, ahora y des­pués, el diálogo final entre ellos y sus víctimas.
Como Aniceto Fantova, el peor de los Truchos, que confesaba:
- Hoy hemos matado a los Misioneros... Ya habéis oído los gritos y los disparos. Aun viendo que los iban a matar, gritaban: ¡Viva Cristo Rey!
Curioso cuanto queramos, pero vale la pena traer el testimonio de otro miliciano, tal como me lo contó Don Andrés Carrera, el seminarista miliciano, que el día de la Beatificación no quiso concele­brar la Misa en el mismo altar con el Papa: ¡Déjenme, déjenme en la plaza delante, para disfrutarlo todo de verdad! A los cuatro días me encuentro con él en plena calle de Roma, y me cuenta lo oído a uno de aquellos jefes de la columna venida de Barcelona, que, tirándoselas un poco de sabiondo, comentaba en un bar, después del fusilamiento:
- Pero..., es que uno se daba cuenta de que esos Misioneros estaban convencidos de que cambia­ban de vida...
Cualquiera diría que había escuchado muchas veces en la iglesia el Prefacio de Difuntos latino, vita mutatur, non tollitur: la vida se les cambia, no se les quita...
Y otro testimonio dice más: Los milicianos mismos se repochaban el no saber ser tan valientes como sus víctimas...
A otro de los verdugos no le entraba en la cabeza lo que había visto:
- ¡Qué hombres! Aunque Cristo les valió de poco, parece hasta como si se alegraran de morir por su Cristo...
¡Claro que se alegraban! Y su gozo incontenible perdura...
 
Hall y Parussini
No había pasado una hora, cuando se abrió de nuevo el salón para avisar a los dos estudiantes ar­genti­nos:
- Prepárense, que a las dos saldrán ustedes para Barcelona.
 Sin embargo, no fue sino hasta las 5’30 cuando los sacaron para montarlos en el tren, junto con el Rector de los Escolapios, Padre Ferrer, hijo de Barbastro pero nacionalizado argentino, y un Hermano Be­nedictino francés.
Ramón Illa, el fervoroso, inteligente y magnífico joven, les decía ahora con tono festivo y casi jo­coso:
- ¡Qué pobres, infelices y desdichados son ustedes, no poder morir mártires por nuestro Señor!
Así era. Dios les había encomendado la misión de ser testigos de un martirio esplendoroso, que ellos habían de anunciar al mundo.
Parussini escribe sobre estos momentos últimos en el salón:
- El tiempo que quedaba de cárcel lo empleamos en rezar y en despedirnos de los veinte últimos her­manos nuestros que allí quedarían para el sacrificio. Con lágrimas en los ojos, y con mucha en­vidia, con amor y respeto besamos aquellas manos ungidas y aquellas frentes que pronto serían premiadas con la más rica diadema del mundo: el martirio.
Y Hall nos completa las últimas sensaciones:
- Estábamos emocionadísimos, pero ellos seguían todos muy animados con el ejemplo de los an­terio­res, y nos aseguraron que irían todo el camino cantando y dando ¡vivas! a Cristo Rey, al Cora­zón de María, a la Religión Católica y al Papa. Nos dijeron que cantarían el Firme la voz, serena la mirada, que en voz baja habíamos cantado y repetido en la cárcel.
Faustino Pérez, ¡idéntico hasta el fin!, les encargó:
- Díganle al Reverendísimo Padre General que yo seré el capitán de la última expedición, que iré animándolos a todos, y que iremos todo el trayecto cantando y dando ¡vivas!.
Marcharon los dos argentinos. El Padre Ferrer se encargó de vestirlos, porque no podían ir con sotana, y además estaban hechos una calamidad completa... El 18 se embarcaron en Barcelona, y el 21 ya estaban en Roma. Se iban con la salud quebrantada. Parussini fallecería de muerte natural en Argentina año y medio después. Hall no rebasaría los 59 años de vida.
Todo lo que usted, querido lector, sabe por este librito se ajusta a la verdad más rigurosa, transmi­tida por testigos tan excepcionales. Hasta los diálogos captados a los mismos autores... Llegados los dos estu­diantes a Roma, asombraban a todos con sus relatos impresionantes. Hall, para que nadie du­dase, acabó su primer informe con estas palabras: Pongo a Dios por testigo de que creo haber di­cho la verdad en cuanto llevo escrito en esta relación, que firmo al final y a través de todas las pági­nas. ― Testigo presencial, Pablo Hall, Roma, agosto de 1936.
 
Dos días de espera
Los milicianos fueron sádicos de verdad. Mañana a esta misma hora vendremos a buscaros a vo­so­tros, les dijeron a los restantes del salón al llevarse a sus compañeros. Y lo rubricaron a las pocas horas, al dejar allí un manojo de cuerdas ensangrentadas:
- Con estos mismos cordeles os ataremos mañana a vosotros.
- ¿Y por qué no esta misma noche?...
Para quebrantarles la moral y destrozar sus nervios ―así lo pensamos―, los retuvieron allí un día más. Los escritos que hoy nos dejaron los presos están inspirados en la seguridad de que morirían el ca­torce.
En un trozo de madera, de 17 centímetros de longitud por 6 de ancho, Faustino Pérez escribió una despedida a los verdugos casi patética:
- ¡Obreros! Los mártires morimos amándoos y perdonándoos... Muchos hemos ofrecido a Dios nues­tras vidas por vuestra salvación. ¡Ved si es sincero nuestro interés por vosotros! ¡Estáis envueltos en erro­res sociales y religiosos; os lo dice quien dentro de cinco horas va a morir¡ ¡¡¡Que vean, Se­ñor!!!
¡Viva el reinado social cristiano! ¡Obreros, os amamos! ¡Viva el Corazón de María!.
El Padre Luis Masferrer escribía a su familia: Adiós, mi buena madre, en el cielo os espero. Adiós, hermanos y hermanas; después de veintitrés días de cárcel, me voy al cielo, fusilado por los enemigos de Cristo. ¡Viva Jesucristo, viva la Religión! ¡Viva el Corazón de María! Adiós, hasta el cielo. Vuestro hijo y hermano, Luis.(13-8-36)
José Figuero, a su familia también: Mis queridos padres y hermanos: desde la prisión les dirijo las presentes lineas, que serán también las últimas de mi vida. Pronto voy a ser mártir de Jesucristo. No llo­réis mi muerte, pues que morir por Jesucristo es vivir eternamente... Mañana, día de mi cumple­a­ños, es­pero ir derecho al Cielo. Adiós, mis queridos padres, hermano y recordadísima familia. Adiós, hasta el Cielo. Allí rogaré por ustedes. Nunca como ahora les ama su hijo, que muere tran­quilo y se­reno por Je­sucristo. José, C.M.F..
Luis Escalé abunda en los mismos sentimientos: Cuando os notifiquen mi muerte estad tranqui­los, porque tenéis un hijo mártir. Hasta el Cielo. Adiós. Su hijo intercederá por todos.
Juan Baixeras escribe en un pañuelo y da a su hermano sacerdote, el Padre Ramón, un encargo bien sustancioso: Desde el Cielo miraré de protegerle. Salve muchas almas.
Agustín Viela no se fió de papeles. Se acercó a uno de los ventanales que dan a la plaza, y llamó a una mujer que le pareció buena y de confianza:
- Soy navarro. Escriba a mi familia que lo más probable moriré mañana. Pero dígales que muero contento porque muero por Dios.
Un miliciano, que se dio cuenta, se encaró violentamente con la mujer, la cual contestó:
- Estos pobrecitos también tienen madre. Y pensad la pena que tendrán sus madres cuando sepan la muerte que les dais.
Un fuerte golpe en la cabeza le hizo callar y la derribó desmayada...
 
¡Adiós, Congregación querida!
Este día nos dejó un recuerdo que no sabemos cómo agradecer debidamente a Dios. Una simple carta, ¡pero, qué carta!... La Congregación Claretiana la conservará siempre como un tesoro inapre­ciable.
La escribió Faustino Pérez, el de temple de fuego, de quien dijo quien lo conocía bien: Lo mismo podía haber sido un embaucador de obreros que un apóstol a lo Javier...
Aquel temple lo llevaba dentro desde niño, fogueado por su propia madre, que le dijo al dejarlo en el seminario: Hijo, cuando vengas a predicar, grita fuerte. Faustino conservó en su mente seme­jante en­cargo, y lo recordaba poco antes de morir: Sí, madre, tenga la seguridad que gritaré fuerte contra el pe­cado y la profanación, que clamaré desde los púlpitos con acentos de reivindicación jus­ticiera; siento mi destino imperioso y firme y no lo dude, seré consecuente; gritaré firme, pero cuento con la ayuda de sus oraciones.
Ahora escribe en nombre de sus compañeros a su otra madre, la Congregación, esta carta en la que re­trata al desnudo su alma inmensa:
 
Querida Congregación: Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, seis de nuestros hermanos; hoy, trece, han alcanzado la palma de la victoria veinte; y ma­ñana, catorce, esperamos morir los veintinuo restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están portando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto. Cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar y po­nernos en las manos de los elegidos; esperamos el momento con generosa impa­ciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, los oímos gritar: ¡Viva Cristo Rey! Responde el populacho rabioso: ¡Muera!¡Muera!, pero nada los intimida. ¡Son tus hijos, Congrega­ción querida, éstos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van hacia el cemen­terio: ¡Viva Cristo Rey! Mañana iremos los restantes y ya te­nemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a ti, madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los ¡vivas! y que ellos ya responde­rán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta regiones de dolor y muerte.
Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que en­trando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida congrega­ción! Tus hijos, Mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolores y angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nues­tro amor fiel, generoso y perpetuo. Los Mártires de mañana, catorce, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y moriremos preci­samente en el mismo día en que nos la impusieron.
Los Mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y más indigno, Faustino Pérez C.M.F.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Insti­tuto. Vamos al Cielo a rogar por ti. ¡Adiós, adiós!.
 
Sin comentarios, que serían una profanación.
Documento digno de la Historia martirial de la Iglesia.
De la Historia de la Vida Consagrada, en particular. ¿Es así, acaso no debe ser así, el amor de cada reli­gioso a su Instituto querido?...
 
El día 14
Amaneció, y aquella noche no había ocurrido nada. ¡A esperar otro día! Porque fusilaban sólo por la noche, y los detenidos del salón se dieron cuenta de que iban a morir en la fiesta de la Asunción, aniver­sario de su Profesión Religiosa.
Eduardo Ripoll anotó la fecha, con una cruz, debajo del último escrito que tenemos de los márti­res:
- ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Iglesia Católica! ¡Señor! Perdono de todo mi corazón a todos mis enemigos, y os pido que mi sangre, que sólo por vuestro amor he derramado, lave tantos pecados como se han cometido en esta Barbastro mártir. ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! - Eduardo Ripoll C.M.F. (+15-VIII-36).
 
OTRA NOCHE TRIUNFAL
 
Esta noche le hervía febrilmente la sangre al abigarrado público que llenaba la plaza. Después del es­pectáculo sonado del grupo anterior, los Misioneros restantes podían ofrecer algo más ruidoso to­davía. Y no iba a ser de otra manera...
El cajero Torrente, que capitaneaba a los que irrumpieron en el salón a media noche, leyó la lista completa:
Luis Masferrer                                    Luis Lladó
José Amorós                                        Miguel Masip
José Badía                                            Manuel Martínez
Juan Baixeras                                      Faustino Pérez   
José María Blasco                               Sebastián Riera 
Rafael Briega                                       Eduardo Ripoll  
Francisco Castán                                 Francisco Roura
Luis Escalé                                           José Ros 
José Figuero                                        Alfonso Sorribes
Ramón Illa                                           Jesús Agustín Viela                   
Tenemos testigos de la escena, como el joven Vicente Lagüéns, requerido en aquel momento para de­sempeñar su oficio de cortador, que nos dice cómo Torrente, mientras desenredaba un fajo de cuerdas, decía a los Misioneros:
- ¿A dónde queréis ir, al frente a luchar contra el fascismo, o a ser fusilados?
Ni una claudicación:
- Preferimos morir por Dios y por España.
Igual que la otra noche, ahora resonaba vigoroso el ¡Presente! al oír cada uno su nombre. Y antes de que los ataran de dos en dos, besaron las cuerdas, como los del grupo anterior, y se apresura­ron a darse un fuerte abrazo, ante los ojos furiosos de sus verdugos, que entre blasfemias y golpes acabaron con se­mejante cuento... Pero los mártires, maniatados:
- Os perdonamos de corazón. En el Cielo rogaremos por vosotros.
Fueron agregados también al grupo tres Sacerdotes diocesanos traídos de la cárcel municipal: Sala­nova, Albás y Artiga. Este último venía chorreando sangre por la mandíbula derecha. Los mártires atrave­saron serenos la plaza, obligados a marcar el paso. Desde dos ventanas diferentes del Colegio, el Hermano Vall, lloroso, y el escolapio Padre Mompel se dijeron uno y otro: ¡Qué felices! Van a cele­brar la fiesta de la Asunción en el Cielo.
Mariano Abad, fiera entre las fieras ―el que decía que si las víctimas no llegaban a veinte no valía la pena molestarse―, esta noche estaba de mal humor, porque tres asesinos del otro día se habían negado a participar en la masacre de hoy. Pero La Peiruza ―¡dieciséis años, la amiga de Mariano!―, tan dura como el peor de los milicianos, le vino a calmar sus enfados:
- Mariano, esta noche les pegaré yo el tiro de gracia.
- ¡Qué mujer tan valiente! Nunca creí que lo fueras tanto. Para ti el remate. Que aprendan algu­nos milicianos.
Los Misioneros, atados como iban, tenían dificultad en subir la escalerita del camión, lo que hizo a los verdugos desatarse en injurias contra sus víctimas mientras las golpeaban con la culata de los fusi­les. Pero uno, a pesar de las ataduras, dio un salto fuerte y, desde arriba, iba animando a los que se­guían:
- ¡Venga! ¡Y ánimo, que sufrimos por Dios!
Todos ya en el camión, Mariano tomó esta vez una actitud amistosa:
- Os propongo un trato, y no penséis que os engaño. Si venís a luchar contra los fascistas y re­nunciáis a vuestra religión, os perdonamos la vida.
Silencio total, que obligó a Mariano a repetir:
- Si renunciáis a esa ropa que lleváis y a la religión, y lo probáis viniendo a luchar contra los fascis­tas, se os perdona la vida y os trataremos como compañeros.
Seguía un silencio que enfureció a Mariano, el cual, vomitando blasfemias, hubo de confesar:
- ¡Qué lástima que esta gente tan bregada no venga a luchar con nosotros! Y ahora, se acabaron las contemplaciones.
Entonces dictó la orden del día:
- Cuidado con se que se repita el grito de ¡Viva Cristo Rey! del otro día. Como se vuelva a oír, os ma­chacaré la cabeza a culatazos.
Los milicianos se habían colocado estratégicamente en los ángulos del camión. Mariano y los otros milicianos iban en otros autos. Y nada más dada la orden de arrancar, sonó fortísimo el primer grito lan­zado por Faustino Pérez:
- ¡Viva Cristo Rey!...
Dignos de sus compañeros anteriores, todos lo corearon con ardor:
- ¡Vivaaaa!...
Y Faustino, según consta en el Proceso, siguió animando a todos:
- ¡No tengáis miedo! El Cielo nos espera. ¡Animo!...
Furioso, Mariano ordenó detener los vehículos, mientras los Misioneros vitoreaban y cantaban; y enca­ramándose a la plataforma del camión, asestó con la culata del fusil tal golpe a uno ―¿Faustino Pérez?― que su voz ya no se oyó más. Arreciaban los golpes sobre los demás, y uno de los Misione­ros dijo en su nativo catalán: ¡Mare meva!, ¡madre mía!... El carcelero Andrés Soler declarará tam­bién: No obstante haber sido bárbaramente golpeados por Mariano Abad, continuaron gritando lo mismo. El guardia civil de Berbegal, asesino de lo más criminal que había en la comarca, comentaría en casa del Trucho:
- A esos hijos de... no hay quien los hiciera callar. Nosotros, venga a darles golpes con la culata del fusil. Y no creas que eran cuentos, porque uno, del golpe en la cabeza, cayó muerto. Pero cuanto más les pegábamos, más fuerte cantaban y gritaban ¡Viva Cristo Rey!
Efectivamente, desenterrados más tarde los cadáveres, el cráneo de Faustino presentó una notable hen­didura, aunque quizá no llegó muerto al lugar de la ejecución, como se expresaba el de Berbegal, ya que uno de los asesinos, tal como nos refiere el carcelero Soler, comentaba en la galería de la pri­sión:
- No nos explicamos cómo teniendo abierta la cabeza, y habiendo echado tanta sangre, pudo re­sistir.
Seguían los ¡vivas!, sin miedo a los culatazos. Como lo habían programado, se vitoreaba a Cristo Rey, al Corazón de María, al Papa... Y en esta fiesta de la Virgen, se oyó repetidamente, hasta el mo­mento último: ¡Viva la Asunción!...
El buen muchacho Lagüéns, testigo de todo, confiesa por su parte:
- Ante aquel espectáculo me eché a llorar enternecido, procurando esconder mis lágrimas con toda la discreción que me fue posible. Había uno que se distinguía más que todos por su entusiasmo en los ¡vivas!... Los milicianos del camión le intimaron que callase, y, al no conseguirlo, le asestaron un tan fu­rioso culatazo que cayó muerto o sin sentido. Continuaron otras voces aclamando a Cristo Rey; pero aquella voz que antes lo dominaba todo, ya no volvió a oírse.
Los mártires se dijeron:
- ¡A cantar la Salve!
- ¡Ni hablar, y cuidado!...
Los milicianos no hablaban en broma. Porque siguieron sin piedad los culatazos. Ya hemos oído las palabras del de Berbegal: cuanto más les pegábamos, más cantaban. Y es que no fue solamente el crá­neo de Faustino el que apareció destrozado, sino que también mostraban señales de violencia los de Lladó, Illa y algún otro.
Iban cantando precisamente la Salve cuando el camión pasó por delante del Instituto de Higiene, donde estaba gravemente enfermo un hijo del alcalde Don Pascual Sanz, cuya esposa, al oírla, soltó por su boca todo el chorro del veneno que encerraba dentro:
- ¡Habráse visto! Los llevan a matar, y aún insultan...
Siguieron los cantos programados: el Firme la voz, el Jesús, ya sabes, soy tu soldado... Aún hoy, des­pués de los años, un testigo recuerda:
- Yo los oí cantar. Los oí las dos noches. Los Misioneros fueron los únicos que cantaban al ir a ser fusilados. Cantaban muy fuerte. Los veíamos y los oíamos desde una rendija de nuestro balcón. Al día si­guiente oímos los comentarios desagradables de la gente.
Maestro, el Presidente de la U.G.T., se dirigía al lugar de la ejecución para presenciar el espectá­culo. Sería todo lo rojo que queramos, pero le falló el valor... Y confesaba al joven católico Juan Bru­net:
- Estoy impresionado por la serenidad con que los Misioneros iban a la muerte. Tanto me han con­movido, que no he tenido valor para presenciar la escena, y me he vuelto.
Hasta que pasado el kilómetro 3, llegaron al Valle de San Miguel, unos doscientos metros más allá de donde fusilaron al grupo anterior. A los asesinos les venía mejor que el lugar del otro grupo, pues aquí no habían de salvar ninguna distancia para sacar los cadáveres.
Y a la historia le ha ido mucho mejor también, por los testigos excelentes con que puede contar. El lu­gar estaba plenamente a la vista de la torre de Antonio Pueyo, que sería el testigo aterrorizado de tantas ejecuciones, a unos doscientos metros de su casa. En menos de un mes morirían ante este ribazo en la cu­neta de la carretera unas 150 víctimas. Lo estrenaban ahora nuestros veinte Misioneros y los tres Sacerdo­tes diocesanos. En el fondo podían ver dibujada la silueta del Santuario del Pueyo, y hacia su Virgencita amada dirigieron una mirada amorosa, la última de su vida...
Los verdugos, dice Don Antonio, los echaron al suelo como fardos, aunquelos mártires solta­ron como pudieron algunas amarras, y unos se incorporaron, otros estaban de rodillas, y hubo quie­nes se pusieron en cruz. Dos de ellos sostenían ahora un crucifijo que habían logrado esconder, de esos cru­cifijos clásicos, algo grandes, que los predicadores llevaban al pecho en las misiones, el cual después se pudo salvar y ahora está en el museo de los Mártires.
Pensando en el Calvario, las víctimas imitaban al divino Maestro:
- Adiós, hermanos. Pediremos a Dios por vosotros. Adiós. En la eternidad nos veremos.
Siguieron las aclamaciones victoriosas, que Pueyo y sus peones oían desde la torre: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Asunción!... Y por las voces se veía que gritaban muchos.
Los vehículos dieron un viraje para enfocar e iluminar bien a las víctimas, a las que una voz ronca les ofrecía la última oportunidad:
- Aún estáis a tiempo. ¿Qué preferís, ir en libertad al frente o morir?
- ¡Morir! ¡Viva Cristo Rey!
Las balas cerraron el diálogo entre los verdugos y los mártires. Los asesinos se encargarían de contar sus impresiones, valiosísimas para nosotros, entonces mismo a Pueyo y sus trabajadores y a tantas personas aquel mismo día:
- ¡Si serán esos hijos de..., que tuvieran la humorada de esconder un crucifijo y de morir dando ¡vivas! y agarrados a él!...
- Esta noche no he podido pegar el ojo. No podía quitarme de la cabeza el recuerdo de los Misio­neros fusilados. ¡Cuidado qué gente! Cuanto más les disparábamos, más gritaban ¡Viva Cristo Rey!
- Los Misioneros, al morir, decían: ¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!, y morían gri­tando ¡Viva Cristo Rey!, muy resignados a todo y rezando hasta el fin. Morían firmes en su idea, y aún después de caer fusilados, entre los últimos estertores, decían aspiraciones y continuaban con el crucifijo en la mano hasta que a la fuerza se lo quitaban. ¡Qué tontos! ¿De qué les valió su Cristo?...
Después de pegarles el tiro de gracia, los esbirros se fueron a la torre de Pueyo a beber y comentar to­das las incidencias de la aventura... Dadles todo lo que pidan, decía asustado el buen campesino a sus peones. Pasaban así el rato hasta que se desangraban los cadáveres, a fin de que no chorreasen tanto en el camión. Hasta que vino la orden incontestable de Mariano Abad:
- ¡Venga! A cargar los cadáveres y al cementerio con ellos. Vosotros, para tirar, ¡bueno!, pero lo que es a la hora de recogerlos...
¡Fiesta de la Asunción! Noche llena de esplendores...
 
UN GLORIOSO FINAL
 
El día 20 de Julio dejamos en el Hospital a los enfermos Jaime Falgarona y Atanasio Vidau­rreta, junto con el Hermano Joaquín Muñoz, ancianito de ochenta y cuatro años. Los dos estudiantes serían mártires también, pero sin dejar detrás de sí la estela luminosa de sus compañeros. Diríamos que el aroma de su holocausto iba a servir de recreo sólo para Dios, ante quien no existen los héroes anó­nimos...
La vida de los tres Misioneros en el Hospital estuvo rodeada de cuidados cariñosos por parte de las Hermanas de la Caridad, de médicos y enfermeras, pero también de sobresaltos y temores. Sabían lo de los fusilamientos. Cada noche oían los tiroteos que venían del cementerio vecino o de la carretera de Sariñena. Y sospechaban la suerte que les aguardaba cuando saliesen de allí. Llegó un momento en que ya no podían seguir en el Hospital, pues el Comité revolucionario exigía lugar para los heridos que venían del frente.
Y así fue. El día 15, fiesta de la Asunción, cuando aún resonaban por los aires los ¡vivas! y los can­tos de sus compañeros, fueron trasladados los tres a la cárcel municipal, a una de aquellas celdas ma­cabras..., en la que iban a compartir su vida de presidiarios con el sacerdote Don Severo Lacambra y varios seglares, católicos distinguidos en Barbastro, como Ibars, Claver y el íntegro Juez Señor An­gós...
Su vida fue de intensa oración y caridad. El simpático ancianito Hermano Muñoz era especial. Ro­sario siempre en mano, quería rezar diariamente a la Virgen un rosario por cada año de su larga vida (!) Desde el amanecer hasta avanzada la noche, las cuentas benditas le encallecían los dedos de sus honradas manos...
Hasta que al amanecer del 18 se corrieron los pesados cerrojos y sonó ronca la voz del miliciano en varias celdas...
- Lacambra, Ibars, Muñoz, Falgarona, Vidaurreta, Charle, Bellostas, los López...
El Sacerdote Lacambra, viendo llegado el final, les impartió a todos la absolución.
Al Hermano Muñoz, cargado de achaques y herniado, lo bajaron entre dos por las escaleras. Y los milicianos, al subirlo al camión:
- ¿Qué hacemos con este trasto?... Oye, buen viejo, ¿has hecho tú algún mal?
- Yo no he hecho ningún mal a nadie.
Y lo devolvieron a la celda, en la cual se puso a llorar el encantador viejecito:
- ¡No me han querido para mártir!...
Trasladado después al Asilo de Ancianos, allí permaneció hasta su muerte, en enero de 1938, re­zando rosarios y más rosarios, que más de una bendición de la Virgen debieron atraer sobre la marti­rizada Barbastro...
El grupo de los presos subió silenciosamente al camión, que comenzó a rodar hacia el mismo sitio donde habían sido fusilados nuestros mártires del día de la Asunción. Pueyo y sus trabajadores lo vie­ron todo desde la torre. En el preciso lugar donde hoy se levanta el monumento quedó aquel día un gran charco de sangre, encima del cual permanecieron los cadáveres hasta las ocho de la mañana.
Llegados al final, no me resisto a omitir un testimonio auténticamente excepcional, porque com­pendia la disposición de ánimo con que murieron todos nuestros hermanos de Barbastro. Años des­pués de acabada la guerra, uno de aquellos autoexilados de la República se halla en París, y da con él uno de nuestros Padres de la Mi­sión Espa­ñola. En una declaración jurada constan sus palabras mo­numentales:
- Sí, yo los maté a todos. No se escapó ninguno. Pero le digo, para su satisfacción, que todos los Misioneros fueron muy valientes. Murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María!... Cuando los llevábamos a fusilar, iban tranquilos, contentos, incluso alegres y hasta cantando con entusiasmo durante casi todo el camino. Alguna vez tuvimos que hacer callar a fuerza de culatazos de fusil a alguno que parecía ser como el jefe del grupo. Morían por el ideal en que ellos creían y del que nadie les pudo hacer desviar. Esta es la verdad.
Un testimonio válido para todos, ha dicho el asesino.
Con el sacrificio de estos dos últimos seminaristas teólogos, Falgarona y Vidaurreta, se cerraba la epopeya de nuestros 51 Beatos Mártires Claretianos de Barbastro, ofrenda que con humilde orgullo hace la Congregación a la Iglesia, en espera del día dichoso de la glorificación definitiva por la Ca­nonización.
 
 
UN MAUSOLEO IMPRESIONANTE
 
- ¿Y los restos?..., se preguntará curioso más de un lector.
Cuando los tres Directores salían hacia la cárcel, uno de los estudiantes preguntaba al Padre Muná­rriz cómo debían marchar ellos: si con sotana o en traje seglar.
- ¡Con sotana!
El Padre Superior lo dijo con imperio casi dictatorial. Y con sotana fueron todos a la cárcel y con la sotana puesta murieron todos. Fue providencial.
Primero, porque a los rojos les arrancó muchas veces una confesión de suma trascendencia para que los Misioneros fueran tenidos por la Iglesia como mártires verdaderos, sin relación alguna con la política:
- No odiamos vuestras personas. Lo que odiamos es vuestra sotana, ese trapo tan repugnante. ― Quitaos la sotana, y seréis como nosotros. ― Os mataremos con la sotana puesta, para que ese trapo sea enterrado junto con los que lo llevan.
Más claro, imposible... Además, ayudó a los presos a formarse una conciencia martirial clarísima, como hemos visto en todos sus testimonios. Convicción martirial que aparece en un escrito de oro, ha­llado en el bolsillo de la sotana de Salvador Pigem:
- Nos matan por odio a la Religión. ¡Señor, perdónalos! En casa no hicimos ninguna resistencia. La conducta en la cárcel, irreprochable. ¡Viva el Corazón Inmaculado de María! Nos fusilan única­mente por ser religiosos. No lloréis por mí. Soy mártir de Jesucristo. Salvador Pigem C.M.F. ― Mamá, no lloréis, Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré, seré mártir, voy al cielo. Allá os es­pero. Salvador. 12-VIII-36.
Segundo, además, porque abiertas las zanjas en el cementerio, donde eran enterrados en bloques com­pactos y con buena capa de cal encima, han aparecido todos los cadáveres y se les ha distinguido por la sotana. Después, a los Hermanos que se encargaban de la ropería durante los años de la carrera, y que re­cordaban perfectamente el número de todos ellos aplicado a la ropa, les fue fácil identificar con toda se­guridad los restos de cada uno.
De este modo, hoy pueden reposar todos juntos dentro del severo e impresionante mausoleo, con cin­cuenta y una urnas individuales, construido en el fondo derecho de aquella iglesia en la cual prac­ticaron la Hora Santa especial antes de ser detenidos y llevados a la cárcel. Es una iglesia sencilla en el corazón mismo de la ciudad, pero que tiene la gloria de ser el primer templo dedicado al Corazón de María en Es­paña. A escasos doscientos metros de la misma, había nacido un gran santo de nuestros días, Monseñor Escrivá de Balaguer, que subiría a los altares con los honores de la Beatificación en el mismo año que nuestros Mártires. Uno y otros son la mayor gloria de esa Barbastro que atrae nuestra mirada con cariño tan desusado...
 
En un Seminario interdiocesano de Centroamérica se leyó con avidez esta historia cuando la Bea­tifi­cación de los Mártires. Y vino espontáneamente la primera sugerencia de pedir a la Santa Sede la pronta Canonización, a fin de que El Seminario Mártir, como lo llamó efusivamente el Papa Juan Pa­blo II, fuera declarado Patrón de todos los Seminarios donde se forjan los futuros sacerdotes... ¡Bendito sueño!... Pero, si eso es quizá un sueño, no lo es el que los Mártires de Barbastro constituyen un testimonio fehaciente de la unión, piedad, sacrificio y generosidad que deben unir en un ideal co­mún a formadores, formandos y colaboradores de todo Seminario donde se troquelan los futuros Sa­cerdotes, Religiosos, Misioneros...
 
 

 
 
CERVERA
Otro Seminario Mártir
 
 
 
Era natural que empezáramos la historia martirial claretiana de 1936 por los Beatos Mártires de Barbastro. El hecho de estar ya en los altares exigía sin más esta distinción. Pero el Seminario de Barbastro estaba íntimamente ligado al de Cervera. Más, para cuando murieron los de Barbastro, ya habían derramado su sangre bastantes compañeros suyos de Cervera, al igual que los del Seminario de Bética, en Fernán Caballero, cuya historia en este librito seguirá a Cervera como un Tercer Semi­na­rio Mártir. Nos esperan emociones intensas...
 
 
 
Cervera y los Claretianos
Ciudad pequeña de seis mil habitantes por aquel entonces, en la provincia de Lérida, es sin em­bargo de una gran significación histórica y cultural dentro de Cataluña. Cuando a principios del siglo diecio­cho la dinastía de los Borbón desplazaba del trono de España a los Austria y el Principado cata­lán se mantenía fiel a estos últimos, la ciudad de Cervera se pronunció por el rey Felipe V, y el Bor­bón, como premio a su lealtad, le recompensó con un edificio espléndido, inmenso, de elegante arqui­tec­tura, al que trasladaba, con rango de Universidad, los estudios superiores de Barcelona.
Suprimida como Universidad, y abandonada desde 1842, el año 1887 se instalaban los Misioneros Cla­retianos en aquel enorme edificio, que llegó a albergar hasta casi quinientos individuos. Al venir la Revo­lución del 36, era el Seminario Mayor de la Provincia Claretiana de Cataluña. De aquí habían sa­lido hacia Barbastro los Estudiantes del último curso, cuando ya estaban para llegar desde el Semina­rio de Solsona los del primer curso de Teología.
Hemos de saber desde ahora que la Comunidad contaba, a siete kilómetros hacia Barcelona, con una pequeña finca, que, aparte de jugar un modesto papel en la economía del Seminario, servía para reposo de algunos enfermos y ancianos. La llamaban familiarmente Mas Claret, y pronto la vamos a ver convertida en un jardín escogido de las flores martiriales más galanas...
Para no llevarnos a equivocación cuando veamos tanta víctima claretiana en Cervera, desde el prin­cipio hay que decir una palabra sobre la situación social y religiosa de la Ciudad. Toda Cataluña ―y Cervera está en la Provincia catalana de Lérida― quedó en la zona roja. Con una población cristiana, piadosa, culta y pacífica, la Ciudad no daba ningún miedo en sí y merece un elo­gio bien cumplido. Los revolucionarios hicieron de las suyas en Cervera..., pero la Ciudad fue ajena en absoluto a tanto crimen. En las últimas eleccio­nes de Febrero habían ganado las derechas, como siempre. Pero, había que tener en cuenta a las masas re­volucionarias llegadas de toda España y metidas en el corazón de la industriali­zada Cataluña.
Los cinco años anteriores de la República fueron muchas veces de verda­dera zozobra para la Co­muni­dad, amenazada casi siempre de asaltos y desalojamiento. El Centro ferro­viario, sobre todo, era furi­bundamente antirreligioso, y los continuos mítines que en él se cele­braban ha­bían de acabar siem­pre con alusiones concretas a los Misioneros de la Universidad, que atraían las prime­ras miradas de todos los revoltosos. Aunque si los del Centro, venidos de fuera, eran los peligrosos, tam­bién es cierto que, llegado el momento, se les sumaron otros elementos de la misma ciudad y comarca, los cuales hicieron honor a su fanatismo revolucionario, antirreligioso y ávido de sangre. Estallada la Revo­lu­ción, la Alcaldía y el primer Comité exigieron el desalojo de la Universidad, porque no tenían más re­medio, pero a la vez, el 21 de Julio, facilitaron con autocares el tras­lado de to­dos los individuos hacia la frontera con Francia o a nuestro Seminario Filosofado de Solsona, a sólo cincuenta kilómetros de distan­cia, y que parecía lugar mucho más seguro.
 
      La dispersión
La Comunidad de Misioneros venía a ser por su número y calidad una comunidad de excepción. A pe­sar de que ya se había aligerado bastante a aquellas alturas del verano, por los Teólogos trasladados a Bar­bastro y el destino anticipado de Padres y Hermanos a otras Comunidades, aun así la componían 154 in­dividuos: 30 Sacerdotes; 51 Seminaristas Teólogos; 35 Hermanos y 38 Postulantes.
A nada más de treinta kilómetros, falló el intento de llegar con los autocares hasta su destino, y los ni­ños Postulantes se quedaban en San Ramón, acogidos por familias cristianas. Los demás, reem­prendieron a pie los treinta kilómetros hasta la finca de Mas Claret.
Aquí ahora, en un acto emotivo por demás celebrado en la capilla, todos se ofrecieron a la voluntad amorosa de Dios. Pasaron a besar los pies del Crucifijo, que les ofrecía el santo Padre Juan Agustí en cali­dad de Superior suplente, el cual asegura que, al dar aquel beso, juraron ser fieles a Jesucristo hasta la muerte, ylo hicieron con gran emoción, añade en el proceso el autorizado testigo Pa­dre Manuel Ramírez. Al salir, y bajo la sombra del árbol copudo, el Prefecto Padre Felipe Calvo dirigió un Padre­nuestro pidiendo fortaleza del Cielo para los des­tinados al martirio. Entre abrazos efu­sivos se fueron dis­persando cada uno en su dirección, según las listas confeccionadas por los Padres Agustí y el Prefecto Fe­lipe Calvo, después de decirse emocionados:
- ¡Adiós! ¡Hasta el Cielo! ¡Sea todo para gloria de Dios y de la Congregación!...
Estaba visto que esa florida juventud de los seminarios claretianos vivía el mismo amor ardiente a Jesu­cristo, con cuyo nombre en los labios iban a morir todos, lo mismo en Barbastro, que en Cervera o en Fernán Caballero... 
 Al amanecer del 24 llegaban en un auto y un camión los miembros del Comité Revolucionario de Cervera, dirigidos por su presidente, para incautarse de la finca. Hicieron el inventario de todo, y die­ron la orden terminante:
- ¡Todos fuera! Sólo pueden quedarse para trabajar la finca los que ya vivían aquí.
El Comité se hacía cargo de los doce seminaristas extranjeros, y al día siguiente los llevaba a Barce­lona para ponerlos a disposición de sus respectivos consulados.
En este día, pues, quedaban en el Mas Claret sus 11 moradores de entonces, aunque pronto se les aña­dirían otros que volvían buscando refugio en medio de la hecatombe. Veintiún individuos, anciani­tos o enfermos, habían sido previamente trasladados al Hospital, con los cuales se quedaba el Médico Padre Juan Buxó, que desempeñará un papel muy relevante. Asímismo, y para seguir en lo posible los pasos de sus encomendados, permanecían en el Hospital los Padres Jaime Girón y Pedro Sitjes, Supe­rior y Ecó­nomo de la Comunidad respectivamente. Los demás ―los jóvenes, sobre todo― iban a cami­nar, ahora más que nunca, como corderos entre lobos. Pero el Pastor supremo estará con sus elegi­dos...
 
 
 
LOS QUINCE DE LERIDA
 
Catorce seminaristas jóvenes, capitaneados por el Padre Manuel Jové ―con 40 de edad, el célebre lati­nista de fama internacional, fundador de la revista Palaestra Latina―, son los que rompen la mar­cha triunfal de los mártires cervarienses. De uno o dos cursos inferiores a sus compañeros de Barbas­tro, estaban casi todos entre los 20 y 22 años. Iban a ser las primicias tiernas de tanto joven clare­tiano que ofrendaba su sangre a Dios.
 
A través de los campos
Aquella tarde del viernes 24, después de la emocionada despedida bajo el viejo saúco, el grupo asignado al Padre Manuel Jové emprendía la marcha hacia Vallbona de les Monges, pueblo natal del Padre, donde pensaba él que no correría peligro la vida de los jóvenes seminaristas que la Providencia le confiaba. Deben constar aquí los nombres de estos jóvenes magníficos, nombres delante de los cuales esperamos poner pronto un Beato..., San... Onésimo Agorreta, Amado Amalrich, José Amar­gant, Pedro Caball, José Casademont, Teófilo Casajús, Antonio Cerdá, Amadeo Costa, José El­cano, Luis Hortós, Senén López, Miguel Oscoz, Luis Plana y Vicente Vázquez.
Eran jóvenes, pero todavía les pesaba en las piernas la marcha de hacía día y medio desde San Ra­món a Mas Claret. Ya bastante tarde, no pudieron hacer más que unos diez kilómetros hasta el pueblecito de Montornés, sureste de Cervera, donde fueron acogidos por varias familias buenas. Al amanecer del 25, emprendían de nuevo la caminata, y a media mañana llegaban a la altura de Guimerá. El Padre Jové, hijo de aquella tierra, pidió un destino próximo:
- Enséñenme el camino de La Bovera, que desde allí sabré orientarme, pues he estado varias veces predicando en ese santuario de la Virgen.
Muy bien todo, pero todo les iba a resultar al revés. Al bajar de la ermita de la Virgen, el Padre distribuyó a los jóvenes de dos en dos para que caminasen distanciados y así evitaran sospechas. Sólo que en vez de tomar una vertiente del montecito donde se asienta el santuario debieron haber tomado la otra, escondida a las miradas indiscretas del pueblecito de Ciutadilla. Caminaban hacia Rocafort, y se detuvieron en un bosquecillo a tres kilómetros de la población, mientras el Padre se adelantaba solo para sacar los pases del Comité, seguro de la lealtad de los buenos amigos con que allí contaba.
Y así fue... Todo le iba bien al Padre, que en casa del Sr. Miró pudo lavarse sus pies llagados de tanto caminar. Descansó un poco, y con un amigo, el mismo Presidente del Comité, se estaban redac­tando los codiciados pases que aseguraban la estancia de los fugitivos entre Rocafort, San Martí de Maldá y Vallbona de les Monges. Pero se hubo de suspender precipitadamente la redacción de los preciados documentos.
- ¿Dónde está ese cura Manuel Jové que ha venido aquí?
El Sr. Miró quiso despistar:
- En mi casa hay un señor vestido de seglar como nosotros, muy amigo de mi padre, y yo no sé si es cura o no.
Pero los milicianos de Ciutadilla iban certeramente orientados. Desde su pueblo habían visto a aquellas parejas misteriosas de muchachos, se lanzaron en su persecución, y a estas horas estaban ya todos detenidos, llevados entre fusiles hacia el centro socialista del pueblo.
Era inútil negarlo, pero el Sr. Miró trató de ganar tiempo. Mientras el redactor de los pases entre­tenía a los recién llegados, el Sr. Miró urgió con imperio al Padre:
- ¡Sálgase por la puerta de atrás!...
- No se preocupen. A lo mejor entregándome yo dejan libres a los Estudiantes, y hasta me salvo yo mismo...
El Padre hablaba sin convicción alguna, pues veía clara la realidad desnuda.
De pie en lo alto de la escalera, al saber que sus muchachos estaban ya detenidos, no hace caso ni de los consejos de los amigos ni de los ruegos lastimeros de la dueña:
- ¡Piénselo bien, que le va la vida!... ¡Mire, que lo van a matar!...
Su espíritu se agiganta. Tiene su propia salvación en la mano, pero sólo escucha ya la voz de su conciencia:
- Yo tengo la responsabilidad de esos Estudiantes, y no los puedo abandonar. Son unos hijitos que Dios me ha confiado, y yo no los dejo. Donde mueran ellos, moriré yo.
Venció la nobleza de su alma, tan grande y tan bella.
- Señores, aquí estoy...
Antes de media hora estaba con sus muchachos, que al verlo le pagaron con una mirada intensa y una sonrisa dulce tanta lealtad.
Los habitantes del pueblo acogieron a los detenidos con gran comprensión y hasta con cariño. Los del mismo Comité no eran tan malos como aparentaban, y hasta los querían dejar marchar. Les dieron de comer; les procuraron colchones en que descansar, pidieron algunas sábanas a las familias... La declaración del buen Don José Morera resulta excepcional:
- Yo me ofrecí para hospedarlos a todos en mi casa, si me daban la seguridad de que no me había de pasar nada. Mis ofertas no fueron atendidas y me obligaron a llevar un colchón y sábanas, a lo cual me ofrecí con mucho gusto. Así tuve ocasión de verlos en el Centro Socialista.
Todo iba bien, hasta que se les ocurrió a los del Comité no actuar por cuenta propia y telefonearon al de Cervera, que respondió:
- Nosotros ya no tenemos que ver nada con ellos. Dejadlos marchar, si queréis.
Pero la llamada al Comité de Lérida tuvo una respuesta muy diferente:
- Guardadlos. Que vamos en seguida...
 
En los sótanos de la casa de Caifás...
No se me ocurre llamar de otro modo a esta noche terrible. Instintivamente trae a la memoria lo que aquéllos hicieron con el divino Maestro hasta que pudieron llevarlo a Pilato, cuando ya su suerte estaba decidida. Cambiemos Pretorio y Calvario de Jerusalén por Comité y Cementerio de Lérida, con la noche en medio, y el paralelismo entre Jesús y nuestros hermanos resulta sorprendente...
Desde Lérida, capital de la provincia, enviaron dos automóviles con un buen grupo de milicianos, que llagaron ya a la media noche del 25. Buena cena regada con abundante vino, y..
- Ahora, a divertirnos con ésos...
Y ésos eran nuestros quince hermanos, que descansaban sus cuerpos rendidos sobre los colcho­nes y sábanas que les había prestado la buena gente del pueblo.
Al Padre Jové lo encuentran escribiendo.
- ¿Qué es eso?
- El diario de lo que nos va ocurriendo.
- ¡Mentira! A ver...
Pero como el gran latinista escribía en la lengua de Cicerón, los curiosos inquisidores se queda­ron con la boca abierta...
Lo primero de todo, un minucioso registro, que comenzaba con un puñetazo, un empellón o un latigazo. De los bolsillos no salían más que el pañuelo, el imprescindible rosario, y... ―¡qué buenos chicos!― algunos cilicios, instrumentos de penitencia. Risas. Blasfemias. Vulgaridades soe­ces. Sobre los cilicios, por ejemplo:
- Esos son los instrumentos que usáis para atormentar a la gente, ¿no es así?...
Sobre el pecho del Padre Jové, debajo de la camisa, pendía un crucifijo devoto.
- ¿Qué esto?
- Mi Dios y mi Señor.
- ¡Haz el favor de tirarlo al suelo!
- ¡No lo hago!
Se lo arrancan, y ellos mismos lo tiran con violencia:
- ¡Písalo!
- ¡Eso, jamás! Prefiero morir.
- Pues, ¡te lo tendrás que tragar!
Se lo aplican con la punta en la boca y lo hunden en ella de un terrible puñetazo, rompiéndole los tejidos de la cara. Mi sobrino ―dice un testigo en el proceso― vio cómo sacaba sangre de la boca. ― Vomitando mucha sangre, puntualiza otro testigo, el cual añade las palabras de uno de los del Comité, cuando reconoció que el Padre se mostraba muy valiente.
Ese sobrino del testigo era Miguel Vime Agustí, citado varias veces en el proceso. Un revolu­ciona­rio, sí, pero no pertenecía al Comité ni era miliciano. Presenció todo, le horrorizó todo y también lo divulgó todo... Yo me impresioné tanto, continúa su tío, que ya no le dejé explicar nada más.  
Uno de los Estudiantes estaba rezando el rosario.
- ¿Qué es esto?
- El santo rosario.
Y debió ser a éste, como afirma un testigo, al que le quisieron hacer tragar unos rosarios de la misma manera que el crucifijo al Padre Jové. Eso de hacerles pisar el crucifijo se corrió por todas partes, pues no hay testigo que no lo aduzca. Sor María Boleda recogió aquel mismo día el rumor es­parcido por toda la comarca:
- Les querían hacer blasfemar delante de la imagen de un Crucifijo, a lo que ellos siempre se ne­garon.
Como tantas veces, había de venir un escarnio especial con el manido cuento de las mujeres.
- ¿Qué hacíais vosotros con las monjas?
Y les proporcionaron buen argumento las fotografías de sus hermanas y tías religiosas que en­con­traron en el bolsillo de algunos, como Casajús, o Plana sobre todo (es un pensamiento mío), cuya familia cristianísima lucía con varias hijas y hermanas consagradas a Dios. En el vecino pue­blo de Verdú, cuna de San Pedro Claver, residía una hermana suya, Carmeli­ta de la Ca­ridad, bien ajena a lo que estaba ocurriendo con Luis a unos pasos de ella... El Señor Morera declara todo lo oído:
 - Son nuestras hermanas.
- ¡Son vuestras mujeres!
Los Estudiantes no dijeron nada. Al contrario, se pusieron a llorar.
Con el Padre Jové hicieron algo peor, como lo atestigua todo y con detalle de nombres Don José Mo­rera. Uno de aquellos pobres diablos metió en el maletín del Padre unos preservativos, de los que él de­bía llevar consigo, y, al registrarlo, apareció, ¡cómo no iba a aparecer!, lo que había dentro:
- ¿Es verdad o no es verdad?...
Y, desabrochándole los pantalones, iban a practicarle la mutilación genital, cuando sonó acusadora la voz de Vime y otros de los curiosos del pueblo que allí se encontraban:
- ¡Eso, no!... 
Y no se la hicieron. Aunque siguió el martirio a bofetadas y puñetazos. Los golpes y el ruido se oía desde las casas vecinas, Pero nunca se oyó un gemido de los Misioneros, a pesar, añade otro tes­tigo, de que les pegaban mucho. El pobre Vime, que moriría después en el frente, se marchó de allí horrorizado y musitando:
- Esas barbaridades no se deben cometer con nadie...
Al amanecer, allí quedaban las sábanas con grandes manchas de sangre, testigo mudo de las salva­jadas que se habían cometido con los quince Misioneros... Los querían matar en Ciutadilla y que­rían que lo hiciéramos nosotros, los de derechas. Suerte que se opuso uno del Comité, de­clara Don José Agustí, el tío de Vime.
 
Hacia Lérida
Empiezan unos cincuenta kilómetros de vía dolorosa, aunque la cruz va a ser esta vez un ca­mión cerrado con un toldo, que mantenía a los de dentro en un horno sofocante.
Antes de salir el sol, los milicianos requisan en Guimerá el camión de Angel Armengol, de 29 años, y después al mismo dueño para que él en persona conduzca su propio vehículo hacia... donde se le or­dene. Hubo de hacerlo, forzado con amenaza de muerte, y aunque le iba a costar después unos días de enfermedad, sería un testigo de primer orden para la glorificación de los mártires. A las ocho de la mañana, sacaban a nuestros jóvenes de aquel Centro Socialista ―era una simple casa particular―, los subían al camión atados por los brazos de dos en dos, y una vez arriba también por los pies, mien­tras los milicianos ocupaban sus propios automóviles, aunque uno, bien armado, iría al lado del chófer del camión, por si acaso... Llegan al vecino Verdú, donde se detienen ―¿para qué?― en la plaza de la mu­nicipalidad durante dos o tres horas bajo un sol im­placable en lo más feroz del verano. Los presos se asfixiaban dentro, y uno pidió les trajeran agua. Se la sirvieron, en efecto, en un cántaro, aunque ante el reproche de algunos:
- Si hay que matarlos pronto, no vale la pena molestarse.
El camión estaba estacionado delante de la casa de una buena muchacha, María Boleda, que des­pués entraría religiosa en un convento, y nos transmitiría sus propias impresiones y las de la gente en aquel día. Era un camión totalmente cubierto por el toldo, y atada la vela y toldo con correas. Ha­cía un calor sofocante y, a pesar de ello y de ir completamente encerrados, yo nunca oí grito ni queja alguna, a pesar de estar el balcón muy próximo al camión. Entre tanto, los mi­licianos estaban co­miendo en el ayuntamiento sin prisa alguna...  Y recuerda los comentarios de la buena gente de Verdú: Iba uno joven, alto y delgado, que alentaba a los demás diciéndoles que aquello pronto ter­minaría y que pronto estarían en el cielo.
Pronto, pero aún faltaban un par de horas bajo aquel sol de plomo... Al fin emprendieron la mar­cha, y, llegados a Lérida, pararon en el mismo puente del Segre. Enterados los del control, acabaron con la discusión de los milicianos, ya que algunos querían llevar a los presos ante el Comité.
- ¡Buena redada, hombres! ¡Buena redada, y que se repita! Pero, nada de Comités, que des­pués a lo mejor costaría sacarlos... Ahí está el cementerio, y es preferible acabar la faena cuanto antes...
El buen chófer Armengol no podía más:
- Me obligaron a girar el camión. Con trabajo lo hice, porque estaba muy impresionado y tem­blaba de pies a cabeza. Hasta subió un miliciano a la cabina amenazándome.
Armengol el chófer, Mariano Bellés, albañil custodio del cementerio, y Antonio Larroca, enterra­dor, van a ser para nosotros unos testigos privilegiados, cuyas declaraciones irán re­forzadas por Juan Grau, empleado del Ayuntamiento, y por Julio Chasserot, encargado del Regis­tro del cementerio...
 
Al fin, la corona...
El camión no entró en el cementerio. Pero con la abundancia de vehículos en la confluencia de las carreteras de Barcelona, Tarragona y Balaguer, se reunió ante la puerta gran contingente de milicia­nos, aunque no se les autorizó entrar adentro a todos los que querían participar en la masa­cre, y se hubieron de contentar con presenciarla subidos a las paredes. Era entre las dos y tres de la tarde del 26 de Julio.
Bajaron a los presos. Uno de aquellos muchachos voló con el pensamiento al hogar que­rido:
- Si al menos se le pudiese hacer saber a mi madre...
- Has llegado tarde, muchacho. Bastante tiempo has tenido...
El Padre Jové se dirigió a todos:
- Nos matarán. Pero morimos por Dios. ¡Viva Cristo Rey!
El empleado municipal Sr. Chasserot, afirma como oído a los enterradores y a algún miliciano al presentársele la lista de los fusilados: Los asesinos, antes de fusilarles, les dijeron que si que­rían re­nunciar a la Religión los dejarían en libertad. Los Misioneros dijeron que no renunciaban a la Reli­gión y que preferían morir por Dios. Murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! Lo sé por los mismos que lo presenciaron. Manifestaron mucha alegría de morir por Dios. Los comentarios de los asesinos eran de admiración por la entereza que habían demostrado, sin que flaqueara nin­guno. Las mismas pa­la­bras, como si uno las hubiera copiado del otro, dice el Sr. Juan Grau, aunque añade la gran razón de los verdugos al ofrecerles la libertad a los jóvenes: Habéis sido engañados hasta ahora.
Mariano Bellés cuenta cómo algunos de los muchachos decían: ¡Madre mía!...  
Entre dos filas de milicianos, los jóvenes iban silenciosos, con muestras de resignación, aunque no de alegría. Caminaban con una mansedumbre evangélica, que arrancó después a sus verdugos esta ex­presión: parecían unos corderos. Refiriéndose al Padre Jové, sigue contando Bellés: dijo gritando, por tres veces, durante el trayecto: ¡Viva Cristo Rey! No iban precisamente alegres, pero, según atestigua el Sr. Grau, causaron mucha admiración por la firmeza que demos­traron en morir. Hasta incluso después de mucho tiempo todavía se comentaba,
El enterrador Larroca detalla más la escena final. Pusie­ron a cuatro ante la pared, a la vista de los otros once. Como cuenta el Hermano Francisco Baga­ría, que se lo oyó al famoso miliciano “Peret de les Corts”, el Padre Jové, al ser puesto en fila el primero de todos, dijo: ¡Yo muero por Dios! Ante esta afirmación, tomada a broma por los mili­cianos, preguntaron a cada uno en particular:
- ¿Y tú también mueres por Dios?...
- ¡También yo muero por Dios!
Cayó el primer grupo, después otros dos grupos de cuatro, y el último de tres. Todas las ve­ces ―dice Larroca―, cuando les iban a fusilar y al oír la voz de ¡carguen!, gritaban fuerte: ¡Viva Cristo Rey!... Inmediatamente, el jefe de la sección dio a cada uno el tiro de gracia.
El buen chófer Armengol, con el corazón prensado, presenció todo desde la verja de entrada, que, una vez consumada la tragedia, se abrió para dar paso a todos los curiosos, algunos de los cuales salían con muestras de manifiesta satisfacción... A él le dijeron los milicianos que lo habían forzado a venir:
- Ya te puedes ir, y a ver si nos traes más, pues parece que por allí hay muchos...
Los cadáveres fueron enterrados pronto. Y dice el enterrador Bellés: Es imposible el traslado y la identificación; porque son los primeros que fueron enterrados en la fosa común, en donde hay al menos doce capas de ellos con un total de unos quinientos cadáveres. El sepulturero Antonio La­rroca puntualiza categóricamente: Yo podría identificar con toda exactitud el lugar donde fueron en­terrados. En la fosa común hay 668. Y el Oficial Chasserot: Fueron enterrados en la fosa co­mún, hoy llamada FOSA DE LOS MARTIRES. Todos ellos sacerdotes, religiosos, católicos distingui­dos... Nues­tros jóvenes están en la base de montaña tan gloriosa...
 
 
 
 
FERNANDO SAPERAS
   El Mártir de la Castidad
 
Hemos visto cómo ha caído gloriosamente el primer grupo de Cervera. Siguen dos grupos más. Pero entre este pri­mero y los dos últimos se interponen cronológicamente varios martirios en solitario, que comienzan con uno verdade­ramente excepcional: el del Hermano Fernando Saperas, el cual brilla con esplendor singular del todo.
El prestigioso periódico sacerdotal INCU­NA­BLE escribía al aparecer la primera y mo­desta biografía: La odisea del humilde Coadju­tor FERNANDO SAPERAS impresiona extraordinariamente... Emociona encontrarse con un ejem­plo tan clamoroso, tan lu­minoso, tan fascinador como éste.
Lanzaba luego una mirada a tantos consagrados: Para los religiosos, para los semi­naris­tas, para los sacerdotes dispersos por todas partes puede ser alentador el caso del Hermano Saperas. Por eso hacemos votos para que su ejemplo se difunda y sea co­no­cido. Y que, bajo su estímulo, la castidad sacerdotal crezca, aliente y se difunda y au­mente cada día más.
Y concluía: Pocos casos habrá como el suyo en la historia del cristianismo; y por consiguiente, pocas causas tan dignas de ser apoyadas por todos.
 
Para la siguiente redacción cuento con la documentación más rigurosa. No hay una sola afir­mación que no esté avalada con las declaraciones del Proceso Informativo y las recogidas per­so­nalmente cuando en los años 1956-1958 iniciamos la andadura con la Comisión pro Causa Her­mano Saperas en la ciu­dad de Tárrega. Los verdugos, las prostitutas y los muchos curiosos que presenciaron las escenas aquí na­rradas, prolongadas durante quince horas de martirio inimagi­na­ble, airearon todo a los cuatro vientos du­rante aquel 12 de Agosto de 1936. La relación que si­gue es, prácticamente, un resumen de mi primer li­brito Matadme... ¡Pero eso, no!, aunque con la aportación de las últimas investigaciones. 
 
 
 
 
Presentación
Fernando, catalán de la provincia de Tarragona, había nacido en Alió el 8 de Septiembre de 1905. Soldadito de la Patria en Barcelona, un día entra en la iglesia de los Claretianos y escucha atento al predicador, que era precisamente el Provincial Padre Antonio Soteras, por el cual pre­guntó apenas acabada la función.
- Yo he pensado si, acabado el servicio militar, podría quedarme con ustedes de criado.
- De criado, no; usted puede ser entre nosotros algo más que criado. Puede ser Misionero...
A los 23 años y sin estudios, difícilmente aquel muchachote podía llegar al sacer­docio. El Padre le hablaba de los Hermanos Coadjutores. Ellos son Misioneros igual que los sa­cerdotes...
La vida de cuartel no es la más propicia para conservarse íntegro un joven. Fernando fogueó allí su virtud, como confesará después en la intimidad al santo y recordadísmo Hermano Francisco Bagaría:
- Solo la devoción a la Virgen, a cuyos Dolores rezaba diariamente siete avemarías, pudo con­ser­varme en la pureza.
Guardemos en la memoria estas palabras, que son reveladoras...
Y, finalizado el servicio militar, ingresaba en la Congregación Claretiana, en la que profesaba como Hermano Misionero el 15 de Agosto de 1930 con todos sus compañeros, la mayoría de los futuros Mártires de Barbastro. Seis años más tarde, el 1 de julio, como portero de la Comunidad, Fernando despedía en el portón de la Universidad de Cervera a aquellos treinta estudiantes teólo­gos, connovicios suyos. Ellos y él, por diferentes caminos de Dios, dentro de un mes se iban a co­ronar de gloria con un martirio espléndido, sufrido en el mismo día y a la misma hora, unos en Barbastro y el otro en Tá­rrega...
En manos de sus verdugos
Ya sabemos cómo se dispersó la Comunidad Seminario de Cervera en la finca del Mas Claret el 24 de julio. Fernando, fornido, lleno de vida a sus treinta años, agricultor de fibra recia  ―no hay hom­bre tan peludo como lo era el Hermano Fernando, recordaba con ingenuidad un niño de doce años que le acompañaba en aquellos días veraniegos―, al no poder quedarse en la finca por la prohibición del Comité, se refugia en el pueblecito de Montpalau, a sólo tres kilómetros del Mas. El Sr. Riera le acoge en su casa, estanco y algo de taberna también. Los visitantes no son malos, pero tampoco unos angeli­tos, y cuando sueltan alguna de esas blasfemias típicas e intole­rables de los países meditarráneos, la re­prensión de Fernando cae inexorable y enérgica. El Sr. Riera no está conforme con tan celosos ímpe­tus:
- Cuidado, que te pueden matar...
- Si me matan, ¡alabado sea Dios!... Quienes nos persiguen son unos desgraciados, por los cuales sólo atino a rezar. A mí me cuesta poco perdonarlos.
Los Padres y hermanos de la finca, a los que visita con frecuencia, le repiten también macha­cona­mente:
- ¡Prudencia! ¡Cuidado! Que caerá en manos de los milicianos.
- ¡Qué cuentos! Si me matan por ser religioso, ¡seré mártir!
Frases y actitudes muy reveladoras también...
Y así tenía que ser... El cafetín de un pueblo no es el refugio más seguro en estas circunstancias, y el Sr. Riera aconseja a su protegido que busque otro lugar mejor. Fernando sabe ganarse la vida, no ser un estorbo e incluso puede ayudar mucho en cualquiera de aquellas casas de campo. Y, di­cho y hecho, en la mañanita del 12 de Agosto emprende el camino hacia la casa del amigo Bofa­rull, donde los de la finca han escondido un par de yeguas y sus dos potros. Pero, al final de la caminata, vira de improviso, aparentando seguir otra ruta. Ha visto en la puerta de la casa un au­tomóvil y un grupo de hombres que discuten acaloradamente...
- ¿Quién es ése?...
Bofarull, dominado por el nerviosismo, como confesará más tarde, no mide las consecuencias de su respuesta:
- No sé... Por de pronto, no es del pueblo. Esperad...
Pero El Chico y Pepito, sin esperar más, se lanzan en persecución del fugitivo, lo alcanzan y vuel­ven con él hasta la presencia de Juan Casterás, el cabecilla de aquellos criminales.
- ¿Quién eres tú?
- Soy de Tarragona y vuelvo a mi tierra. Ahora trillaba con el del estanco de Montpalau. He aca­bado aquí mi trabajo y voy en busca de faena.
Casterás da media vuelta rápido y quita bruscamente la boina del presunto trillador, a ver si aparece la coronilla clerical.
- No te molestes, no; que no soy ningún cura.
- Está bien. Lo averiguaremos en Montpalau. Y, si es preciso, te acompañaremos hasta Tarra­gona.
La mujer y las hijas de Bofarull han tenido que preparar un suculento desayuno para los ino­portu­nos huéspedes, mandados por el Comité de Cervera, que, sabedor del asunto de las yeguas y los po­tros, mandó para valuarlas y requisarlas a semejantes tipos, y con ellos, forzado, al buen ve­cino de Cervera Don Francisco Carulla, tratante de ganado y perito, para que dictaminase sobre los animales. Bofarull ha defendido con energía los intereses de los religiosos como si fueran su­yos propios. Y eso que los venidos son de lo más extremista con que cuenta el Comité: El Chico, Juan del Hostals, Pe­dro Vilagrasa, el chófer Pepito y el cabecilla de todos, Juan Casterás.
 
¡Matadme; pero, eso, no!...
Acabado el opíparo desayuno, Casterás da la orden de partida, llevando con ellos a Bofarull para que responda sobre las yeguas ante el Comité, y para aclarar también lo del trillador... En efecto, nada más pasada la vía del tren, Casterás pone a Fernando en la contingencia de blasfemar.
- ¡Soy religioso, y jamás blasfemaré!
- ¡Aaaah..., ya! ¿Con que tú eres un religioso? ¿Y nos querías engañar diciendo que eres un tra­bajador?
- Soy un trabajador también. Al salir del convento nos recomendaron que nos ganáramos la vida por los medios a nuestro alcance.
- Entonces, ya puedes empezar a decir padrenuestros...
Los milicianos no disimulan su feroz regocijo. Una sotana perdida en el bosque, o escondida en el seno de una familia cristiana, es la presa más codiciada para su voracidad revolucionaria. Fernando intenta congraciarse con Casterás.
- Pues yo... soy un Hermano de la Universidad. Y conozco bien a su hermano, el seminarista.
- ¿Tú también conoces a ese animalote?...
Así era. El seminarista llegó a ordenarse, y hoy está gozando ya de Dios el premio de su vida sacer­dotal. A su hermano Juan le hacía todo esto muy poca gracia...
Paran el auto ante una próxima hondonada y descienden todos. Practicado al Hermano un mi­nu­cioso registro, no le pueden quitar más que un reloj de bolsillo, unas hojitas de calendario y diez pese­tas...
- Y ahora, ya puedes dirigirte hacia ese montón de gavillas.
Pensó Fernando que había llegado el momento de mezclar su sangre con aquel trigo granado, para convertirse en buen pan de Cristo, pero interviene el bueno de Carulla:
- ¡Yo no he venido para semejante faena!
Y se acepta la propuesta de Pepito:
- La mujer y las hijas de Bofarull se mueren del susto al oír los disparos... Mejor será que lo fusi­lemos después y más lejos de aquí.
El auto se pone de nuevo en marcha. No hace falta trasladar aquí el diálogo ridículo y blas­femo que se desarrolla entre los milicianos y Fernando sobre la manera de decir Misa, de rezar el Padre­nuestro y, ¡no faltaba más!, de las armas escondidas en el convento... Viene algo peor que todo eso. Una pregunta, que suena como un disparo, desvela todo el porvenir sombrío de este día:
- Oye, ¿tú no has ido nunca con una monja?
Así me lo contaba Bofarull. Pero en el proceso consta con otra expresión repugnante sobre prácti­cas homosexuales..., y que aquí no podemos reproducir. El declarante prevenía a los del Tribunal: Le hicieron esta pregunta que me da vergüenza decir... Fernando responde con energía y con todo su genio, que era mucho:
- ¡Matadme, si queréis, y cuanto antes; pero no me habléis de esas cosas!
Un guiño soez pone de acuerdo a esos hombres embrutecidos, ante el silencio impotente y re­sig­nado de sus dos dignos acompañantes, Bofarull y Carulla. Detienen el auto, pasan los milicia­nos a la parte posterior de la carrocería, donde está el Hermano, El Chico se despoja sin vergüenza de sus ves­tidos, Casterás y Juan del Hostals sujetan con violencia a Fernando a quien han desnu­dado y puesto espaldas arriba, y El Chico se lanza sobre él como una bestia. Bofarull sigue decla­rando en el proceso con expresiones muy duras, tomadas de la vida campesina:
- Le cogieron y lo tiraron con violencia encima del Chico, igual como se tira un toro a una vaca.
Los gritos de la víctima son estentóreos:
- ¡Casterás, Casterás, no me hagas eso!...
Fernando bracea como un titán:
-¡Matadme, si queréis; matadme, matadme..., pero no me hagáis eso!
Los milicianos se rinden. Aunque les bastan pocos momentos para planear la jornada.
- Al llegar a Cervera te llevaremos a una casa de prostitución. Si vas a una mujer a vista nuestra, no te matamos.
Bofarull nos atestigua: Si esto no se lo dijeron diez veces, no se lo dijeron ninguna. Pero siem­pre oyeron la misma inflexible respuesta:
- ¡Matadme, si queréis; pero eso, no!
Pepito, el chófer, interviene cínico y guasón:
- Oye, si tu padre y tu madre hubieran hecho como tú, has de pensar que tú no estarías en el mundo.
Tan repugnante alusión al amor legítimo y santo del matrimonio arrancó a Fernando esta res­puesta, llena de dignidad y desenfado:
- Mi padre y mi madre estaban casados. Y yo, ¡soy religioso!
 
Un compás de espera
Llegaron por fin a Cervera. Ante el Bellavista, dejan marchar a Carulla hacia su casa y el Her­mano le da como despedida unos golpecitos cordiales, único gesto de amistad que podía brindar al amigo en aquellas circunstancias. El Chico acompaña a Bofarull hasta el Comité, y los demás se dirigen en el auto hacia la cárcel donde van a dejar momentáneamente a su víctima. Se detienen en un bar para ce­lebrar con unos tragos la pesca de la mañana, y Casterás, gesticulando grotes­camente, se dirige a El­vira, la dueña, con pésimo gusto:
- Aquí te traemos este filete. Mira a ver si te cuadra...
- Venga, dejadme, que estáis llenos de cuentos...
Otra, La Pereta, a quien se lo han ofrecido antes en plena calle, respondió descaradamente:
- Si queréis venir conmigo, aquí mismo.
El Hermano queda a buen resguardo en la prisión. Don Juan Bravo, el carcelero municipal, ante el sesgo que iban tomando las cosas, había renunciado a su cargo, pero los rojos le obligaron a continuar en su puesto. Su esposa se encarga de atender con algo de comida al Hermano du­rante el rato que permanece allí detenido. Contra todo lo que se ha dicho a veces, el Sr. Bravo niega rotundamente que llevaran alguna prostituta a la cárcel. Lo de las mujeres iba a venir des­pués... Sin embargo, el carce­lero atestigua lo que le propusieron a Saperas, faltando al respeto más elemental a la esposa del guar­dián:
- ¿Qué tal? ¿Te gustaría ésta? Igual que le habían propuesto antes en el bar, señalando a El­vira: ¿Te gustaría ésta, que está bien gordita?...
Fernando responde enérgico:
- ¡No me vengáis con tonterías ni con cosas así!
El mismo grupo de antes, al que se añaden ahora Pedro Segalá, Dionisio y el Alma Gitana, de­vuel­ven a Bofarull a su pueblo, aunque antes se toman un buen vermut, bien pagado con las diez pe­se­tas que han sustraído al Hermano. Comen espléndidamente en una fonda de San Guim, a cuenta todo, naturalmente, de Bofarull, el cual lo da todo por bien pagado con tal de ver a muchos kilóme­tros de su casa a aquellos desalmados...
Al cabo de unas dos horas a lo más tardar, vienen a sacar de la cárcel al Hermano:
- ¡Hala!, ven con nosotros, y no tengas miedo... Ya ves que somos los mismos de antes.
- Los mismos, no. Que ahora falta aquel señor gordo...
Clara y delicada alusión a Carulla, que, con su intervención, había evitado el inmediato fusila­miento.
- Nosotros no somos malos, ya lo verás...
Y viene lo temido...
Empiezan por llevarlo a uno o dos prostíbulos de Cervera. Ahora, después de los años, nos lo re­cuerda emocionado Don Ramón Vilaró Pont, cuya casa en la Avenida Agramunt daba por la parte de atrás a uno de aquellos lamentables prostíbulos. Pudo contemplar cómo los milicianos antes consig­nados ―al que añade un tal Falcó, chófer del coche de la muerte―, metían y sacaban al Hermano. Vio con sus propios ojos cómo agarraban por sus partes a Saperas y lo empujaban hacia una de las prosti­tutas. Conserva muy frescos los recuerdos dolorosos de aquella jornada. Comprenda, me co­mentaba, que a un muchacho de dieciséis años se le graba todo en la memo­ria, y yo, además, quería mucho a los Padres de la Universidad porque iba a su colegio.
¿Qué ocurrió en aquellos tugurios del placer?... Lo podemos adivinar por estas frases llegadas hasta nosotros a través de un testigo que el día siguiente se las oyó al mismo Casterás:
- ¡Vaya pieza que llevábamos!... Yo me cansaba de.... (lo que quieras, lector)... El pedía fuerza a Dios... Nosotros lo tirábamos a tierra, y él, ¡nada!, más frío que el hielo... Esta gente no sirve para nada. Y nada pudimos conseguir.
A cada nueva provocación, respondía siempre con una expresión recogida desde el principio en el ambiente popular, confirmada por varios testigos, y repetida siempre:
- ¡Virgen soy, y virgen moriré!
Dichas estas palabras con energía y con tanta inocencia, merecieron el comentario grotesco de los verdugos:
- ¿Que es virgen?... Pues, ya le haremos nosotros la faena...
Repitió también muchas veces estas otras palabras, dichas ya por la mañana en el auto cuando le quisieron forzar a la homosexualidad, sin éxito alguno:
- Matadme; hacedme lo que queráis. Yo quiero morir santamente, ¡y sabed que no haré nada!
Se colocan aquí todas estas frases como dichas por Fernando desde el principio de la tragedia. Pero Casterás no especificaba entre prostíbulos de Cervera y Tárrega. Tuvieron que ser desde el comienzo, y repetidas por igual en una parte y en otra, porque fue llevado a Tárrega precisamente por la inutili­dad de los esfuerzos realizados en Cervera.
Hay testigo que declara, como ocurrido en Cervera, que desnudaron a dos prostitutas y se las echa­ron encima al casto religioso, pero el Padre nada había querido hacer.
Hemos de tener en cuenta el testimonio del carcelero de Cervera, Sr. Bravo, que nos transmite las palabras de un miliciano, al que le preguntó a ver qué habían hecho con el Hermano, custo­diado por él en la cárcel el día anterior. El párrafo entero, al pie de la letra, dice así:
- ¡Ya está listo!... Pero, ¿sabes que antes de matarlo nos ha dado una lección de modos?... Le invitamos a que escogiese alguna de aquellas mujeres, la que más le gustase, y después de haberle hecho varias promesas de que no le pasaría nada si lo hacía, dándole a en­tender que le daríamos la libertad si lo hacía, nos dijo que no insistiéramos ni nos cansásemos más, porque no accedería a nada de lo que le proponíamos.
Le dijimos por lo mismo:
- Entonces, demuestras que no tienes...
- Dejaos de bobadas; que yo sería capaz de hacer más que vosotros. ¡Pero, no me da la gana, y haced de mí lo que queráis!
Es quizá lo más probable que casi todo se refiera a Tárrega, pues el mismo Casterás confesará que la dueña del prostíbulo de Cervera, al ver que el Hermano nada quería, les dijo:
- ¿Me queréis creer a mí? Llevaos a este hombre.
 
 
Tárrega. Tragedia y gloria
Una ciudad que se va a ufanar en adelante de ser la guardiana de un mártir singularísimo. Tá­rrega dista doce kilómetros de Cervera. Enlazadas las dos ciudades por el ferrocarril y por la ca­rretera gene­ral de Madrid-Barcelona en aquel entonces, ambas son un florón de la provincia de Lérida, Cervera por su lucida histo­ria y Tárrega por su vigoroso empuje comercial.
Hacia Tárrega se dirigen los tercos milicianos, dispuestos a probar mejor fortuna en sus casas de prostitución. Y en El Vermut y La Garza, sitas casi frente por frente, llegan a consumir largas horas, sin que consigan doblegar la entereza del casto religioso. Comienzan por invitarlo a comer y quieren que beba buenos tragos de vino que le caliente... Vana pretensión, porque Fer­nando responde con ironía:
- Ahora me queréis hacer comer, para fusilarme dentro de media ahora...
Los milicianos ya no se paran después en barras. Saben a qué atenerse para lograr su propósito. Quiera o no quiera, tendrá que ceder... No hallamos expresiones honestas para describir lo que cuen­tan testigos presenciales. Don Nicolás Sendrós declara en el proceso y en conversaciones particulares lo oído a su dependiente Pedro Segalá, uno de los verdugos:
- Al ser provocado a que bailara con las mujeres que allí vivían, y al ser incitado a que se diera a lo peor, nos respondía: Matadme si queréis, pero no me obliguéis a hacer eso.
Y añade por su cuenta Don Nicolás: Cuanto se lee en Misioneros Mártires es cierto, y si de algo peca el autor es de omitir detalles de mucho refinamiento.
Se provocó al Hermano de la manera más soez. Sin introducirlo en las partes reservadas de aque­llos tugurios, se hallaba expuesto a la vergüenza de cuantos quisieran contemplarlo, con des­nudeces que eran el bofetón más grande que podía darse a su honor. Entrevisté al barbero Don Ramón Cap­devila, que me contó cómo al oír lo que estaba ocurriendo en los prostíbulos, se fue allá por pura cu­riosidad, y me dijo, casi al pie de la letra, lo que declara por escrito el querido amigo Don José Serra, a quien se lo contaba el barbero mientras le rasuraba:
- Si hubieses visto en el Vermut y la Garza lo que hacían con un religioso, te hubieras estre­mecido. Le obligaron a... (adivine, lector) para ver si podían excitarlo y ocuparlo con las muje­res, obligando a alguna de las que allí había a que se desnudara y a bajarle los pantalones a él. En vista de que no podían ponerlo en condiciones, le hacían pasear por toda la sala enseñando sus vergüenzas. Al ver que no podían lograrlo en una de las casas, lo llevaban a la otra, hacién­dolo pasar de la una a la otra, del Vermut a la Garza.
La actitud de Fernando durante tantas horas fue de una gran modestia, sin querer levantar los ojos, y rezando y santiguándose muchas veces sin respeto humano alguno, como dice un testigo presencial:
- ¿Qué hacía aquel religioso? ¡Nada! Siempre con la cabeza baja, avergonzado, y sin decir ni una palabra. Sufría todas estas brutalidades, seguidas de puñetazos para ver si levantaba la ca­beza, y ante el Crucifijo que le pusieron a la vista.
Alguien, que oyó contar todo a los milicianos, al mismo tiempo que atestiguaba la firmeza in­do­mable del Hermano, dice de él que lloraba. Es el único testigo que me lo cuenta, pero esas lágrimas viriles en medio de una lucha tan gigantesca por la virtud, son el mayor elogio del héroe y la ofrenda más valiosa ante Dios...
Casterás le había bajado violentamente los pantalones, mientras le decía casi ya desesperado y le hacía lo que aquí no se puede consignar:
- Hala, a ver si puedes... para apostatar de la ley que te impone la religión que profesas de aquel que se dice Dios.
Era inútil. Fernando esgrime siempre el mismo argumento:
- No insistáis ni os canséis, porque no vais a conseguir nada.
Y al mayor insulto que se le echó en cara: ¡Tú no eres hombre!, respondió con energía inusi­tada:
- ¿Que no soy hombre? Yo haría, si quisiera, tanto y más que vosotros. Pero, ¡no me da la gana! ¡Prefiero morir!
Este hecho lo trae más de un testigo, como ocurrido en Cervera al principio y repetido ahora en medio de lo más feroz de la lucha. Una o dos veces, nos es igual...
 
¿Es posible todo esto?...
Se ha cuestionado más de una vez sobre esta pasividad orgánica de Fernando, mocetón de treinta años en plena virilidad. Para unos, clarísimo don de Dios; para otros, quizá una explicable inhibición en tales circunstancias. Entre los primeros están la pobrecita y buena Carmen Cotilles, que comentaba a su manera lo que ella no entendía: Aquella persona era un santo, pues en él no se operó la más pequeña reacción. El mismo Fernando, con las palabras que acabamos de oírle, da al hecho otra ex­plicación: Haría, si quisiera, tanto o más que vosotros.
Nada se conseguía, de modo que las mismas mujeres se pusieron de parte del Hermano, y dijeron a los mi­licia­nos:
- ¡Dejadlo, sinvergüenzas! El que quiera venir aquí que lo haga por su propia voluntad y no por fuerza.
Casterás, sin aguantar más, se encara con Carmen, amenazándole con el arma.
- Tú serás la encargada de conseguirlo. ¡Si no te ocupas de él, te mato!
Pero Carmen, entonces pupila de La Garza y después dueña del Vermut, recobra toda su dig­nidad de mujer, y, sin miedo a la pistola, contesta enérgica con estas palabras que nos constan por testigo allí presente:
- ¡No lo haré! Puedo ser puta, pero tengo más corazón y sentimientos que vosotros. Sois unos he­rejes, unos salvajes. Nunca haré un acto así, por más puta que sea.
Añade Carmen en su propia relación de los hechos: Mis compañeras y yo, todas llorábamos.
 Y todas se portan igual:
- Ahora, aunque él quisiera, nosotras no nos prestaríamos. Y sacáis de aquí a este religioso o nos marchamos nosotras.
Y pasando de las palabras a los hechos, agarraron botellas vacías y sillas para echar a golpes a aquellos intrusos desalmados...
Será Carmen la que declare todo ante el Tribunal eclesiástico. Quien esto escribe era un joven se­minarista que estaba en Cervera aquel verano de 1948 al celebrarse el proceso, y recuerda cómo Car­men, su compañera La Cafala y el barbero Capdevila comentaban libremente lo que dentro se les preguntaba con el máximo secreto. Y hasta se dijo entonces, habida cuenta de lo que las mujeres contaban, que los del Tribunal, por un sentido de pudor muy explicable, no habían sacado todo el partido que se podía conseguir de las declaraciones... -¡Basta, basta, basta!, decían que les dijeron... Ellas quedaron muy contentas, y hasta elogiaban a los del Tribunal porque les habían leído su decla­ración a ver si estaban conformes... Tenemos, por fortuna, las declaraciones espon­táneas de los mis­mos testigos cuando logramos entrevistar a alguno de ellos al cabo de años. Su actitud y sentimientos pueden resumirse en esta recomendación de Carmen a los del Tribunal:
- ¡Ya podéis hacerle mártir, ya, al pobrecito, que lo fue de veras!
Así lo interpretó la voz popular el mismo día. Porque con el Hermano Fernando Saperas ocu­rrió como con los de Barbastro: ¡todo se hizo a plena luz! Y hay testigos de todo. Un ejemplo hermoso. La Srta. Anita Secanell, fallecida poco después, llevaba su propio diario, y escribía el día 14 estas pala­bras, traducidas del catalán:
Una cosa me ha impresionado hoy mucho. A las 11 de la pasada noche han asesinado a un jo­ven sacerdote ante las puertas de nuestro cementerio. Pero, por lo visto, le han hecho pasar antes un ver­dadero martirio. Lo han paseado por las calles y lo han llevado a casas malas, donde las mismas mujeres han tenido compasión. Los que llevaban a este joven sacerdote dijeron a Antonio Palou, de nuestro almacén: “Os vamos a dejar en Tárrega un recuerdo”. Estas pala­bras parecen proféticas. ¿Nos habrán dejado un mártir? Así lo pensamos, y Ramón Novell ha venido a buscarme por si podía conseguir tierra empapada en la sangre del sacerdote mártir. Je­rónimo ha ido a mirarlo. Dicen que están las señales de las balas, pero nada más, porque se ve que lo han limpiado. Dia vendrá, si Dios quiere, en que podamos tener reliquias.
Así es. Os dejamos un recuerdo, dijeron los asesinos. Toda una profecía. Hoy Tárrega se gloría de conservar en su iglesia parroquial los restos de Fernando, venerado y llamado por todos: El Már­tir de la Castidad...
 
Impresiones
Todo se hizo muy público, y en todos produjo el hecho general indignación. Casterás se glo­riaba de tan vergonzosa hazaña al día siguiente en un café:
- Quisimos que se fuera harto al Cielo, habiendo probado lo bueno de la vida con las mujeres, y no lo quiso probar. Entonces lo llevamos al cementerio.
Pero sus interlocutores le echaron en cara tanta vileza:
- Si tú no quieres pisotear la ley, deberías hacer lo mismo con tu hermano el seminarista, en vez de salvarlo, como has hecho. Todos somos enemigos de la muerte y has de hacerte cargo de que los pa­dres y familiares también sienten la muerte de los suyos.
Casterás respondió furioso, para no volver ya más a aquel café:
- Estos curas van contra la Revolución. ¡Todos sois iguales! ¡Más hubiera valido no habéroslo explicado!
Es valiosísimo el testimonio de la religiosa Sor Josefina Palou, por entonces una muchacha de Tá­rrega:
- Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Aquel día, al volver de la compra la vecina, nos dijo: Hoy en el mercado, todo el mundo hablaba del hecho ocurrido con un religioso... Un grupo de mili­cianos lo llevó a una casa de mala vida. El se resistió heroicamente. Allí lo provo­caron tan brutal­mente y con tanta furia, que las mismas prostitutas dijeron: Soltadle ya. ¡Ya basta! ¿No veis que no quiere consentir, y que todo será inútil? Matadle, como él ha dicho, pero dejadle estar. ¡Lo que ha­céis es criminal!
Las escenas en los prostíbulos fueron realmente el colmo de la vergüenza, presenciadas por tantos. Entre ellos, por Juan Saureda, el guardia de noche que vigilaba aquella zona. El pobre quedó tan te­rriblemente impresionado que, un año antes de acabar la guerra, lo veían pasar por las calles, en acti­tud abstracta, santiguándose, como había visto hacerlo al Hermano, o con el pulgar levantado hacia el cielo. Varias veces había subido al consultorio médico del Dr. Ramón Armen­gol Civit, que describe la escena, y por toda consulta le decía, señalándose a sí mismo:
- Juan no tiene alma... Juan no tiene curación... Juan no podrá hablar... Juan está perdido... Juan está condenado... Juan no puede hacer nada...
El pobre hombre hubo de ser internado en el manicomio de Sant Boi, donde murió tiempo des­pués.
La historia de Saperas provocó indignación. Mucha indignación y asco verdadero, que honra al cristiano pueblo de Tárrega... Parece que el mismo Comité intentó salvar la vida del Hermano disua­diendo a los criminales milicianos venidos de Cervera. 
 
La palma
Son cerca de las doce de la noche. Quince horas ha durado la tragedia. Los milicianos ven que no hay nada que hacer... Vomitando blasfemias, sacan a Fernando de aquellas casas, antros del vicio y ahora ―¡qué cosas tiene la vida, qué lecciones que da Dios!― jardines donde se ha abierto una flor tan espléndida de pureza, y no precisamente de una niña pudorosa, sino de un varón en la plenitud de sus energías, y todo por ser fiel a la palabra que diera un día ante el altar...
Lo cargan a empujones en el auto, que, al ir a cruzar el paso a nivel de la carretera con la vía del tren, no puede pasar por estar detenido el convoy que se dirige al frente de Aragón. Dos de los mili­cianos se quedan guardando al Hermano, mientras que los demás entran en el restaurante Bar Esta­ción, cuya dueña, Doña Rosa Castells, asegura que convocaron a todos los desocupados que había por allí, y que no bajarían de cincuenta, para contar, entre mofas y blasfemias, la historia del día.
Jaime Clos se acerca curioso al misterioso auto, y vi ―dice― a un hombre cabizbajo, con las manos juntas.
Al fin marcha el tren, y puede pasar el auto. Entra en el Arrabal del Carmen y aminora la mar­cha al topar casi con la señora Ramona Areny, que se dirige a su casa en cuya puerta le espera su esposo don Antonio Palou. Los que llevan el auto se detienen y les dicen lo que ya sabemos por el diario de la señorita Secanell:
- No tengáis miedo, que os venimos a dejar en Tárrega un buen recuerdo.
Poco antes del cementerio, han de pasar el Control:
- Somos del Comité de Cervera, y vamos al cementerio a fusilar a éste tipo de la Universidad.
Narran lo ocurrido a lo largo del día, y les viene a la cabeza la ocurrencia de mutilar las partes genitales del Hermano, porque no ha querido ver ni hacer nada... El lo oye y levanta los ojos al Cielo, mientras que los milicianos entran en un altercado violento sobre la manera de ejecutar el plan. Hay indicios casi ciertos de que uno ya le tenía agarrado el miembro para cortárselo sin más. Hasta que, con más sentido común, se imponen por fin los del Control, que echan en cara a los de Cervera sus salvajadas, con las cuales no hacen sino comprometer a los otros comités.
El camino del cementerio arranca a muy pocos pasos y corre paralelo a la carretera. Unos se­gun­dos, y se hallan ante la puerta. Dejan a Fernando a mano izquierda y junto a la pared. Dos fo­cos lo iluminan, como un anticipado resplandor de gloria. El peso de su tragedia no ha logrado quebrantar la indomable entereza cristiana del mártir, y, sereno, pide permiso para hablar. El diá­logo entre él y sus verdugos nos lo ha conservado Don Nicolás Sendrós, escuchado aquel mismo día a su dependiente el asesino Pedro Segalá:
- Perdónales, Señor, que no saben lo que hacen.
Y repite varias veces:
- ¡Yo os perdono! ¡Yo os perdono! ¡Yo os perdono!
Comentario burlón entre los del piquete:
- ¡Aun nos perdona éste!... Oye, ¿y qué nos has de perdonar tú?... ¡Apunten!
- ¡Viva Cristo Rey!¡Viva la Religión!
Es un grito de triunfo, vigoroso y limpio, que se abre en arco sobre la plácida noche estival.
Don Antonio Palou y su señora han oído perfectamente las detonaciones: tres descargas dobles y un tiro final. A pesar de los numerosos balazos, el Hermano no muere al instante. Doña Rosa Castells oye comentar a los milicianos cómo, al alejarse ellos, dejaron a su víctima allí tendida en el suelo, mientras iba diciendo:
- ¡Madre!¡Madre mía!...
Podía ser el recuerdo de la madre querida, que vivía en la vecina provincia de Tarragona. Como podía ser también un grito esperanzado a Aquella que tan poderoso auxilio le había prestado du­rante su glorioso combate y a la que invocaba sin cesar en lo íntimo del corazón. Es imposible no imagi­narse al Hermano llamando todo el día a gritos a la Virgen María...
Jaime Clos ha oído también los disparos y se dirige al cementerio. Ya bastante anciano cuando me entrevisté con él, me remedaba aún el acompasado abrir y cerrar la boca del moribundo, que echaba bocanadas de sangre. Cuenta hasta cinco heridas abiertas por otros tantos balazos, como las cinco lla­gas de Cristo en el cuerpo de este héroe... Para no atemorizarlo, me acerco a él con palabras dul­ces, sin saber que se trata de un Padre de la Universidad: ¡Amigo!..., ¡Amigo!.. Ya no puede res­pon­derme.
El alma invicta de Fernando se remontaba a Dios más allá de las estrellas... Por muy pocos mi­nu­tos, se adelantaba a los veinte compañeros suyos que en esa misma hora caían tan gloriosamente en una hondonada de los campos de Barbastro...
Por aquel entonces ―y hasta que empezaron las modernas construcciones― la puerta y tapia delantera del cementerio daban directamente a la carretera de Tárrega. Hoy hemos de meternos expresamente en la calle para encontrarnos ante la efigie en bronce del mártir, rodeada de fronda abundante y siempre con flores frescas a sus plantas, llevadas allí por la piedad de los tarregenses. La lápida de mármol, por un orificio central, deja ver aún hoy en la piedra de la pared el impacto producido por una bala. Y una lacónica inscripción, similar a la del sepulcro que guarda sus restos en la gran iglesia parroquial, canta la gloria del héroe:
AQUI POR DEFENDER SU CASTIDAD RELIGIOSA
FUE MARTIRIZADO EL 13-VIII-1936
EL HERMANO FERNANDO SAPERAS
MISIONERO HIJO DEL CORAZON DE MARIA
 
 
 
OTROS MARTIRIOS SOLITARIOS
                                                            
Fernando Saperas rompe la marcha de los mártires que murieron fuera de grupo. Le siguieron otros compa­ñeros de la misma Comunidad, y todos nos legaron páginas hermosas de heroísmo oculto. Noso­tros, al se­guirlos con orden cronológico, nos vamos a contentar ahora con una sucinta reseña de cada uno, casi lacó­nica, pero que nos puede traer auras cargadas de perfume celestial...
 
El Padre Juan Prats, a pesar de su juventud, era ya Doctor y un brillante profesor de Derecho Ca­nónico. Al ir a fusilarlo, el 17 de Agosto en Montmaneu, sus verdugos se emocionaron tanto por las palabras del Padre, que nadie lo quería matar. Hubieron de jugarse a suerte la triste faena, aunque pa­rece lo más cierto, según varios testigos, que señalaron a dedo al que había de disparar primero: Tú, que fuiste quien lo descubrió y lo denunciaste. El pobre diablo lo hizo con tan mala puntería que en­tre todos lo remataron al fin a golpes de piedra destrozándole el crá­neo...
Los jóvenes seminaristas Jenaro Pinyol y Remigio Tamarit nos dejaron un ejemplo excepcional de fortaleza y serenidad. Detenidos mientras se dirigían a sus familias, y condenados a muerte por el Comité de Borges Blanques, piden a los milicianos que, una vez fusilados, sepulten sus cadáveres en tierra santa. Los milicianos ―¡oh milagro!― se lo conceden con creces, pues en vez de matarlos allí en el campo, los llevan al cementerio de La Floresta. Ya ante los fusiles, piden les permitan escribir algo a sus familias y ―¡nuevo milagro!― también se lo conceden. Os dirijo mis últimas líneas de despedida. Adiós, hasta el Cielo. Jenaro Pinyol Cmf. Igualmente, adiós, hasta el Cielo. Muero gritando ¡Viva Cristo Rey! Remigio Cmf. Y los milicianos ―¡último milagro!― hicieron llegar los papelitos a las fa­mi­lias... Más concesiones todavía. Piden que les dejen rezar algo antes de morir, y les permiten orar ante los fusiles. Los mártires, emocionados, lanzan al aire la clásica jaculatoria española: ¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! Pero la generosidad miliciana se agotó ante la última pe­ti­ción: morir de frente y no de espaldas: Los hombres honrados no esconden la cara. Los asesinos, quizá porque no podían sostener su mirada ante la de aquellos dos valientes, les mandaron volverse y ellos obdecieron con humildad, una vez lanzado el imprescindible ¡Viva Cristo Rey!...
El Padre Emilio Bover moría en el cementerio de Cervera el 20 de Agosto. Figura patriarcal si las había, dejó un gran recuerdo por las muchas vocaciones que atrajo a nuestros seminarios. A sus ver­dugos les dijo antes de morir: Os perdono de corazón por amor de Dios. Y fue voz común en Cer­vera que les pidió también la gracia de besar la mano del que le iba a disparar...
El joven sacerdote Padre Enrique Cortadellas era todo fervor, entusiasmo, amor encendido a la Congregación... No olvidaré nunca una anécdota preciosa. Habían pasado ya veinte años de la Revo­lución cuando fui a visitar a su familia en Les Oluges, cerca de Cervera. Sentado en la esquina de la gran mesa, tan típica de las masías catalanas, al entrar la cuñada con la generosa merienda en la mano, se detiene entusiasmada y dice acaloradamente:
Así, así, tal como está sentado usted, con esa postura y en ese mismo sitio, decía Enrique siem­pre, hasta poco antes de que lo vinieran a buscar para matarlo: Si cien veces naciera, cien veces en­traría en la Congregación, aunque me hubieran de matar.  
Ahora, a mitad de la noche del 24 al 25 de Agosto, llegaban los milicianos de Cer­vera. Imposible describir la escena desgarradora cuando Enrique ha de arrancarse de los brazos de su madre y her­manos, ya que el papá, enfermo del corazón, estaba retirado en otra habitación. Al dar el último beso a la mamá que sollozaba desesperada, se limita a decir re­signado: ¡Qué triste es tener madre en algu­nas ocasiones de la vida! No lloréis por mí. A las tres de la mañana caía bajo las balas en el cemen­te­rio de Cervera, habiendo gritado antes la jaculatoria más clásica de la Congregación: ¡Oh dulce Co­ra­zón de María, sed la salvación mía!
También el joven y angelical Hermano Ramón Ríus supo lo que era ser arrancado de los brazos de la madre. Al estallar la Revolución se había refugiado en la casa paterna, en el vecino pueblecito de Santa Fe. A sus veintitrés años, era ya un veterano en los caminos de la santidad. En aquella casa cris­tianísima de campo estaban también refugiadas sus otras dos hermanas religiosas con tres compañeras más y todos llevaban una vida rigurosamente claustral, dedicados a la oración y al trabajo con asidui­dad edificante. A la madre ―la auténtica mujer fuerte y digna de la madre de los Macabeos― le oyen decir severamente:  Mirad, hijos, en tiempos de persecución se pone a prueba la fe. Antes que aposta­tar, primero la muerte. El 2 de Septiembre venía la chusma de milicianos a llevarse a Ramón, que oye de su valiente madre esta única recomendación: Si te quieren hacer renegar de la religión y de Dios, de ninguna manera lo hagas. Prefiere morir mil veces antes que apostatar. Con esta ben­dición de su madre se enfrentaba a los fusiles en el cementerio de Cervera...
El 16 de Septiembre eran sacados de la cárcel de Manresa el veterano Padre Juan Alsina y el jo­ven seminarista Antonio Perich junto con seis seglares, católicos distinguidos, para ser fusilados en el cementerio de Castellvell del Vilar. Su vida en la cárcel había sido edificante por demás. Oración entre los detenidos, muchos Rosarios elevados al Cielo y charlas compartidas de religión entre los detenidos mientras lo permitían las circunstancias. Porque la cárcel estuvo bajo su vigilancia normal hasta que cayó en manos de la FAI, la cual pronto quiso arreglar a su modo las cosas. Al ser sacados de la cár­cel, algunos de los seleccio­nados lloraban por la suerte de sus seres queridos. El Padre Alsina los re­confortó: ¡Animo! No hay que desalentarse. Es cuestión de sufrir por unos momentos y luego esta­re­mos en el Cielo. ¡Qué con­suelo para los suyos el pensar que tienen al esposo y al padre con Dios en la Gloria!
Y en la Gloria dejamos nosotros a estos hermanos nuestros para contemplar en seguida los comba­tes de otros hermanos, dignos de los mejores tiempos martiriales de la Iglesia.
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¿Y los que faltan?...
Queda sin reseñar aquí el martirio de los otros nueve Misioneros del mismo Seminario y Comuni­dad que murieron en solitario y en el anonimato:
- los Padres Angel Pérez, José Folqué y Dionisio Ponsa;
- los Seminaristas José Reixach, Ireneo Jiménez y Daniel Sáenz;
- y los Hermanos Esteban Mes­tres, Juan Llabet y Agustín Trallero.
Por falta de testigos aptos para un proceso canónico no ha sido posible incluirlos entre los candi­da­tos a los altares, pero todos ellos tienen la misma glo­ria y el mismo mérito ante Dios. Nosotros los re­cordamos con afecto fraternal mientras decimos, con palabras de la Biblia, que el mundo no era digno de ellos...
 
 
LOS MARTIRES DEL HOSPITAL
 
Este hecho nos va a llenar de indignación, es natural. ¿Cómo es posible matar a los seres más ino­centes e indefensos, como son unos ancianitos imposibilitados o enfermos incurables, sacándolos de la cama para llevarlos al cementerio? Pero, así eran las cosas en aquellos días aciagos. Hitler tuvo sus predecesores...
 
La dispersión de la Comunidad fue toda una epopeya, como ya lo dijimos. Los enfermos y ancia­nos fueron conducidos al Hospital, donde también se quedó con los más necesitados el Padre Jaime Girón,porque el puesto del Superior está al lado de sus súbditos. El Padre Pedro Sitges se quedó con el Superior, porque era el Ecónomo de la gran Comunidad y, en nuestras Comunidades, el Ecó­nomo era también el encargado especial de los Hermanos. Desde el Hospital podría seguir mejor el rumbo que llevaba cada uno de sus encomendados en medio de la catástrofe...
Se quedaba además con los imposibilitados el Padre Juan Buxó, Médico de profesión, que, al ser reclamado por sus antiguos colegas de Barcelona, respondió como era de esperar en un espíritu tan recio como el suyo: Mi puesto es al lado de mis hermanos enfermos. Y en el Hospital se quedó, fun­giendo con gran competencia su profesión, y, por requerimiento de la dignísima Junta, como Mé­dico de guardia.
 El Padre Buxó es entre nosotros una figura sobresaliente por su santidad extraordinaria. Médico de Barcelona, en la vecina Moncada, muerto el papá y ya religiosas las tres hermanas, al morir tam­bién la mamá se decide a abrazar la vida sacerdotal y religiosa. Al liquidar la casa, morada de santos, una de las hermanas religiosas y él se iban desprendiendo generosamente de todo. Repartido hasta el último mueble, la historia y el patrimonio familiar quedaban sepultados para siempre. Al ver el árbol hermosísimo del jardín, le dice Juan a su hermana: ¿Recuerdas cuando plantamos este laurel? ¡Qué hermoso está ahora!...  La monjita siente un desgarrón en el alma. No puede con la emoción. Y tam­poco el Doctor Buxó, que añade con delicadeza, para no herir más sentimientos: Servirá para coro­narnos en el Cielo...
Ahora ha llegado el momento de la gran coronación. En el Hospital se va a hacer célebre en estos meses con el miliciano Enrique Ruan, el asesino más espantoso y temido en toda la comarca. Mientras iba en busca de alguna de sus presas se cayó del caballo, que lo arrastró por tierra bastantes metros, se le rompió una pierna y durante muchas semanas exigió cuidados especiales. El Padre Buxó lo tomó por su cuenta con amor más que de madre. Suerte que contaba con la palabra solemne de aquel mili­ciano: Descuida, que cuando cure te lo pagaré. Estaría bien que el lector guardase en la me­moria esta promesa solemne...
 
Como en un convento
Los doce que se quedaron definitivamente en el Hospital fueron los Padres Heraclio Matute, Luis Jové, José María Serrano y Juan Buxó; los Estudiantes seminaristas José Ausellé, Evaristo Bueria, José Loncán y Manuel Solé; junto con los Hermanos Francisco Canals, Buenaventura Reixach, José Ros y Miguel Rovira. De momento, están allí también los Padres Jaime Girón y Pedro Sitjes.
Cuidaban del Hospital las Religiosas del Corazón de María y una Junta muy responsable y cató­lica, que asignaron a los Misioneros dos salones del piso superior, totalmente independientes del pú­blico. El uno les servía de dormitorio y en el otro desarrollaron escrupulosamente la vida conventual or­dinaria de oración, comidas y recreaciones. Ellos mismos se servían la comida, que las Religiosas les dejaban en el pasillo, y hacían también la limpieza del piso que ocupaban.
Los sacerdotes celebraban cada mañana la Eucaristía, a la que asistían las Religiosas. Después, se conservaba el Santísimo en un cuartito de al lado, que contaba con la asistencia asidua de los futuros mártires. Las Religiosas subían también a hacer sus visitas al Señor y aseguran que, ni por casualidad, vieron nunca solo el Sagrario, sino siempre bien acompañado. Sin embargo, desde el 26 de Septiem­bre, ante un registro de los milicianos de la FAI y el cambio violento producido en la Junta, se sus­pendieron todas las Misas. El testigo Joaquín Corrales, miembro de la Junta, asegura haber oído al si­niestro Enrique Ruan:
- Sé que dicen Misa. Si alguna vez les sorprendo, sabrán quién soy yo.
Pero ―¡bendito sea Dios!―, siguieron comulgando y teniendo el Santísimo con ellos. Porque el res­petadísimo Capellán del Hospital, Reverendo don José Arques, celebraba en su casa y, con todo disi­mulo y la mayor naturalidad, llevaba ocultamente la Sagrada Comunión a los allí refugiados y a las Religiosas.
 
 
Las angustias de un Superior
El Padre Girón, clarividente y realista, nunca se hizo ninguna ilusión. Si recibía la visita de alguna Hermana y se le preguntaba qué hacía, su respuesta era muy simple:
- Prepararme para morir. Cada día en la Misa ruego por el que me ha de matar.
El día de su Santo Patrón, 25 de julio, le quisieron obsequiar unos pañuelos:
- Gracias, pero no me hacen falta. No acabaré de gastar los que llevo en el bolsillo.
A la Madre Margarita, compañera de la Fundadora, y por entonces General de la Congregación, trabajadora incansable por las Misiones, aunque desde la retaguardia, le decía convencido:
- Le recomiendo que continúe trabajando en esa obra, porque es una cosa muy agradable a Dios.
La salvación de los hombres le obsesionaba. Aquella inacción a que ahora se veía obligado le ate­nazaba con fuerza y no se avenía a ella sino mirando pacientemente el querer divino:
- Si siempre he de estar escondido, sin poder hacer nada por predicar y salvar almas, no sé qué me va a pasar. O quedaré loco o tonto. Así no puedo estar, sin hacer nada por Dios.
La Madre Margarita tenía al Padre Girón informado de todo, aunque le comunicaba las dolorosas noticias con la delicadeza que el caso requería. Un día:
- Padre, han matado en Lérida al Padre Federico Codina.
- ¡Bendito sea Dios! Es mártir. ¡Dichoso mil veces él! Pronto me tocará a mí.
Otro día fue peor. La Madre tenía miedo de hablarle. El Padre adivinó algo muy grave:
- Madre, no se apure. Dios está con nosotros. Porque somos suyos, y no del mundo. Por eso nos persiguen. Ahora dígamelo todo. No me oculte nada.
Y la noticia era el fusilamiento de los quince del grupo del Padre Jové en el cementerio de Lérida... Otro será la relación que va llegando de la incalificable pasión de Fernando Saperas...
Este fue el verdadero martirio del Padre Girón: el dolor moral por tanta muerte de sus encomen­dados y la certeza de que todos correrían la misma suerte. No es extraño que se pusiera delicado y que empezara a fallarle el corazón. Una vez hubo que llamar al médico. Y repetía apenado:
- Si me muero de esto, ya no seré mártir. Para morir en estas circunstancias, es preferible que me maten. Prefiero ser mártir. Pero me conformo con lo que Dios nuestro Señor disponga de mí. Yo estoy siempre preparado para dar la vida por Dios. Y en la Misa de cada día me preparo y me ofrezco como víctima por los fines que el Padre Celestial sea servido. Cada día rezo por el que me ha de ma­tar. ¡Qué consuelo experimenta el alma con esta conformidad, y bien unida al querer divino! La tor­menta va para largo, y lleva visos de durar mucho. Y lo peor de todo será la guerra mundial, que será desastrosa y asolará pueblos y naciones. ¡Pobre mundo, cómo quedará! ¡Dios lo salve!...
Hombre pensante por naturaleza, y conocedor como pocos del estado real del pueblo, intuía la re­volución como un verdadero vidente. Y solía repetir acerca de sí mismo:
- ¡Tanto como he querido y he hecho por el obrero, y será el obrero quien me matará!...
Sus presentimientos se cumplirían puntualmente. Salido del Hospital el 3 de Septiembre, moría fusilado el día 5 en las cercanías de Torá.
 
Por la traición de una chica
¿Qué había ocurrido?... Hasta el 29 de Agosto discurría todo bien en el Hospital. Pero, el día 2 de Septiembre, avisó la Junta alarmada:
- Salgan todos los que puedan, porque va a pasar algo grave...
El Padre Girón no se sorprendió nada. Hacía cuatro días que estaba bastante preocupado. El 16 de julio había ingresado en el convento, con intención de ser religiosa (?...), una muchacha llamada Consuelo. El Padre Girón, al conocerla, adivinó algo raro en ella. Estaba convencido de que no reunía las condicio­nes requeridas. Pero, allí estaba..., hasta que el día 29 desapareció sin más del lado de las Religiosas. Y el Padre Girón, apenas lo supo:
- ¿No habrá ido a descubrirnos?...
Así era. La chica fue al Comité, y vinieron las consecuencias... La Junta, para evitar una catástrofe, encargó que se marcharan todos los que no estuvieran realmente enfermos. La advertencia iba para los Padres Girón y Sitjes, que aquella misma noche salían de la ciudad a campo traviesa... Con el Pa­dre Buxó, Médico, no hubo manera: mi puesto es al lado de los enfermos. Y lo mismo con el Her­mano Canals: Tengo a mi cuidado a los enfermos, y yo no me marcho. Porque él era, efectivamente, el encargado de la enfermería en la Universidad. Pudo marcharse libre, pero triunfó la conciencia del deber con sus hermanos...
Los Padres Girón y Sitjes salieron separados al amparo de la noche, con la intención de encon­trarse en el montículo llamado Les Forques. Aún no había salido el sol, y allí estaban los dos. Un cruce de palabras amistoso, y, adivinando el porvenir, uno y otro se arrodillaron mutuamente ante el compa­ñero y los dos se dieron la bendición. Un abrazo espontáneo y fuerte, acompañado de un ¡Adiós, Pa­dre, hasta el Cielo!..., y cada uno emprendía su camino en direcciones totalmente opuestas...
 
El Padre Girón, firme en su idea desde antes de la Revolución, se dirigió hacia la pacífica comarca de Solsona, por cuyas casas de campo estaba dispersado, aunque seguro, el seminario filosofado. Pero no llegó a su destino. En Torá, donde fueron detenidos los autobuses de la Comunidad el día de la dispersión, caía él dentro de la trampa de la manera más simple. A media mañana del día 4, en las cer­canías de Torá, se encontraba con un pastor de ovejas que se dirigía hacia su ganado.
- Buen hombre, ¿hay por aquí alguna casa de confianza?
¡Candoroso Padre Girón!... El viejo pastor esbozó una sonrisa mefistofélica, soñando en las mil pesetas que el Comité había prometido a quien descubriera perdida alguna sotana...
- Sí, claro. Tenga confianza en mí, que yo también he de vivir perseguido. Allí están el Homelet y después el Padullers, a unos cinco kilómetros.
Salido el Padre de ésta última, ya iba en su persecución un auto de milicianos, bien avisados por el traidor del pastor. Al ser capturado e iniciarse el registro de rigor, el Padre se echó la mano al bolsillo donde llevaba unas seiscientas pesetas, y se adelantó a entregarlas:
- Tengan, se las regalo antes de que me las quiten; así no cometerán un pecado de robo.
Hacia las tres de la tarde, salía del Comité el prisionero, y su paso hasta la vecina cárcel fue clamo­roso de verdad. Iba rodeado por dieciséis milicianos, que vociferaban estrepitosamente:
- ¡Hoy ha caído un pez gordo, hoy!...
Ya en la cárcel, estrecha y húmeda, con una silla y un cántaro de agua por todo ajuar, pasó el resto del día hasta bien pasada la mitad de la noche, cuando lo sacaron para llevarlo a fusilar a la puerta del cementerio del vecino pueblo de Castellfollit. Iba acompañado del Comité en pleno y bastantes com­pinches de la revolución, unos veinte forajidos y curiosos, ávidos de presenciar un espectacular fusi­lamiento.
Colocado ante la pared, el Padre reivindicaba el amor que siempre había demostrado por los obre­ros y exhortaba a sus verdugos a volver al buen camino..., hasta que se oyó la voz más decidida de uno del grupo:
- ¡Venga, a tirar! Que este tipo es capaz de convertirnos.
La descarga le dejó al Padre tendido en tierra, sobre la hierba verde. Los ­criminales se abalanzaron encima de él para despojarlo de lo que aún le quedaba: el reloj y la pluma estilográfica. Es fama co­mún, y se pudo comprobar el hecho hasta varios años después, que sobre el lugar en que estuvo ten­dido el cadáver ya no creció más la hierba...
Entre tanto, a las cuatro de la madrugada, una religiosa humilde, fervorosa, alma mística, siempre con fama de santa, estaba descansando en su cuarto del Hospital de Cervera, despíerta y con la luz bien apagada, mientras rogaba por los dos Padres fugitivos. Al Padre Girón le había encargado que le avisara cuando llegase a lugar seguro. Cosa que él cumplió escrupulosamente... Porque cuenta la Ma­dre Madre Margarita bajo juramento ante el Tribunal:
- Debo referir aquí lo que me ocurrió aquella misma noche. Rezando el Rosario por ellos, percibí claramente el ruido de un viento impetuoso, se iluminó repentinamente la celda a la luz de un cuerpo luminoso, cuyos contornos no puedo precisar, y atravesó la celda. Al mismo tiempo oí perfectamente una voz, que reconocí en seguida por el timbre como la del Padre Girón, que decía: Yo ya estoy en el Cielo. El Padre Sitjes todavía campa. Todo fue cosa de un instante. Yo quedé tranquila al pensar que el Padre ya estaba en el Cielo, mas con la duda de si habría sido todo una alucinación mía. A las siete de la mañana salía de dudas, cuando me dijeron que el Padre Girón había sido fusilado. Pero, hasta después de la guerra, y por temor a haber sufrido alguna alucinación, no lo he dicho a nadie.
Hay que haber conocido a la Madre Margarita Fargas para valorar toda esta declaración. A mí, per­sonalmente, me lo contó más de una vez con sencillez encantadora y como la cosa más natural del mundo. Durante muchos años me he ido repitiendo mentalmente sus palabras, en castizo catalán, casi como un estribillo que llena de paz el alma, al pensar en la peregrinación y en el destino final: Jo ja estic al Cel. El Pare Sitjes encara campa...
El Padre Sitjes todavía anda por ahí... Al separarse los dos Padres en Les Forques, el Padre Sitjes, con un saco y un rastrillo al hombro, igual que un campesino hecho y derecho, se dirigía hacia Igua­lada, como quien va a Barcelona. Perdido por el campo, se esconde en una cueva durante cuatro días. Un amigo, que había sido trabajador de la finca del Mas, lo encuentra y le atiende durante su estadía. Pero al fin ha de marchar de aquel escondrijo. Cerca del pueblecito de Sant Martí de Tous, unos leña­dores ven cómo un auto procedente de Igualada dejaba asomar los fusiles por las ventanillas. Al cabo de unos minutos, un tiroteo les hizo sospechar la tragedia... Hasta que, a los cuatro días, un joven dio con el cadáver, que llevaba dentro de la ropa, como únicos tesoros y su único haber, un rosario y un pequeño crucifijo con reliquia del Padre Claret. El Comité del pueblo mandó rociar el cadáver con gasolina, y los restos fueron enterrados piadosamente por gente buena.
 
Una visita sintomática
Hemos de volver al Hospital, donde dejamos a nuestros doce queridos enfermos y ancianitos. La vida seguía normal en aquellos dos salones del piso superior. Oración, mucha oración... A esto se re­ducía la vida en aquel santuario. Hasta que el 27 de septiembre se produjo una visita inquietante. Los peores elementos del Comité hicieron un registro minucioso. Por consejo del Médico Padre Buxó, to­dos nuestros enfermos y ancianos permanecían acostados. Los visitantes pasaron por todas las camas con sonrisas irónicas:
- ¿También éste está enfermo?...
Y al salir dejaron caer como al azar:
- Se acerca el invierno y este local es muy frío. Habrán de buscarse otro lugar...
El Padre Matute, que había sido Provincial de Castilla, y el espabilado Padre Serrano tuvieron bas­tante y se dieron por avisados. Encargaron a la Madre Margarita que buscase para todos en Barcelona un nuevo refugio, pero ya no había nada que hacer.
Y más tarde, el 16 de octubre, Enrique Ruan sentenció:
- Ya que éstos no quieren salir, los sacaremos nosotros.
 
¡Arriba todos!...
Y así fue. A media noche del 17 al 18, tres criminales subieron al piso superior donde dormían nuestros Misioneros.
Desde la puerta, les gritaba Solé:
- ¡Venga, arriba todos! Levántense, porque los tenemos que llevar a un sanatorio.
A varios, imposibilitados, les tuvieron que ayudar a vestirse, especialmente al Padre Luis Jové, que llevado por otros bajaba en camilla por las escaleras. Uno de los Hermanos ancianitos, que se creía lo del sanatorio, preguntó mientras caminaba sobre su bastón:
- A las doce ya estaremos, ¿verdad?
Y el asesino Solé:
- Sí, hombre, sí, y hasta antes y todo.
El que así respondía tan cariñosamente era en verdad un personaje de mucho cuidado. Vocal de la Junta Revolucionaria del Hospital y elemento destacado del Comité, cuando se les ofreció ocasión a los detenidos de salir del Hospital, el mismo Solé firmó hipócritamente dos cartas para las solicitacio­nes, cosa que amplió después para los demás. Pero la respuesta llegó tarde. Prefirieron, Solé como los otros, adelantarse con el fusilamiento de todos, que era lo más seguro ante la posibilidad de una res­puesta afirmativa...
Sin embargo, Solé y Enrique estaban esta noche malhumorados contra los otros Administrado­res de la Junta, porque les habían pasado a todos el aviso de estar allí para aquella faena de sacar a los enfermos y llevarlos al cementerio, pero, una vez comprometidos, ahora brillaban por su ausencia...
- Todos son muy buenos para hablar, y, ya lo veis, en cuanto llega el momento de actuar, nos dejan solos.
Enrique era un demonio, cuya actuación en Cervera consistió en ir a buscar gente y matarles, dice en el Proceso la Hermana Natividad, y Solé –añade Sor Concepción Brey– era tan matachín como Enrique. Los dos capitaneaban a los demás milicianos esta noche.
 
Escaleras abajo.
Entre los que iban al martirio, algunos no estaban enfermos ni eran ancianos. El Hermano Fran­cisco Canals desempeñaba el cargo de enfermero, y desde un principio se negó a marcharse libre. Por nada del mundo abandonó a sus queridos encomendados este valiente y abnegado Hermano Misio­nero:
- Yo podría salvarme, pero no quiero dejar a estos pobres enfermos.
El seminarista Evaristo Bueria se había refugiado en el Hospital. Fue a buscarlo una hermana suya, y el muchacho no quiso aceptar la huída:
- Me quedo, porque siento unos vehementes y extraordinarios deseos del martirio.
Ahora le ponía Dios la palma en las manos. Igual que a sus dos compañeros José Loncán y Manuel Solé. El otro seminarista, José Ausellé, estaba en plena juventud bien clavado en la cruz de una grave y dolorosa enfermedad.
Ayudados de los otros, bajaban por la escaleras como podían el veterano misionero de Guinea Hermano José Ros, desde hacía veinte años ciego del todo, y los Hermanos Buenaventura Reixach y Miguel Rovira, también ancianitos e imposibilitados.
El venerable Padre Heraclio Matute se despidió de la Hermana Consolación Salla, a la que entregó su Crucifijo de Misionero y unas pesetas que guardaba ahorradas para los gastos que ocurrieran.
El Padre José María Serrano dirigió a Sor Concepción Brey un simpático y amable ¡Adiós, que lo pase bien! Gracias por todo. Los demás daban también un adiós cariñoso y las gracias efusivas a to­das las Hermanas, que contemplaban con estupefacción y llorosas aquella marcha, a la vez triste y gloriosa.
Como nos cuenta Sor Natividad Ruano, el Padre Serrano, que bajaba dolorido con su mal de Pott encima, dejó escapar una chispa de su celo apostólico cuando se dirigió a José Solé hablándole de Dios, tratando de remover algo el rescoldo y las cenizas de la fe de su infancia. Aquel asesino profirió una asquerosa y horrible blasfemia, mientras contestaba furioso:
- ¿Todavía piensas en esas cosas? ¿Aún crees tú en Dios?...
 
El camino hacia el Cielo
En la puerta del Hospital les esperaba el camión, al cual iban subiendo varios de los viajeros con es­fuerzos heroicos. Por lo visto ―si hemos de hacer caso al comentario de uno de los milicianos, que lo contaba después ante la telefonista Isabel Morera―, uno de los enfermos dejó escapar gemidos de do­lor y fue brutalmente acallado por el asesino:
- ¡Le di un golpe, que ya, ya!...
El cementerio queda a poca distancia de la Ciudad y sin estorbo que impida su visión desde el Hospital. En breves minutos estaba allí el camión. Bajaron todos. Internados dentro, y ante los fusiles, comenzaron los mártires a gritar:
- ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!
No tenemos más testigos que los milicianos, que lo comentaban después por toda Cervera, hacién­donos a nosotros para los procesos un favor inmenso:
- Caían como moscas. Pero todos gritando ¡Viva Cristo Rey!, y eran los jóvenes los que más fuerte gritaban.
Lo comentaban ante la mencionada telefonista:
- ¡Son tozudos! Todos mueren con la misma exclamación. Ni uno siquiera ha querido decir lo que nosotros queríamos que dijesen.
Algún dispárate de los suyos, comenta Isabel y que fue, añade otro testigo, su grito clásico de ¡Viva la Revolu­ción!, o quizá también alguna de las blasfemias consabidas...
Allí quedaban tendidos los cadáveres. Porque aún faltaba el último acto del drama. 
 
 
El Médico Buxó
La Madre Margarita, que no se creyó ―como no se lo había creído nadie― lo del traslado al sanato­rio, fue corriendo al cuarto del Padre Juan Buxó, que, como Médico de guardia, dormía solo y aparte:
- ¡Padre, que se los han llevado!...
Pero el Padre siguió en la cama. Tranquilo, como en la hora más intrascendente de su vida, aunque dolorido, comentó con toda naturalidad:
- ¡Alabado sea Dios! ¡Qué vamos a hacer! Son mártires. Bueno, se ve que se han olvidado de mí. No tardarán en volver a buscarme.
Desde el Hospital, y en medio del silencio de la noche, se oyeron perfectamente las descargas, tan cercano como estaba el cementerio a campo traviesa.
El Padre Buxó, tenido por todos como gran santo, era el hombre de carácter más recio que había pasado por nuestros conventos en aquella época. A los treinta y seis años entró en la Congregación, dejando su profesión de Médico, que ejercía con gran competencia en Moncada, de Barcelona. En estas circunstancias, no se equivocó. Al cabo de un rato estaban Solé y los otros ante su habitación, en la que entraron sin avisarse. Y el Padre Buxó, al que no se le vio nunca perder el control férreo de sus nervios ni por un instante, ahora dibujó en su rostro un gesto de extrañeza y dolor:
- ¿Tú también, Enrique?... ¿Tanto daño te he hecho, que me tienes que matar?...
Enrique, el de la pierna rota, el que durante muchas semanas fue el objeto de todos los cuidados y cariños paternales del Padre Buxó, venía a cumplir su palabra: Cuando esté curado, te lo pagaré.
Varios testigos nos han conservado el diálogo que mantenían siempre Médico y enfermo.
- Cúrame bien.
- Lo mejor que sepa. Queda tranquilo.
- Ya se te acaba esto, ya se te acaba.... ¡Cúrame!
- Esto no es nada. Mañana ya no tendrás daño...
Así un día y otro. Y hasta le decía solemne el terrible asesino:
- A ti no te ha de pasar nada. No tengas miedo. Yo te salvaré.
Pero Isabel Morera, que como encargada de la central telefónica tenía siempre allí a los milicianos, le oyó cómo les decía a los demás del Comité:
- ¡Que me cure! Que también le llegará el turno él...
Ahora se le presentaba a Enrique el momento de cumplir su palabra de honor...
 
La muerte más serena
También estaba allí de nuevo Solé, a quien el Padre, mientras se vestía, le debió soltar algún conse­jito bien intencionado ―igual que lo había hecho el Padre Serrano bajando las escaleras―, porque Sor Concepción Salla le oyó desde fuera gritar molesto:
- Yo no tengo necesidad de convertirme... ¡Dios no existe!
El Padre Buxó ―atestigua el Hermano Bagaría― les habló a los tres criminales que se lo llevaban, amonestándoles sobre lo que hacían y prediéndoles a todos un mal fin si no se volvían a Dios...
Con el Padre Buxó llevaban también para fusilar a tres seglares: Giribert, Minguell y Martorell.
Al subir al camión ―y no en el cementerio, nos dice el Hermano Bagaría, único superviviente de la hecatombe―, Enrique le dijo al Padre, aludiendo a la bala que le iba a disparar:
- ¿Dónde querrás que te dé la inyección?
- Donde quieras...
Esta serenidad del Padre contrasta con la de uno de los tres seglares, que iba gritando:
- ¡No me matéis!...
De otro, atado con el Padre codo con codo, comentarían burlones los verdugos:
- No hacía falta matarlo. Ese ya estaba muerto... de miedo.
En el cementerio, sin embargo, y junto al montón de cadáveres de los fusilados hacía un rato nada más, todos hicieron gala de su entereza cristiana. Aunque el Padre pidió por ellos:
- Que matéis a mí, pase. Está bien. Pero, ¿por qué tenéis que matar a éstos?...
Pensando ya en sí mismo, y para morir con un gesto digno de su grande alma, pidió a los asesinos la gracia de besar la mano de quienes le iban a disparar, a lo que contestaron molestos aquellos crimi­nales:
- ¡Bésate la tuya!
Con todo, accedieron a la otra petición que les hizo:
- Dejadnos rezar un poco.
- Rezad todo lo que os dé la gana.
Rezaron. Hicieron el acto de contrición con calma. Hasta que acabado aquel hartazgo de rezar ―palabras de un miliciano―, se dijeron los asesinos:
- Esto no va a acabar nunca. ¡Venga, disparemos!
Los mártires lanzaron gritos vigorosos de ¡Viva Cristo Rey!, y con esta gloriosa aclamación en los labios recibieron las descargas.
No tenemos que inventarnos ni un detalle. Los milicianos se encargaban de esparcir por los cuatro vientos las incidencias de aquella noche. Al mismo Hermano Francisco Bagaría se lo iba a contar el asesino Magí Tita, cuando fuera a matar a los del Mas el día siguiente:
- Sí que hemos hecho trabajo en estos días. Acabaremos con esta mala simiente. Ayer matamos a los del Hospital y hoy a los de aquí. Yo mismo estuve sacándolos y matándolos.
Enfermos, ancianos, imposibilitados, ¿qué más daba?...
 
 
 
 
 
EN EL MAS CLARET
 
Aquel remanso de paz que era la finca se iba a convertir con la revolución en escenario de brillantes escenas martiriales. Allí, durante tres meses largos, las flores más ga­lanas del espíritu mezclarían su per­fume con el aroma de los campos en sazón. Nunca la finca, modesta y algo abrupta, pudo pensar ―si es que puede pensar la tierra― que iba a ser productora de frutos tan singulares para el Cielo...
 
Se define el grupo
Se había dispersado la Comunidad, y la orden del Comité era terminante: en la finca no podían quedarse más que los que ya estaban trabajando en ella; los demás, debían marchar a otra parte. Y lo peor era que no cabían trampas caritativas de los nuestros, porque los milicianos, al venir cada día para requisar el producto de tanto esfuerzo, pasaban inexorables la lista y allí no toleraban la presencia de ningún individuo más. El día 1 de agosto quedó definitivo el número de los moradores del Mas Claret.
Eran los Sacerdotes Manuel Font, José Ribé y Julio Leache;
los seminaristas Estudiantes Francisco Simón, Antonio Elizalde, Emiliano Pascual, Eusebio de las Heras, Constantino Miguel y Francisco Solá;
y los Hermanos Francisco Milagro, Pedro Vives, José Ferrer, Dionisio Arizaleta, Juan Senosiain, Fernando Castán, Narciso Simón, Francisco Marco, Nicolás Campo y Francisco Bagaría.
Todos iban a ser coronados con el martirio, menos el Hermano Francisco Bagaría, cuya suerte iba a ser la misma que la del Hermano Ramón Vall en Barbastro. Testigos de todo hasta el fin los dos, a Vall le per­donaron la vida los milicianos para aprovechar sus servicios de cocinero, y a Bagaría para que siguiera cuidando la finca con los criados y criadas que ellos quisieran imponer en ella...
Por los alrededores del Mas quedaban solamente los Hermanos Antonio Casany y Ramón Roca, que se iban a adelantar a los compañeros de la finca en la conquista de la palma...
 
Antonio Casany
Una figura clásica entre los nuestros del Mas. Hijo de familia campesina, campesino iba a ser toda su vida religiosa. Era la misma inocencia y simplicidad encarnadas. Devotísimo siempre, siempre es­taba en oración, lo mismo en la capilla que detrás de los bueyes uncidos al arado o mientras cuidaba de los animales en los establos. En cualquier árbol colgaba una estampa, la medalla o el crucifijo, y allí se ponía a rezar padrenuestros y avemarías fervorosos. El que vivía ya en el Cielo ―pues no era otra cosa su vida angelical―, no se avenía a los azares de la revolución, que le impedía estar encuadrado en el reglamento, convivir con sus hermanos de comunidad y el pasarse horas y más horas ante el Señor del Sagrario:
- Si esto ha de durar siempre, vale más morir.
 Refugiado en la casa de campo de los amigos Rosich, el 10 de agosto fue sorprendido por los mi­licianos, al frente de los cuales iba el temido Casterás, aquel que dos días más tarde le iba a hacer al Hermano Saperas todo aquello que ya sabemos... Al pasar el auto por el cruce del ferrocarril en Sant Guim, es arrollado por el tren y arrastrado unos dos kilómetros... El bendito Hermano iba pasando las cuentas del rosario bendiciendo a Dios mientras Casterás y compañía blasfemaban como diablos. To­dos salen ilesos de la descomunal aventura y llegan al Comité. Acabado el interrogatorio y el juicio sumarísimo ―¡era religioso y este crimen ya no necesitaba de más pruebas!―, lo devuelven al Mas Ro­sich, en las inmediaciones del Mas Claret. En el camino han sorprendio al sacerdote Don José Nadal, al que ni tan siquiera llevan al Comité. Son ya las diez de la noche. Llegados a la casa, los bajan del auto en la hondonada vecina. Sospechando el Hermano lo que viene, se arrodilla sin más ante el sa­cerdote, junta las manos delante el pecho, baja humildemente la cabeza y le pide la absolución. Los mi­licianos se enfurecen:
- ¡Matadlos, matadlos, acabemos con esas majaderías!...
Y mientras el ministro de Dios levanta el brazo para absolver, confesor y penitente caen acribilla­dos por las balas. El Hermano, antes de morir, había encargado a un criado de la casa, señalándole un rincón:
- Vaya, y recoja lo que allí tengo escondido.
Los milicianos lo oyen, se figuran que van a encontrar un tesoro o poco menos, se adelantan al muchacho temeroso, y se encuentran el retrato de la madre con el recuerdo de la Primera Comunión de aquel santico que acaban de matar...
 
Ramón Roca
Un humorista empedernido, fruto de una cristiana familia que había dado al Instituto cuatro estu­pendos Misioneros. El 13 de Septiembre llegaba deshecho al Mas Claret y su presencia en la finca re­sultaba un problema grave.
- ¿Quedarse aquí?... Imposible. Aunque se nos parta el corazón, tiene que marchar. El Comité no lo permite en modo alguno. Estamos fichados todos y cada día hacen los milicianos el recuento.
Pero..., el amor fraterno iba a encontrar la solución. Lo escondieron en una cueva del monte, adonde le llevaban la comida diariamente con todo lo había menester. Y le encargaron:
- Pase el día en la cueva. Por la noche, véngase a dormir en el cobertizo del motor, por la ma­ñanita asista a la Misa, comulgue ahí mismo, y estaremos todos tranquilos. Si el Comité concede el permiso, se agrega al grupo de casa.
En medio de tanta estrechez y privación, Ramón se siente feliz:
- ¡Gracias a Dios que puedo ir a Misa y comulgar!...
Al Hermano Bagaría, que le visita todo lo que puede en la cueva ―a la que ha bautizado humorísti­camente con el nombre de Celda del Abad Juan― le dice siempre enseñándole el rosario, que no se le cae de las manos:
- ¡Ya ve, todo el día bailando sardanas!...
Y la típica danza catalana significaba para él ahora rezar rosarios y más rosarios a la Virgen...
Se pidió el permiso al Comité para que Ramón se agregara al grupo. El permiso no llegó nunca. Lo que llegó el día 22 fue una visita especial de los milicianos exigiendo la presencia del refugiado. Los Hermanos Simón y Bagaría respondieron cortésmente:
- Sí que el Hermano Roca está en el cobertizo para el que se les pidió a ustedes el debido permiso.
- Pues, si es verdad, que se presente y les aseguramos que no le ha de pasar nada. Les damos nuestra palabra de honor.
El honor marxista era ley de un código especial... A los Hermanos Bagaría y Ferrer se les deshizo el corazón cuando lo despidieron con un fuerte apretón de manos al subir al auto. El detenido, sin hacerse ilusión alguna, les miró ansioso pero en paz:
- Rogad por mí, que yo desde el Cielo rogaré por vosotros.
Ya en Cervera, queda recluido en el convento de San Agustín que hacía de cárcel. Allí encuentra al amigo Juan Solé, sastre. No completará los dos días de prisión. Cuando el hijo de Don Juan les lleva a los dos por la tarde una cerveza y tabaco, el Hermano lo despide agradecido con estas palabras sere­nas: ¡Francisco, hasta el Cielo! En la fiesta de la Merced alcanzaré el martirio.
En Cervera, los mi­licianos trataron en serio sobre la posibilidad de montar una sastrería dentro de la Universidad y colo­car al frente de las costureras al Hermano Ramón, sastre competente. Pero, por lo visto, al fin les pa­reció mejor el fusilarlo a la puerta del cementerio... Mientras dejaban libre a Don Juan a las ocho de la noche, la Vir­gen de la Merced, liberadora de cautivos, le soltaba a Ramón todas las amarras que le impedían volar libremente a la Gloria...
 
Trabajar hasta agotarse
No se puede calificar de otra manera la vida de los Misioneros del Mas. El Comité había estable­cido un ritmo de trabajo agobiante. Se acabó la trilla de los cereales. Se tenía que cuidar de los anima­les en los establos. Había que regar los campos. Y se debía producir mucho, mucho, porque cada día se presentaba dos veces el camión a buscar la leche, los huevos o la fruta ya en sazón...
El Comité exigía esfuerzos sobrehumanos, porque hemos de pensar que entre los diecinueve de la finca había unos seis enfermos o ancianos, que no se habían refugiado en el Hospital, sino que perma­necieron allí donde se encontraban. Además, los mismos jóvenes seminaristas estaban hechos a otra clase de trabajo. Sabían empollarse bien los libros, pero las labores del campo les resultaban pesadísi­mas. Tanto, que una vez ―me contaba el Hermano Bagaría― se le escapó al Estudiante Francisco Si­món comentar con humor:
- ¡Y pensar que a estas horas tendríamos que estar revolviendo papeles con la estilográfica, y que nos veamos obligados a limpiar con estas horquillas el fétido estiércol de los cerdos!... ¡Vamos!, que por amor de Dios aun se puede hacer, pero no por amor a los comunistas.
Pues, bien; ante las amenazas de los milicianos, que se quejaron alguna vez de que se nota que tra­bajan poco y también de que aquí hay demasiada gente, el Padre Ribé, que fungía como Su­perior, convocó una reunión y se hizo una nueva distribución de las labores, sin distinción de jóvenes y vie­jos, de sanos y enfermos, para no dar al Comité el más mínimo motivo de queja: Si se nos mata, que se nos mate sólo por ser religiosos y no por otra causa.
 
¡Y dale con las mujeres!...
Igual que en Barbastro. Igual que con el Hermano Saperas... Los testimonios son abundantes. Por fortuna nuestra, no se basan en rumores más o menos imaginarios, sino en hechos comprobadí­simos, que nos muestran de manera contunden cómo nuestros hermanos sufrieron el martirio por ne­garse en redondo a claudicar a sus sagradas obligaciones contraídas ante Dios y la Iglesia. El Her­mano Francisco Bagaría es, desde luego, el testigo principal.
Cada tarde, al llegar con el camión para requisar todo el producto de la finca, los milicianos se pre­sentaban con muchachas desenvueltas, vestidas sin pudor alguno. Como habían de formar todos ante los visitantes y, puño en alto, gritar el consabido ¡Salud!, tenían que soportar también la visión de aquellas descaradas, que con gestos y actitudes procaces les invitaban a todo. Los milicianos ponían la salsa con invitaciones divertidas:
- Oye, a ti ¿cuál te gusta más, ésta rubia, ésa más gordita, ésta que..., o aquélla más...?
Los nuestros bajaban los ojos y nada respondían ante las risotadas burlonas de aquellos desalma­dos.
Así repetidamente. Hasta que vino la orden definitiva del mismo Comité:
- Eso tiene que acabar. Aunque no llevéis sotana ni digáis Misa, se os conoce de una hora lejos que sois religiosos. Y, por lo tanto, os traeremos mujeres para que os ayuden y para que disfrutéis de la vida.
- No, por favor; que nosotros mismos nos hacemos las faenas de la casa, como lo hemos hecho siempre. No las necesitamos ni para la limpieza, ni para la cocina, ni para lavar la ropa...
El aviso era firme y seguía en pie. Continúa el Hermano Bagaría:
- Ante esa amenaza, el Padre José Ribé ―que fungía de Superior―, nos llamó a todos y reunién­do­nos en una sala, nos dijo: Hasta ahora los asuntos eran tratados y decididos solamente por unos cuantos de nosotros, pero para buscar una norma a seguir en lo que debemos hacer si se cumple la amenaza de las mujeres, hemos querido que todos estuviesen presentes y que todos dijesen su opi­nión. ¿Qué hay qué hacer?... Y unánimemente, de una manera fulminante, como si hubiésemos sido excitados por una chispa eléctrica, todos respondimos: si las mujeres entran por una puerta, nosotros salimos por otra, aunque nos maten. Convivir con ellas, ¡jamás!.
Además, les daban la libertad si las aceptaban. Nosotros decíamos que no eran necesarias las muje­res, y que no las queríamos. Estaba reciente el caso de Saperas, cuya historia los tenía impresio­nadísi­mos, y se temían trances semejantes para ellos también. El Hermano José Ferrer se vio impor­tunado hasta la saciedad para que se uniera con una criada del Presidente del Comité, aparte de que ella misma le aseguraba y le prometía:
- ¡Que vamos a ser muy felices!...
Igual que el Hermano Narciso Simón, antiguo cocinero de un hotel de Barcelona, que al ser recono­cido por El Peret de les Corts, miembro del Comité, ha de oír:
- ¡Venga! Deja esa vida tan tonta...
Las mujeres que le proponían se hicieron también sus ilusiones, y, naturalmente, atizaban el fuego cuanto podían. Pero ―dice Bagaría― siempre rehusó con firmeza y decisión.
Menos mal que el Comité no llevó las mujeres al Mas para vivir allí hasta que todos estuvieron fusi­lados. El Hermano Bagaría, al quedarse solo para estar al cuidado de la finca, hubo de enfrentarse con ellas como un héroe cuando las tenía día y noche a su lado...
 
Misa, sí; Misa, no...
Otra prueba fuerte. El Comité, en un principio, no les molestaba para nada. Se contentaba con mandar mañana y tarde el camión para la requisa, y nada más. Pero el 15 de agosto cambiaron las co­sas radicalmente.
- Aquí ya no se reza más en grupo. Hemos de acabar con esa vida de curas. En privado, que cada uno haga lo que le dé la gana... Y cuidado con decir Misa.
Por precaución, desde el principio se habían escondido prudentemente por la montaña los vasos sagrados e imágenes para que no los robaran ni fuesen profanados, aunque el 29 de julio pararon en la hoguera todos los ornamentos que había en casa, quemados en montón por unos milicianos llega­dos de Barcelona, sin el consentimiento y contra la voluntad del Comité de Cervera. ¿Qué hacer?... La orden del Padre Superior era terminante: disimulen todo lo que puedan. ¿Sólo en los rezos? ¿Y tam­bién con la Misa? ¿Había que seguir celebrándola o no?... Obedientes a la consigna recibida, unos prefirieron no celebrar. Otros, siguieron haciéndolo de escondidas. El Padre Leache, joven, simpático, decidido, se aventuró a todo:
- Si nos matan por fascistas, maldita la gracia que nos hacen. Pero si es por ser sacerdotes o reli­giosos y por celebrar la Misa, ¡eso es morir mártires!...
 
Ya no hay nada que hacer...
Los del Mas no se enteraron para nada del fin que tuvieron los del Hospital en aquella primera hora del domingo 18 de Octubre. Por la tarde, los jóvenes organizaron un partido de fútbol y, como cada día, se presentó la camioneta del Comité para recoger la leche. Pero el chófer, al marchar, dejó escapar esta frase enigmática:
- Mañana vendrán por aquello...
Y aquello iba a ser lo peor. El lunes 19 se había presentado en la finca como un día cualquiera: trabajo, mucho trabajo... Hasta que a las cuatro de la tarde llega el consabido coche del Comité, del que bajan el chófer de siempre, un tipo extraño con la cámara en la mano para pasar como fotógrafo, y Juan Padrós, célebre asesino en funciones de juez y con la vara de la autoridad en la mano... El chó­fer habla a Bagaría:
- Nada especial. Venimos con el fotógrafo porque deseamos retrataros a todos. Como cada día hay entre vosotros unos que vienen y otros que se van, queremos conoceros a todos.
Entre tanto, de otro coche bajaba un alguacil del Comité y el asesino Enrique Ruan, que ya cono­cemos bien... El Hermano Narciso Simón, sin maliciar nada sobre el retratista, va llamando a todos los Misioneros, que se arreglan la ropa, se asean algo y se reúnen en el patio de entrada donde ordenan las bancas para la foto... Las paredes del edificio les impedían ver lo que tenían a sus espaldas: una treintena de foragidos, armados de ametralladora y fusiles. El Hermano Bagaría, que ha acabado su faena de ordeñar las vacas, se presenta también y va a sumarse al grupo de los que ya están, sentados unos y de pie los otros, para la fotografía en cuestión. Pero el chófer interviene nervioso, agarrando del brazo al Hermano y señalando a los dos criados que están con él:
- Tú y éstos subid al auto.
- ¿Y la fotografía?
- Venga, rápido, toma tu chaqueta y sube, pues hemos de ir aprisa a Cervera.
Suben al coche, pero al motor no le dio la gana echar a andar... Lo ruedan por la pequeña pen­diente, ¡y nada! Dios quería un testigo de excepción en el martirio de los dieciocho Misioneros. El Hermano Bagaría, con el corazón prensado, oye las palabras del inicuo juez Padrós dirigidas al al­guacil del Comité y al terrible miliciano Enrique Ruan:
- ¿Que no quiere funcionar el coche? Es igual. Nos están esperando y se va haciendo tarde. Va­mos a hacer la faena...
Y dirigiéndose a Bagaría:
- Tú y los dos criados, bajad. Os quedaréis aquí para cuidar de todo esto. A todos los demás los vamos a pelar ahora mismo.
Y para que no vieran nada, los encierran en los establos; pero el Hermano, que conocía bien todo, se sube al piso de encima y contempla con horror cómo se han presentado en el patio unos treinta milicianos con más de una ametralladora a punto y todos con fusil o la pistola en mano. Agrupan a las víctimas en una hilera de cuatro en fondo, en medio de dos cuerdas sostenidas por milicianos, y seguidos por otros muchos que formaban piquete. Rodean el edificio por el lagar, bajan unos ocho escalones de piedra hacia la plazoleta de la capilla, desde donde se dirigen hacia el cobertizo del mo­tor. Los Misioneros ―van a contarlo después los milicianos― se perdonaron mutuamente mientras los tres sacerdotes daban a todos la absolución. Serenos. Resignados. Desde el principio habían contado con la muerte y ahora tenían la palma al alcance de la mano.
Llegados al lugar escogido, emplazan los verdugos la ametralladora en la era y colocan a las vícti­mas en la pequeña subida que inicia el campo a la derecha. El edificio impide a Bagaría contemplar la escena, pero oye de repente el fatídico traqueteo de la ametralladora. Se encasquilla ésta con una bala a los pocos disparos, y los asesinos han de utilizar ahora los fusiles. Entre risotadas y blasfemias as­querosas van rematando con el tiro de gracia a los dieciocho mártires de Cristo, que ―frente a la era del pan y el lagar del vino–– se subían al Cielo en la paz de aquel atardecer otoñal...
Los asesinos pretenden cubrir en vano su crimen con fuego y humo. Con una carreta llevan un montón de paja que echan sobre los cadáveres. Prenden la llama y la van avivando continuamente con abundantes fajos de leña. Y aun tienen la incalificable osadía de encargar esta faena al Hermano Ba­garía. Suerte que se impuso el sentido común de algunos:
- ¡Este, no! Tiene otro trabajo que hacer, que no el de buscar leña.
 
 
 
Francisco Bagaría
Dios tenía predestinado al Hermano Francisco, de treinta y seis años entonces, a ser el testigo privi­legiado de todo lo que había visto y oído. Los que después convivimos largos años con él en la misma Cervera pudimos escucharle muchas veces lo que ocurrió aquella tarde, dolorosa y triste como la del Calvario, pero también henchida de gloria imperecedera. Además, sus declaraciones iban a constar como las más autorizadas en el proceso para la beatificación.
Los asesinos contaban delante de él ―con el lenguaje propio de ellos, desde luego, y que puede adivinar el lector― las incidencias del fusi­lamiento. Uno invitaba a todos sus compinches:
- ¡Hoy hemos hecho buen trabajo, hoy, y tenemos que celebrarlo!
Magí Tita, el siniestro matachín, le decía al mismo Hermano:
- Tú no tengas miedo. Tú eres distinto de los otros. Tú no eres religioso. A los otros los hemos ma­tado porque eran unos hijos de..., y hay que acabar con esta maldita simiente.
Y añadía otro miliciano allí presente:
- Sí, de lejos se les conocía lo que eran. Algunos de ésos..., ¿te has fijado cómo por el camino iban haciendo esas tonterías?
Y se santiguaba burlonamente para enseñarnos qué tonterías eran aquéllas... Por lo visto, algu­nos de los mártires se arrodillaron para morir y se colocaban la mano en el pecho, pues, además de las tonterías y bobadas, añadía otro miliciano con lenguaje soez:
- Al entrarles el plomo el estómago, todos hacían genuflexión. Como si el golpearse el pecho iba a impedir que les entraran las balas...
Otro de los presentes terció en la conversación:
- Uno que estaba todavía herido, iba gritando al caer: ¡Madre mía, Madre mía!... Yo le he me­tido un puñado de paja encendida en la boca y le he dicho: ¡A ver si así te callarás!
En aquella tertulia estaba presente el juez Padrós, que le añadió al Hermano:
- Tú no tengas miedo. A ti no te pasará nada. Pórtate bien y no hagas esas bobadas de vivir sin ellas...
Como todos ellos vieron ahora que las bobadas de Padrós consistían en el vivir sin mujeres, uno se lamentó porque habían matado a los jóvenes. Pero otro repuso con sinceridad brutal:
- Los hemos liquidado porque no hubo manera de convencerlos antes, a pesar de las veces que lo intentamos.
 Los milicianos no habían podido con los jóvenes ya fusilados. Pero, empedernidos hasta el fin, no cejaban en su empeño de hacer caer al Hermano Francisco Bagaría, que, al quedarse solo para estar al cuidado de la finca, hubo de enfrentarse solo, como un héroe, cuando trajeron a las fulanas para que­darse a vivir allí. Se presentaron en la finca los nuevos operarios nombrados por el Comité, con al­gunas milicianas, mujeres de mala vida. Diferentes veces intentaron hacerme pasar por el cuarto de aquellas mujeres, probando mi virtud. Gracias a la intercesión de los mártires, no pasó nada y me dejaron en paz.
 Igual que con los mártires del Hospital, igual que como con los de Barbastro, los comentarios de los asesinos eran ahora el mayor tributo que se rendía a la virtud, la valentía y el heroísmo de nuestros queridos hermanos...
- Tú eres distinto de los otros, le dijo el miliciano a Bagaría. Se equivocaba de medio a medio. En adelante iba a ser un mártir viviente. Quienes lo conocimos bien en vida de comunidad sabemos que, contra el parecer del asesino Tita, se distinguía precisamente por ser un religioso perfecto, santo y de virtud heroica como se dan pocos. Ahora le perdonaban la vida para que estuviera al frente de la finca en beneficio de aquellos asesinos del Comité... Así eran las cosas de aquellos defensores del pueblo y del trabajador...
 
 
SOLSONA
 
A los dos únicos mártires de Solsona los englobamos con los de Cervera, igual que están incluídos en el mismo Proceso para la Beatificación, ya que los dos Seminarios estaban íntimamente unidos.
 
Solsona, a cincuenta kilómetros al norte de Cervera, era una ciudad pequeña y encantadora, de sólo tres mil habitantes, cabeza de Obispado y centro de una región poblada de muchas masías o casas de campo que le dan un aire pintoresco, casi ya en las estribaciones de los Pirineos. De honda raigambre cristiana, la fe y la piedad reinaban por doquier en todo su esplendor. Los Claretianos tenían allí el Seminario Filosofado, y todos los Mártires de Barbastro y Cervera, Estudiantes de Teología que ya conocemos, habían pasado por su aulas durante tres años dedicados a la Filosofía y ciencias auxiliares. Solsona, Cervera y Barbastro, aunque distanciados geográficamente, venían a constituir el único Semi­nario Mayor de los Claretianos en la Provincia religiosa de Cataluña.
Aunque enclavada también en la zona roja, en Solsona no se perpetraron los crímenes sangrientos de otras partes. Hubo mártires, se incendiaron las iglesias, el culto quedó proscrito, pero la revolución no se cebó en la comarca con la voracidad del resto de Cataluña. Y no hubiera pasado nada si no hu­biesen llegado desde el principio los mineros de la cercana ciudad de Cardona, revolucionarios de legítima ley... La Comunidad del Seminario Claretiano, compuesta por setenta individuos, la mayoría Estudiantes filósofos, se dispersó el día 21 de Julio por las masías de la comarca. Aquellas estupendas familias acogieron a todos con ejemplarísimo amor cristiano. Detrás quedaba la iglesia, de la que los revolucionarios no dejarían piedra sobre piedra, y el edificio del Seminario, que en buena parte sería pasto de las llamas... Pasados los primeros meses de la Revolución, todos los Misioneros, a excepción de algún enfermo o anciano, pudieron huir de la zona roja atravesando audazmente los Pirineos hacia Francia durante varios días de caminar agotador por las montañas altísimas... Detrás habían dejado a sólo dos hermanos de la Comunidad: el seminarista José Vidal y el Hermano Julián Villanueva, coro­nados ambos con espléndido martirio.
 
José Vidal
A sus veintiséis años era un apuesto dependiente de farmacia, culto, de modales finos. Pero, sobre todo, era un joven excelente, miembro fervoroso de la Liga de Perseverancia ―asociación que agru­paba en Cataluña a los que habían practicado los Ejercicios Espirituales―, socio activísimo del Centro Católico de su pueblo Santa Coloma de Queralt, en la Provincia de Tarragona, y militante de la Ac­ción Católica. A cuestas con este bajage tan rico de piedad y apostolado, ingresaba en la Congrega­ción claretiana a la que honraría con un martirio prematuro y bello...
A las nueve de la noche del 22 de Agosto se presentaban en la masía El Grifé, del pueblecito de Navés, varios milicianos ―lobos con pieles de inocentísimas ovejas― reclamando al seminarista José para cumplir el encargo que les habían dado sus padres. 
¿Que había pasado? José, efectivamente, autorizado por el Padre Superior, escribió una carta a sus papás diciéndoles que viniesen a buscarlo. Pero la carta no llegó nunca a su destino, sino que cayó en manos de los revolucionarios, los cuales, por lo visto, controlaban el correo del pueblo. Aquel joven católico de antes ―y además, ahora, seminarista― las iba a pagar todas juntas... Dos de los cuatro enviados por el Co­mité de Santa Coloma, acompañados por tres tipos del Comité de Solsona, se presentan en la masía del Grifé. Muy precavidos, han dejado el auto en la carretera a medio kilómetro de distancia. Los de Solsona se quedan fuera de la casa, mientras los de Santa Coloma suben arriba. José no malicia nada de sus paisanos y los sa­luda con toda cordialidad, abrazando a uno de ellos. ¡Lo iban a llevar hasta su madre, que harto con­suelo necesitaba!
Los visitantes enseñaban la carta escrita por José a sus padres, cuya respuesta, falsificada, traían per­sonalmente (!)... Para total seguridad, ellos se encargaban también de acompañarlo hasta la casa pa­terna... Viene una despedida cariñosa a quienes le habían hospedado con tanto amor, y José que se marcha con sus protectores...
Sólo que a los pocos minutos de andar se oyen unos disparos té­tricos en medio de la oscuridad de la noche. El joven militante católico de antaño, y ahora odiado aspirante al sacerdocio, yacía cadáver en medio de la carretera. La Revolución le pasaba factura por su pasado y no le perdonaba lo pre­sente. Pero Jesucristo, desde lo alto, le coronaba de gloria... Así lo entendió in­mediatamente la fe y la piedad popular. Al amanecer, el chófer del bus entreSolsona y Berga hubo de bajarse para retirar un cadáver que le impedía el paso. Esparcida la noticia, empezaba la glorifica­ción cristiana. Fueron mu­chos los que se dirigieron al lugar de la ejecución a venerar unos restos que consideraban sagrados. Más tarde, ya sin el peli­gro rojo, se levantaría allí una cruz con la leyenda: Aquí dio el ma­yor testi­mo­nio de su amor a Jesu­cristo. 22-VIII-1936.
Julián Villanueva
Nos vamos a encontrar ahora con la estampa de un hombre, de un religioso y de un mártir de cuerpo entero. El Hermano Julián se hace simpático sin más. Sólo que su sinceridad le va a costar muy cara... Aunque a mí me va a costar muy barata la redacción de este episodio martirial. Me voy a limitar, abreviando todo lo posible, a copiar la insuperable descripción del primer historiador de nuestros Mártires, el Padre Jesús Quibus.
Contaba el Hermano Julián con 67 años y probablemente no había temblado una sola vez en su vida. Un día de primeros de Agosto se presentaba en la masía Viladot un pelotón de milicianos capi­taneados por su jefe Elías. Empiezan por destruir y quemar el altar y retablo de la capilla que había en la casa. Después se dirigen a la era donde el Hermano Julián con cuatro o cinco de los seminaristas estaban trillando la mies.
- ¿Quiénes sois vosotros?
- Pues, los trilladores.
- No hacéis mucha cara de eso. Seguro que sois los estudiantes de los Misioneros...
- Y usted, ¿quién es?
La pregunta iba dirigida a aquel hombre casi anciano. Y como éste no era quién para andarse por las ramas, se planta y responde resuelto:
- Yo soy religioso, católico, apostólico, romano y, además, navarro.
 Todos tenemos a veces actitudes frescas y espontáneas que nos retratan de cuerpo entero ante los demás; pero el gesto delicioso del Hermano en esta ocasión es de los que se graban para siempre en la fantasía como reveladores de un carácter espléndido, vigoroso y lleno de fe. Para entender eso de na­varro hay que situarse en aquel entonces. Era decirse valiente, decidido y sin componendas cuando se trataba de defender los derechos de Dios o de la Patria. Era ser consecuente con lo de su canción: la gente que amenaza y que da...
El miliciano, valiéndose de la superioridad que le daba el arma, quiso humillar al Hermano sacán­dole a relucir eso de la holgazanería de los religiosos. En mala hora lo dijo. El Hermano recogió bien oportuno el guante:
- Pues ha de saber usted que yo en mi casa tenía un buen pasar; y, sin embargo, en mis cuarenta años de religioso he vivido siempre de mi trabajo y me he ganado el pan.
Y aprovechando un buen argumento que le venía a las manos, añadió señalando los pies de su in­terlocutores:
- Y esos zapatos que lleváis, trabajo mío son...
Los había conocido. El Hermano desempeñaba en la Comunidad el cargo de zapatero y, al estallar la Revolución, tenía preparados los zapatos que se llevarían los seminaristas del curso superior al tras­ladarse aquel verano a Cervera. Los había dejado en su taller, bien cerrado con llave, pero los milicia­nos, al asaltar el Seminario, requisaron lo que pudieron y al cabo de poco toda Solsona los vio cómo iban por las calles contentos como chiquillos con zapatos nuevos...
Como la dialéctica del Hermano resultaba contundente, los milicianos acudieron a las amenazas. Pero tampoco en terreno semejante se calló aquel viejo decidido:
- No me da usted miedo. Ni usted ni su fusil. Podrá matarme, si quiere, pero no le temo, porque hay otro Juez supremo ante el cual nos hemos de ver las caras usted y yo.
Los milicianos hubieron de marcharse vencidos y mascullando palabras ininteligibles, pero que ciertamente olían a venganza irreprimible.
Hasta que llegó el 1 de Septiembre. A las ocho de la noche se presenta en el Viladot una pandilla de milicianos preguntando por el viejecito, al que se llevaron sin resistencia alguna por parte de él.
En la carretera de Solsona a Cervera les aguardaba el coche, del cual salió una voz que gritó al verlos llegar:
- ¿Sólo uno traéis?...
Y comenzaron a injuriar brutalmente y de obra al Hermano, quien, a pesar de su paciencia, dejaba escapar de tanto en tanto esta súplica dolorosa, oída por un vecino oculto entre las sombras:
- ¡Por Dios, basta!...
Subidos de nuevo al auto continuaron descargando sobre el anciano golpes feroces, hasta que al llegar a unos dos kilómetros del pueblecito de Su, se detuvieron y bajaron ante un bosquecito cer­cano. Desnudan completamente al indefenso Hermano, le roban las pocas pesetas que guardaba, y así desnudo le cuelgan por escarnio el rosario, las medallas y el Crucifijo que llevaba, mientras le dicen:
- Ahora, mientras te preparamos la hoya, encomiéndate a Dios, a ver si te escucha...
No hace falta decir que él, piadosísimo toda la vida, aceptó aquello como un regalo divino, y a tra­vés del sentido blasfemo y sarcástico que tenía la frase creyó oír la voz del Cielo que le ofrecía unos momentos para dar a su alma la última mano antes de presentarse al supremo Juez. Resuelto, pues, a aprovechar con toda diligencia aquella oportunidad, oró de rodillas junto a unas matas. 
Acabada la excavación, el Hermano se yergue ante el piquete de ejecución y toma otra vez su acti­tud resuelta. Habla a los verdugos, y todo lo que les dice lo podemos resumir en estas palabras:
- Sabed que no me da miedo la muerte. Ofrezco mi vida por Dios y por las almas. Os perdono este crimen que vais a cometer conmigo y pido a la Divina Misericordia que acepte mi sangre por vuestra salvación. 
Uno de los matones, llamado Caria, se impresionó visiblemente, hasta decir después:
- Cuando yo vi a aquel religioso, cubierto el pecho con el rosario y las medallas, un gran terror se apoderó de mí. El religioso era un santo, y yo fui uno de los que acabaron con él.
Así, con la fe radiante de un mártir, con el valor de un verdadero atleta de Cristo, murió el Her­mano Julián Villanueva.
Y ocurrió lo mismo que con el seminarista Vidal, pues había gentes piadosas que acudían, sobre todo en el secreto de la noche, a rezar ante el sepulcro de aquel héroe cristiano. Acabada la Revolu­ción, y trasladados su restos al cementerio de Solsona, se erigió sobre la que había sido tumba una modesta cruz de madera con el nombre del mártir y esta leyenda: Aquí murió predicando su fe ca­tó­lica.